Autor/a extranjero/a·Narrativa

“La comedia humana”, de William Saroyan

¡Vuelvo a casa, chico, vuelvo a mi casa!

William Saroyan, La comedia humana

La comedia humana (Aretusa, 1953), de William Saroyan y traducido por Joaquín M. Sentíes, es un libro del que me enamoré a primera vista. Personalmente, y saliéndome de la reseña, no creo en los flechazos ni en el amor a primera vista. Una persona puede impresionarte o atraerte nada más verla, pero no te puedes enamorar así, porque el amor es mucho más que ver a alguien, es conocerlo, es… en fin, no quiero ser ñoño, vayamos al asunto que hoy nos ocupa.

Este libro, por tanto, me atrajo nada más verlo en una librería de viejo. Es una edición pequeña, aunque en la foto parezca de tamaño normal, una edición de 1953 nada menos, preciosa, con el comienzo de cada capítulo acompañado por una ilustración. Se presentaba como un libro anómalo, ciertamente dulce y acaramelado.

En él primero encontramos un prefacio donde el autor escribe unas palabras emotivas y preciosas dedicándole esta historia su padre. Luego, la historia. Podría decirse que el protagonista de la misma es un chico adolescente llamado Homero Macauley que trabaja como repartidor de correos y telegramas en el coqueto municipio de Ithaca, en California (EE.UU.). Es el único que lleva dinero a su casa, pues su hermano mayor, Marcos, está en la guerra, su hermano pequeño no tiene edad para trabajar y su hermana y su madre no trabajan (era común entre las mujeres en aquella época por la mentalidad; de hecho, Homero se niega a que ellas trabajen y se echa el cargo a la espalda como hombre de la casa que es, por la mentalidad de la época, justificando que el lugar de ellas está en el hogar poniéndose guapas para sus maridos y que los empleos son para los hombres). Y su padre… bueno, su padre solo aparece para que Homero lo extrañe y quiera conocerlo algún día.

A Homero le toca repartir más de uno y más de dos telegramas a familias del municipio donde se notifica la muerte de sus hijos en la Segunda Guerra Mundial, y cuando hace esto, se acuerda de Marcos y se siente fatal. “En verdad, me encuentro como si el que ha muerto hubiese sido yo”, dice en algún momento del libro. Entre telegrama y telegrama, Saroyan introduce algunos pasajes desoladores, como el de un hombre extranjero que vive en el mismo pueblo que Homero y que rememora su llegada a Estados Unidos en busca de un futuro mejor. O el capítulo en el que un ladrón intenta robar en la tienda de telégrafos y el jefe de telégrafos le disuade para que no robe, llegando el joven ladrón a declararse en contra de la sociedad en la que le ha tocado vivir, alegando que está corrompida y que solo hay en ella asesinatos.

Hay, por tanto, en este libro una oda al cosmopolitismo y una clarísima crítica social hacia la insensatez de la guerra, y podemos encontrarla en diversos momentos de la historia. Al final de la historia, habrá un hecho determinante que afectará a Homero profundamente, y se preguntará a quién puede odiar por eso que ha ocurrido, no encuentra a nadie a quien culpar, solo a la insensatez de ciertas decisiones.

Hay una curiosidad en este libro, y es que el hermano pequeño de Homero se llama Ulises. Y el pueblo donde viven se llamaba… Ithaca, eso es. Es curioso que el autor haya introducido esta similitud en el libro, un Ulises pequeño que vive en su Ítaca (pueblo que no existe realmente en California según he visto). Este libro tiene uno de los mejores comienzos de libros que he leído jamás. Parte de ese comienzo es la frase con la que encabezo esta reseña. No solo por esa frase, que a simple vista puede no significar nada, sino por el contexto que se nos presenta al principio.

Es un libro muy tierno. Si se hubiera despojado de la espesa carga americana que tanto odio y que casi todo lo anega, esta sería sin duda una de mis novelas favoritas. Pese a esta carga americana, es una obra de arte, una crítica a la guerra de lo más ingenua y primitiva, pero una crítica feroz al fin y al cabo, injertada en una historia preciosa llena de trazos de lo más maravillosos.

Recomiendo encarecidamente, por tanto, leer este libro, en la edición que sea (si encuentran una edición tan bonita como esta o más, pues mejor), y que la lean pronto. Es de una belleza tan singular y brillante que aún hoy, varias semanas después de haberlo leído (sí, lo sé, hago las reseñas cuando tengo tiempo, y que su publicación haya coincidido con el Día de la Independencia de Estados Unidos es pura casualidad, lo prometo), me dibuja una sonrisa en el rostro y me imagino a Homero en su bicicleta con una música country de lejos que suena, en unos prados secos de América atizados por la guerra.

Viajen a este libro, por favor. Dénse ese capricho. Y no vuelvan. Desde allí les mando saludos. Vengan a mi Ítaca, a la Ítaca de Homero. O a la de Ulises, a la que prefieran. Pero, por favor, no se peleen por tierras o por nombres, por banderas o himnos. Olvidemos la comedia humana que es la guerra y, sobre todo, “no os soltéis de las manos”, como dijo una vez Rafael Alberti.

Y ahora, que siga tocando la música country.

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