Amor: El diario de Daniel (Herder, 1971), de Michel Quoist y traducido por Juan Baqué.

En mayo de 2021, un matrimonio amigo de mi madre se mudó a una casa más pequeña. Se desprendieron de la mayoría de sus libros, porque no les cabían, y me los dieron a mí. Ángel, que así se llama el hombre, me dijo que leyera uno en especial, porque hablaba del amor y la adolescencia. Son dos temas que me apasionan, porque había salido de la adolescencia unos años atrás y quería conocer el amor. Sin embargo, el libro fue diferente a como lo esperaba.

Amor: El diario de Daniel (Herder, 1971, con traducción al castellano de Juan Baqué) es la historia de Daniel, un chico francés de quince años al que no le gusta la escuela, que detesta a sus padres y que se enamora. Intenta sobrevivir, como todos, en la etapa más difícil de su vida, llena de conflictos dentro y fuera de su cabeza. Hasta ahí vamos bien. El problema llega cuando te das cuenta de que en realidad el libro tiene un fin religioso. Daniel, abrumado por la adolescencia y próximo a caer en depresión, se acoge a la ayuda de un cura, que le aconseja acercarse a Dios para sentirse mejor. Daniel lo hace y, por supuesto, todo se arregla.

Este libro de Michel Quoist (1918-1997) va dirigido, según la solapa, a todos los jóvenes, pero sobre todo a aquellos que no han tenido un padre o un hermano mayor que hayan colaborado en su formación. Añade que los problemas y estados de ánimo de Daniel son aplicables a la generalidad de los adolescentes, y ahí estoy de acuerdo, porque describe de forma magnífica, y eso que han pasado muchos años, cómo piensa Daniel como joven.

Comienza con un prólogo del autor a la edición de 1956 y se desarrolla en Le Havre, a mediados de los años cincuenta, desde que Daniel tiene quince años hasta que cumple dieciocho. El narrador supuestamente ha encontrado un diario escrito por un tal Daniel al que añade comentarios. En el diario, el chico cuenta sus tribulaciones, la relación con sus padres, su odio hacia las matemáticas, la educación religiosa a la que está sometido, su despertar sexual, cómo entender la sexualidad, los complejos y presiones que derivan de ella… Daniel pide comprensión y amor de los adultos hacia los adolescentes pese a las terribles actitud y comportamiento que estos puedan tener a veces.

Daniel escribe el diario para reflejar lo que vive y hace. Suspira por una chica, Jacqueline, y no quiere ir al colegio, sino trabajar, para sentirse un hombre: odia que lo traten como a un niño, como a veces le pasa a muchos adolescentes. Le gusta ponerse a pensar, pero no le dejan porque no tiene habitación propia. Daniel habla de sus amigos y familiares como Pascual y Bernardo. Se lamenta de que ninguno tenga cuitas amorosas, pues no pueden entender cómo se siente mientras él está intentando comprender cómo funciona el mundo.

Además, sus padres son un tema aparte. Si todos los padres de la época eran como los de Daniel, puedo entender por qué esa generación está traumatizada y critican tanto a los jóvenes actuales. Tiene la presión de sus padres, para los que Daniel nunca parece hacer lo suficiente. Se enfada con ellos porque no le dejan llegar tarde, es decir, más allá de las ocho y media de la tarde, algo impensable incluso en la España de entonces. En una ocasión, dice delante de sus padres: «Es morrocotuda», refiriéndose a una película, y los padres le regañan por su vocabulario. «Qué dirán tus abuelos cuando te oigan hablar de esa manera», le reprochan. Insoportables.

Entonces, ya existía el culto al cuerpo entre los jóvenes. Tiene complejos físicos de los que se avergüenza, como las piernas largas. Hace ejercicio por las noches para mantenerse en forma, pero quizás también para demostrar la virilidad que un chico de quince años desea mostrar. Daniel quiere salir con amigos, se enamora y no cree en Dios. Piensa que las misas son una fanfarria y que rezar a los muertos y visitarlos en el cementerio es una pérdida de tiempo. Daniel representa al estereotipo de joven rebelde que rechaza las tradiciones de sus progenitores, pero que luego, con la ayuda de la religión y la mano tendida de un cura, regresa al camino del rebaño y se da cuenta de que es el correcto.

Daniel ve al ser humano como hosco y gruñón en todas partes: en el colegio, en su casa, en su barrio y por supuesto en las noticias. Además de amor, siente envidia, en concreto hacia algún compañero al que sus padres dan aparentemente más libertad. Las comparaciones casi nunca son bienvenidas. Sin embargo, los padres de Daniel comparan a su hijo con otros muchachos y los alaban, algo que le encoleriza. Cuando los padres prohíben y ordenan, sin escuchar a sus hijos —sus opiniones, sus sentimientos—, no pueden esperar empatía de vuelta, sino rencor y desagrado.

Daniel sufre muchos cambios de ánimo que merman su autoestima. Su amor por Jacqueline dura mucho, pero no va a ninguna parte. Un día, Daniel siente algo especial por una chica con la que las cosas van más rápido. «No tienes todavía diecisiete años y ya vas con chicas por las calles», le recrimina su madre. Además, ella critica que se haya enamorado de una chica de padres divorciados. Para cerrar el círculo, el narrador dice que el amor entre jóvenes debe ser «discreto» y no ir más allá.

El  cura actúa como aleccionador, con paciencia, buenas palabras y comprensión, y es el único hombro sobre el que Daniel puede apoyarse. Digamos que intenta transmitir que la religión y Dios están siempre ahí para cuando los jóvenes los necesiten. Por eso, en los comentarios anexos al diario, este alaba la creencia en Dios y la fe para avanzar en la vida, mejorar y crecer como persona. El cura también explica los temas más delicados, como qué es el semen y para qué sirve, algo que debió de ser un escándalo en la época aun tratándose de Francia. Daniel se queja de que sus padres no le hayan hablado de «eso», y que su hermano intente aprenderlo leyendo un libro de Historia Natural. Por supuesto, se critica la masturbación y el sexo por placer y no para procrear en una carta que le envían a Daniel y que este incorpora al diario.

Daniel está en ese momento en que no es ni niño ni adulto, y por tanto no lo tratan de ninguna de las formas ni lo acogen en ninguno de los dos grupos. Se siente solo, y quizás el único consuelo sea hablar con alguien de su edad, pero no lo hace y se deprime. Le gusta estar solo, pero para combatir esa soledad y subir su autoestima, tiene fantasías donde se imagina siendo un héroe o un ídolo de masas. Suele terminar las entradas del diario con desazón y alguna frase descorazonadora.

Un día, sin que le haya ocurrido nada negativo a priori, escribe: «La vida es estúpida y no merece ser vivida». Aunque pueda parecer un pensamiento típico de adolescente, cuando alguien escribe eso hay que prestarle ayuda de inmediato, y hace bien el cura, aunque discrepo de sus métodos religiosos. De hecho, días después se siente feliz por haber podido expresar lo que siente y que un adulto, el cura, le haya escuchado.

Su alma sufre, como dice en unos versos que escribe. Reconoce que no le gusta decir lo que piensa, y mucho menos lo que siente. Escribe poemas a su amada, pero se maldice por ser tan tímido. Sin esa timidez, habría dicho a sus seres queridos cuánto los quería más veces o habría procurado la felicidad a alguna persona triste solo con un gesto o una palabra. Daniel se queja del otoño y la lluvia que esta trae, pues le hace caer en la melancolía y vuelve cadavéricos los rostros que en veranos se mostraban bronceados y alegres. En efecto, la época que Daniel vive, la adolescencia, puede compararse con el otoño, una estación que invita a la melancolía.

En una ocasión le lee a su madre la carta que un amigo le ha escrito. La madre le dice que es una bonita carta de amor de una chica a un chico, sin saber que es de un amigo a Daniel. Esto me ha hecho pensar en la fina línea que existe entre la amistad y el amor entre algún amigo de Daniel y él. Siente un amor —de amigo, aparentemente— tan grande hacia su compañero Estanislao que casi parece amor homosexual. Por supuesto, la homosexualidad no tiene cabida en esta historia, pero ha dado que pensar. Ojalá hubiera sido así.

En general, se describen de forma correcta las emociones de Daniel, como su sufrimiento silencioso cuando se encuentra a su amada con otro. Al final, el adolescente perdido se encuentra gracias a —y a través de— Dios. Daniel se reconcilia consigo mismo y con su alrededor mediante obras sociales e interpreta sus sentimientos desde la óptica religiosa. Aunque es un libro escrito con buena intención, con el objetivo de ayudar a los adolescentes perdidos en el mundo que les da la bienvenida, reúne todos los clichés retrógrados. Tanto el libro como la lección que intenta imponer huelen a rancio por los años que han pasado sobre él. Sin duda, es el reflejo de una época por suerte ya superada.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Nunca he leído nada igual, y no lo haré por mis propios medios. De hecho, leí esta porque me la recomendó alguien cercano y no sabía a lo que me enfrentaba realmente.


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