Autor/a español/a · Narrativa

La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes

La sombra del ciprés es alargada (Destino, 1985), de Miguel Delibes

¡Ojo! Esto no es una reseña al uso. Con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Delibes, en 2020 la revista digital cultural Homonosapiens publicó un monográfico sobre algunas de las obras del autor vallisoletano. Me ofrecieron escribir sobre una de ellas y, aunque en ese momento me había leído más de media docena de sus novelas, decidí abordar esta y escribir sobre ella. Por tanto, el texto que viene a continuación no es una reseña, sino un análisis en profundidad ejercido por este joven que soy yo sobre esta obra de uno de los más grandes escritores que ha dado España. Es muy largo porque, repito, no es una reseña, sino mucho más. ¡Disfrútala!

1947 es un año en el que ven la luz obras como La espuma de los días, de Boris Vian, y La perla, de John Steinbeck. A principios de ese año, Miguel Delibes recibe el Premio Nadal por La sombra del ciprés es alargada. Este será el lanzamiento de un escritor superlativo en una España que aún se recupera de sus heridas. Ahora miramos atrás, contemplamos la carrera literaria del prolífico autor vallisoletano y afirmamos, sin temor a equivocarnos, que cuando se acerca el otoño —y con él el aniversario del nacimiento de Delibes— los cipreses declinan su sombra en su honor.

La sombra del ciprés es alargada es la primera novela de Delibes, que fue abriéndose paso a lo largo del siglo XX construyendo siempre obras de complexión robusta y lenguaje preciso. En esta, la muerte se erige como principal obstáculo para lograr una vida exenta del insoportable dolor de la pérdida. La muerte es una presencia majestuosa e irreversible de la que Pedro, el protagonista, intenta deshacerse a partir del desasimiento de las personas, objetos y recuerdos para que cuando estos desaparezcan no le provoquen tristeza.

«Desasimiento» es la principal idea que presenta esta novela dividida en dos «libros» y subdividida en diecisiete y dieciocho capítulos respectivamente. La historia de Pedro, desde su infancia hasta su madurez, gira en torno al desasimiento que experimenta para evitar el dolor. Alejarse emocionalmente de personas, lugares y recuerdos le posibilita progresar. La inexistencia de ataduras familiares y sentimentales es un plus en su vida que le permite avanzar hacia adelante, siempre hacia adelante.

La novela está narrada en primera persona por Pedro, nacido en Ávila, ciudad que marcaría su carácter. De hecho, la ciudad de Ávila es un personaje más de esta historia: es el espacio en que se mueve Pedro, con ese nombre tan pétreo como la ciudad. Se trata de una Ávila árida y rocosa como la obra pictórica homónima de Aureliano de Beruete (1909), que dibuja unos prados por los que puede adivinarse pasear al joven Pedro.

Cuando tiene diez años, su tío lo lleva hasta la casa de don Mateo, un maestro al que le encarga su educación en materias básicas y moral religiosa. Huérfano y dejado por su tío en casa ajena, aprende desde joven a valerse por sí mismo y a desarrollar una habilidad especial para no coger cariño a nada y, así, evitar sufrimientos futuros.

De sus padres apenas conserva sus nombres —Jaime y María—, pero ante él se abre un mundo desconocido por explorar. La historia de la novela, pese a que esta se publicó durante el franquismo, se sitúa en los albores del siglo XX. Esto se deduce por algunos datos que Pedro deja caer en su narración u otros personajes en sus diálogos. Por ejemplo, en una ocasión don Mateo y su esposa hablan sobre la fundación de un nuevo periódico que se llama ABC.

En la gélida Ávila de principios de siglo, Pedro se mueve entre árboles y casas de piedra por doquier. El respeto es pilar fundamental en una sociedad arraigada a las costumbres, donde llamar «don» a un maestro es obligatorio. Sin embargo, él también busca construir su personalidad. Lucha por su crecimiento y su independencia, y siempre que puede demuestra ser un chico mayor, casi un hombre. Que le hablen de usted, de hecho, se convierte en todo un logro en alguna ocasión.

Pedro parece un objeto al que solo aceptan criar a cambio de dinero. Se siente «prisionero», pero hace gala de una afilada inteligencia que le permite conservar la cordura en el enrarecido ambiente de su nuevo «hogar». Experimenta gran tristeza por la solemnidad, la frialdad, el silencio y la rigidez. Además, la ausencia de cariño, tan importante para un niño que se está abriendo al mundo, hace mella en sus sentimientos y los deteriora, al mismo tiempo que refuerza su resistencia. La personalidad apática de don Mateo se une al carácter tradicional y de mujer piadosa de su esposa. Martina, la hija pequeña del matrimonio, es el único aliciente que Pedro encuentra en aquel escenario y donde se refleja con su —aún— mente infantil.

La llegada de un nuevo chico a casa de don Mateo es un bálsamo para Pedro, que desea alejarse del ambiente viciado y adulto que respira diariamente. Anhela compartir diversiones infantiles y travesuras, siempre dentro de los límites que la conducta católica permitía. La curiosidad infantil opaca el desapego obligado a la familia y a la infancia en favor de una vida adulta sin recuerdos familiares que alienten su corazón. Asimismo, las mentes infantiles luchan por comprender y no resignarse a un mundo adulto que les ha sido impuesto, alejados de cualquier calor familiar.

Por eso Pedro se agarra a su nuevo compañero como a un clavo ardiendo. Con su llegada, Alfredo pone la primera piedra de una personalidad que se construye a sí misma en los mimbres del desasimiento. Destaca un contraste importante entre don Mateo y el recién llegado Alfredo. Este, por ejemplo, hace gala de sueños infantiles y de futuras posesiones materiales, mientras que aquel muestra experiencia, modestia y no es nada vanidoso.

Pese a un tiempo de felicidad, el fallecimiento repentino de Alfredo vuelve a sumir a Pedro en la desazón vital. Su apego hacia su difunto amigo le hunde y su orfandad se convierte en un cuchillo más incisivo aún. Se encuentra, entonces, ante la misión de terminar su preparación escolar en soledad, ya que la educación resultaba esencial para el próspero devenir futuro del pupilo.

El uso de la razón introduce a Pedro en la realidad de la vida. Deja atrás los sueños y pensamientos coloridos propios de la infancia y, con doce años, se deshace de cualquier idea naíf. Su gran sensibilidad le hace divagar e imaginar historias sobre el crecimiento y el paso del tiempo del ser humano, la insoportable levedad del ser y su marcha hacia adelante. Pedro siempre se muestra desasido de sus pares, a los que no reza. De esto se da cuenta en una visita al cementerio, donde las sombras alargadas de los cipreses que dan título a la novela se muestran solemnes.

Para desprenderse de cualquier apego terrenal se hace marino mercante y se marcha de Ávila sin saber cuándo volverá. Se convierte, así, en un chico de interior que busca libertad y desasimiento en el mar, un espacio con el que no está familiarizado. En la ciudad inventada de Providencia a la que viaja conoce a Jane, una mujer hermosa de la que se enamora. Sin embargo, el destino vuelve a darle un revés y el desasimiento se hace más fuerte en su carácter. El nombre místico de esta ciudad imaginaria, que simboliza religión y pureza, da un enfoque mágico al amor que le consume y del que no puede deshacerse.

Esta historia la cuenta cuando la vida le ha golpeado de todas las maneras posibles. Solo conocemos la versión de Pedro porque al fin y al cabo es su historia. Sufrimos su subjetividad y las omisiones que cree conveniente imponer. Además, el narrador se detiene más en algunas partes como en la visita a Cuatro Postes con su amigo Alfredo, cuando comienza el declive de la vida de este, y en la visita al cementerio, que constituye un importante punto de contacto con la muerte.

Pedro y Alfredo quedan reflejados en las rocas de la muralla de Ávila, al abrigo de una ciudad tan eterna como su presencia en los extrarradios. Ser consciente de que algún día moriremos es, quizás, el paso más importante para dejar de ser un niño y comenzar a vivir y a pensar como un adulto. Pedro profundiza en los asuntos de la vida y ve en ellos más allá que cualquier niño de su edad. Ávila nevada se presenta ante él como un descubrimiento sin parangón. La enfermedad del amigo, por su parte, supone un duro golpe, pues había sido hasta entonces el único ser igual a él con quien podía compartir juegos y diversiones. Contemplar cómo la muerte consume a un ser querido araña el sentimiento infantil de felicidad hasta destruirlo.

Son comunes las reflexiones de Pedro sobre el amor, la vida y la muerte. En él se percibe un canto a la existencia y a la naturaleza, mancillada esta última por la mano sucia del hombre: «Entonces pensé que la tierra es bella por sí, que sólo la manchan los hombres con sus protestas, sus carnalidades y sus pasiones».

En Peces de ciudad1, Sabina canta una máxima muchas veces repetida: «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». ¿Tampoco hemos de volver a esos recuerdos felices de niñez por miedo a encontrarnos con el desengaño de vuelta a la realidad? Pedro no fue feliz en exceso en Ávila, pero allí vivió sus años de infancia, cuando tenía otra concepción de la vida.

En 1986, Mercedes Milá entrevistó en el programa Jueves a jueves2 al expresidente del Gobierno Adolfo Suárez, por entonces líder del CDS. Antes de la media hora de entrevista, el expresidente confiesa que ponía tacones de suela a sus zapatos «para oír su pisada» debido a la soledad que sentía cuando llegó a Madrid. Podría decirse que Pedro experimenta en Ávila una soledad igual de apabullante como la de Suárez, que nació precisamente en un pueblo abulense —Cebreros—. Sin embargo, solo en Ávila se acerca Pedro al concepto de felicidad.

Cuando crece, alcanza más tranquilidad mental, pero no volverá a rozar la alegría de la niñez que compartió junto a Alfredo mientras la vida se lo permitió. «Nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia», se dice. Los seres humanos, como animales sociales, necesitan establecer relaciones con otros, además de con sí mismos. La elasticidad de la «facultad de desasimiento» le empuja a caer de nuevo en apegos y esta es la razón principal de la aflicción de Pedro.

Delibes maneja a su protagonista dentro de este ambiente bucólico con un lenguaje poético. La sombra del ciprés es alargada se configura como una oda a la tierra y a la naturaleza, siempre tan presentes en su obra. Delibes dibuja una España rural de formas y colores diversos bajo el mismo sol castellano y viejo.

En la novela predomina la narración frente a los diálogos, que son escasos. El lenguaje formal se une en La sombra del ciprés es alargada al amplio vocabulario de Delibes, que seguirá deleitando en obras futuras con una pluma ancha. Quizás esta obra no tenga la repercusión de otras como Cinco horas con Mario o El camino, con cuyo protagonista —Daniel, el Mochuelo— guarda relación simbólica Pedro, pero recibir el Nadal lanzó a su autor. Delibes podía haber escrito una novela con el «desasimiento» como tema principal, pero de manera precipitada. Sin embargo, su forma de escribir precisa y reflexiva le hizo construir una historia cargada de sentimientos.

Aquí, el ciprés se erige como prolongación incisiva y sangrante que avecina muerte alrededor de una vida despojada de cualquier lazo afectivo como la de Pedro. El protagonista encuentra el trayecto a seguir en un camino plagado de espinas que Delibes retrata con rigor y minuciosidad. El autor asalta las murallas de la eterna ciudad de Ávila en busca de un aliento efusivo de amor que poder otorgarle a su personaje. Ahora que esta novela también es eterna, cabe decir que Delibes descansa, al fin, a la sombra alargada del ciprés que un día él plantó en la mente de sus lectores.

1 Peces de ciudad, de Joaquín Sabina: https://www.youtube.com/watch?v=wtt9vLpBtks
2 Milá, Mercedes (Presentadora). (22 de mayo de 1986). Jueves a jueves [programa de televisión]. Madrid, España: TVE. Disponible en: https://www.rtve.es/alacarta/videos/jueves-a-jueves/jueves-jueves-entrevista-adolfo-suarez/3961377/

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