Autor/a extranjero/a·Narrativa

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (DeBolsillo, 2019), de David Foster Wallace y traducido por Javier Calvo.

«Soy un turista americano, y por tanto ex officio corpulento, rollizo, rubicundo, escandaloso, tosco, condescendiente, ensimismado, malcriado, preocupado por su aspecto, avergonzado, desesperante y codicioso».

Así se define Foster Wallace en este libro a la par que critica a la sociedad estadounidense. Estas páginas de no ficción y de título extenso están basadas en un viaje en crucero que hizo el autor por el Caribe allá en la década de los 90.

Foster Wallace es un autor de culto en Estados Unidos, cuyos libros son admirados sobremanera alrededor del mundo aún hoy. Nació en 1962, pero se quitó la vida en 2008 y dejó así de producir una obra de enorme calidad como fueron este, La broma infinita —en ese libro lo largo no es el título, sino la extensión del volumen— o El rey pálido. En su ínfima obra Esto es agua, Foster Wallace alumbra a unos alumnos universitarios a través de un discurso sobre la vida donde les anima a valorar las pequeñas cosas de la vida y a no sobrevalorarse ellos mismos o sus títulos.

En este libro, sin embargo, el autor habla sobre su experiencia en un crucero inundado de estadounidenses mayores de sesenta años. A él se subió el autor —sin ser él nada de eso— incitado por la revista Harper’s, para la que escribiría un artículo una vez terminada su travesía. Como resultado, este libro para todos los públicos que genera risas y entretenimiento. Sin embargo, el autor, tal y como queda claro en el título, no volvería a repetir la experiencia.

Lo narra Foster Wallace con su humor típico y mordaz. Foster Wallace nos relata la visión despiadada que le produce observar cuerpos decrépitos por la edad en bañador. El crucero en sí mismo es un ecosistema donde proliferan los personajes excéntricos, estadounidenses adinerados, egocéntricos, pedantes, charlatanes y, por momentos, insoportables.

Por otra parte, el autor parece alabar la paciencia y labor de los trabajadores del crucero, mientras detalla a alguno de los pasajeros, como el Capitán Vídeo, un hombre al que bautizó así por su constante tarea de grabar todo lo que veía. Si Foster Wallace viviera actualmente y tuviera Instagram —esa red social en la que se graba y publica hasta la más nimia ocurrencia— alucinaría.

Los olores se mezclan con el mal tiempo, los mareos, el alboroto de la gente y, por supuesto, su semiagorafobia. No narra los acontecimientos que vive cronológicamente, aunque al final describe por horas lo sucedido a su alrededor en uno de los días del crucero.

Introduce el autor más de un centenar de notas a pie de páginas, donde expone, a veces con parsimonia, las explicaciones a los hechos que va relatando. Es difícil que al lector no se le escape más de una o dos risotadas leyendo la crítica aguda que Foster Wallace hace en estas páginas de la sociedad estadounidense del momento. El autor se nutre del objetivo de ciertas personas de presumir de dinero y nivel adquisitivo para dibujar un retrato fidedigno y muy original sobre nuestros días, nuestras costumbres y nuestras modas. Quizás si alguna vez van en crucero se acuerden de Foster Wallace y examinen a sus viajantes como hizo él. Y, quizás también, no lo repitan jamás, como él.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s