Autor/a español/a·Narrativa

“El jardín dorado”, de Gustavo Martín Garzo

Otra perspectiva del mito del minotauro.

El jardín dorado (Lumen, 2008), de Gustavo Martín Garzo, es un libro que rompe la historia mítica del minotauro, en la que este es encerrado en un laberinto y en la que luego morirá a manos de Teseo. Martín Garzo nos cuenta una historia diferente a la tradicional. Ariadna, la narradora de la historia y hermana del minotauro, al que llama Bruno, nos relatará la infancia y adolescencia de este, a la par que la suya, en la mansión que ellos y el resto de hermanas compartían (eran hijas del rey) y en el jardín donde jugaban y se divertían. Realmente no somos nosotros, los lectores, los receptores de la narración, pues Ariadna narra la historia dirigiéndose en todo momento a alguien al que ella llama Niño. Me gustaría adelantar quién es, pero no lo haré para evitar el spoiler. Solo diré que no se dirige al minotauro.

La prosa de Martín Garzo ya la conozco porque leí hace un tiempo La ofrenda. Es fantástica, muy ficticia, muy irreal, pero también me sorprende que, desde la madurez del escritor, sea capaz de escribir ajustándose a los registros de los narradores de sus historias (por cierto, en este libro la narradora es una mujer, al igual que en La ofrenda, siendo el autor un hombre, algo que casi nunca veo y que valoro). Con esto quiero decir que la narradora, Ariadna, narra la historia y parece que realmente la escribió ella y no un hombre llamado Gustavo Martín Garzo.

Ella habla con mucha dulzura de su hermano, y lo defiende contra los ataques y los rumores que siempre se lanzaron contra él, desde que su aspecto de mitad animal, mitad persona, salió a la luz y los vecinos del pueblo empezaron a tratarlo con desdén y recelo. Sí reconoce Ariadna que Bruno llegó a matar a un hombre, pero lo hizo porque este le había provocado, y de hecho aguantó los golpes de este para no tener que defenderse y herirle, hasta que no pudo más.

En este relato, por tanto, vemos la figura serena de Ariadna, que ha visto pasar ante sus ojos toda su vida y que ahora relata la de uno de los protagonistas más importantes de la misma: su hermano Bruno, el minotauro. Narra cómo era la infancia de él y sus hermanas, entre ellas Ariadna, que lo adoraban y que, por diversas razones, fueron desapareciendo o muriendo a lo largo de los años. Luego, el padre de todas ellas (y de Bruno), el rey Minos, que rechazó matar a su hijo cuando nació con esa extraña apariencia de animal y que lo adoró y defendió frente a todos, murió y se consumó el final de todo.

Cuando el rey murió, Bruno ya estaba encerrado en el famoso laberinto fabricado por Artífice (en el libro, Martín Garzo llama así al constructor del laberinto que en la mitología griega se llamó Dédalo). Su padre lo había encerrado allí para protegerlo de sí mismo y de los demás. Ariadna desmiente que existiera un hilo que le facilitara la entrada y la salida del laberinto, pues era capaz de saber dónde estaba su hermano con solo escuchar los latidos del corazón.

Realmente, en esta novela se nos presenta un minotauro bastante sosegado y dócil que se aleja de los habitantes del pueblo y se marcha a la montaña durante muchos días (a veces incluso años) para evitar dejarse llevar por su furia, para protegerlos de él. Es un minotauro, por tanto, bastante más humano que el que se nos presenta en el mito griego, donde es un ser temible que devora año tras año a unos cuantos jóvenes que le son entregados como ofrenda.

El libro finalizará con Ariadna narrando cómo pidió a un tal Actor (que en el mito griego es Teseo) que matara a Bruno para evitar su sufrimiento. Y el minotauro ni se resistió, pues llevaba sumido en una tristeza profunda desde prácticamente siempre, y más aún desde que fue encerrado en el laberinto. Luego, Ariadna desmiente que Actor se la llevara y la abandonara en una isla (el mito cuenta que Teseo se llevó a Ariadna y que la abandonó efectivamente en una isla), pero no termina de contarnos qué fue de ella realmente.

A lo largo de la novela, Ariadna se preguntará a sí misma, a ese Niño y, en definitiva, a todos aquellos que la leemos, cuál es el sentido de la vida, qué son en realidad la suerte, la felicidad, las risas. Dice que deberíamos ser siempre como niños y que realmente no sabemos lo que es el amor. Esto me parece una reflexión a priori sencilla a tener muy en cuenta. Porque este es el germen de la novela, la perspectiva de todo lo que ocurrió con Bruno y de lo que él fue desde los ojos únicamente de Ariadna, junto a sus preguntas existenciales y sus creencias. “No debemos ser juzgados por nuestros deseos, sino por nuestros actos”, dice Ariadna. Y me parece una frase tan maravillosa que me la voy a quedar para mí, porque puede parecer obvia, pero muchas veces olvidamos frases como esta. Igualmente, Ariadna dice que todos guardamos palabras diferentes de las que decimos, una cita igual de importante y de cierta.

El libro está impregnado del amor de Ariadna hacia su hermano, así como de referencias a flores, al jardín dorado donde jugaban, a los cantos y bailes que las hermanas hacían alrededor de Bruno, en definitiva al bucolismo. Es una narración a la que osaré llamar “de mitología revisionista”. No es que Martín Garzo cuente la verdadera historia sobre el minotauro, sino una narración tan ficticia como la original, pero de su propia invención. Sin embargo, creo que una mirada diferente de la historia como esta, en la que se nos presenta como ya dije un minotauro más dócil, es importante tenerla en cuenta.

Sí cabe destacar que, por momentos, puede hacerse tedioso por las constantes descripciones de olores, lugares o ropas. Para a aquellos a los que les gusten las novelas de acción, pueden irse a por otra novela. En esta no ocurre nada, porque todo ha ocurrido ya y Ariadna lo va narrando de forma paulatina, sin prisa ni sensacionalismo. Narra las muertes y el ahorcamiento del rey de forma tan lenta que puedo imaginarme a Ariadna retorciéndose las manos de anciana mientras narra la historia y llorando como esas personas que son capaces de llorar sin necesidad de encoger los músculos de la cara.

Ariadna pedirá, ya en las últimas páginas, un mundo sin dolor, y recordará el mundo de los muertos, allá donde están sus hermanas, su hermano Bruno y su padre, además del Niño ese al que se dirige y que me resistiré a decir quién es. Es un relato que me ha recordado a un ataúd, tan adornado de flores alrededor, pero al fin y al cabo en el centro un cadáver, mucho dolor, mucha tristeza y mucha muerte. Es una novela tremenda que se acerca a la perfección porque parece mentira que haya sido escrita en el siglo XXI, pues parece un verdadero relato de la Antigua Grecia.

Esta novela te evade y te hace sentir muchas cosas diferentes, sobre todo dolor, cuando Ariadna llega al final de su historia y el lector comprueba que todo ha terminado, que todos están muertos menos ella después de lo que parecía una vida tan plena y que nada permanece en este mundo por muy perfecto que sea o que se intente ser. Nos quedamos con el amor de Ariadna hacia su hermano, al que quiso con todo su corazón hasta su último suspiro.

Martín Garzo, gracias por escribir esta maravilla.

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