Fiel a mi demonio (Ediciones Godot), de Diego Muzzio.
Fiel a mi demonio (Ediciones Godot, 2026) es una obra breve donde su autor, Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969), hace un recorrido por su vida como lector y escritor y escribe sobre la función de ambas disciplinas. Para él, lectura y escritura tienen un significado y una vocación que se vuelven una enfermedad o un demonio al que no cabe más que serle fiel. La literatura, una vez más, se demuestra como salvación, pero también como disciplina, como forma de vivir o de existir en el mundo, de resistir y de enfrentarse a los fantasmas propios, al paso del tiempo y al desencanto. Estas páginas suponen una memoria y una reflexión sobre la literatura como alimento donde la entidad maléfica del título procede de una cita de George Orwell, que en Por qué escribo dice que el hombre jamás se embarcaría en una travesía como la escritura si no fuera arrastrado por un demonio que no puede ni rechazar ni comprender. Y también de una de William Faulkner, que en una entrevista dijo que un artista es una criatura impulsada por demonios.
Este ensayo sucinto comienza con el recuerdo de Muzzio a su padre, que una mañana tres meses antes de fallecer, cuando el autor tenía diez años, estableció la obligación de que leyera: todos los días, Muzzio debía leer un capítulo de un libro. Entonces, él se preguntó qué podía haber hecho para sufrir ese castigo, una disciplina que luego mantendría de adulto. Su padre fallecería tres meses después, como digo, a los treinta y siete años, de un aneurisma cerebral, una enfermedad repentina, por lo que esa tarea obligatoria fue una especie de vaticinio lanzado justo a tiempo. El fallecimiento de su padre tuvo consecuencias, como que su madre empezó a trabajar y se trasladaron de Bahía Blanca, donde vivían, a Buenos Aires, y todos los cambios e impactos emocionales empujaron aún más profundo a Muzzio en la lectura.
El autor leyó primero Robin Hood y se aficionó a la lectura gracias a él, pero no se detiene ahí, pues hay multitud de referencias a escritores y novelas que ensalzan la literatura como el camino de salvación y de salida ante situaciones existenciales. Muzzio también leía novelas de terror y el primer cuento que escribió, a los catorce o quince años, fue de este género. Divide a los lectores en tres clases: el lector hedonista, el lector práctico y el lector erudito. Para un aficionado a la literatura es fácil identificarse con un lector como Henry Bemis, el personaje de un episodio de la serie The Twilight Zone al que Muzzio menciona y que al parecer sufre porque no tiene suficiente tiempo para leer y esconde libros como si fueran botellas de alcohol tanto en su casa como su lugar de trabajo y los lee a escondidas.
Muzzio, al igual que Julio Cortázar, vivió en París de joven y paseó por cementerios como Montparnasse o Père Lachaise, donde hay enterrados una amplia nómina de escritores, un lugar donde por cierto yo también estuve en enero de 2024 y donde pude ver tumbas como las de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Emil Cioran o César Vallejo. En esta última en ese momento había tres compatriotas suyos, peruanos, una de ellas recitándole un poema en quechua, y me animaron a que me uniera a ellos y recité A un olmo seco de Antonio Machado, el único poema que me sé de memoria. Hablando de cementerios, Muzzio también menciona el epitafio escrito en griego en la tumba de Jim Morrison, también enterrado en París, que se puede traducir como «fiel a su propio demonio». Un demonio que puede ser el de la escritura pero que en ningún caso es el cristiano, sino una deidad protectora de cada persona, equiparable a un ángel de la guarda.
El autor experimentó un antes y un después con su experiencia lectora en la narrativa de Cortázar, así como también con la poesía de T. S. Eliot. «De la pasión por la lectura al primer tímido intento de escribir hay solo un paso», dice, y así ambas pasiones van de la mano. Destaca que la literatura es un viaje y que está llena de libros que lo son. El propio Louis-Ferdinand Céline, citado aquí, dijo en una entrevista que el lector es un pasajero que al comprar un libro paga un billete para viajar. Esta concepción no exime a Muzzio de preguntarse por qué escribe un escritor, y responde: «La respuesta es simple: porque no puedo dejar de hacerlo». Él rechaza la idea de inspiración y dice que, en caso de existir, apenas es una chispa que igual de rápido viene que desaparece: «La verdadera inspiración no es otra cosa que voluntad de trabajo».
Muzzio afirma que el acto de escribir es mecánico, y usa términos como atornillar puntos o aceitar frases. Escribir es, sobre todo, corregir y reescribir, y también una amalgama de intuiciones y relaciones entre imágenes y metáforas obtenidas de escenas de leídos y poemas leídos, películas vistas, diálogos escuchados, noticias… Menciona a Marguerite Duras a colación de su obra Escribir, que critica porque, aunque podría aportar una experiencia personal de la autora sobre la escritura, para él ofrece una imagen artificial del escritor. Él es un escritor brújula porque no le gusta tener un mapa ni un plan, sino improvisar. Me identifico con él en cuatro aspectos: por su preferencia por el libro impreso frente al electrónico, por la pasión por marcar con lápiz o subrayar fragmentos importantes para uno mismo, porque dice que nada es más difícil que escribir de forma sencilla y porque no se documenta para escribir, sino que le ocurre el proceso inverso: mientras lee de algún aspecto histórico, piensa que tal o cual escena, momento o suceso puede servir para un relato.
Fiel a mi demonio es un ensayo riquísimo donde Muzzio también habla de su faceta como escritor de literatura infantil, que surgió por casualidad, y de sus primeras novelas, como El ojo de Goliat, que tengo pendiente de leer y por la que conocí al autor. Menciona a Rainer Maria Rilke, poeta al que idolatro como sabrá quien me conozca, y por contrapartida, porque no es autor de mi devoción, cita en numerosas ocasiones a Jorge Luis Borges, también argentino, sin ensalzarlo especialmente pero sí declarando implícitamente su admiración. Muzzio cuenta que asistió a un taller literario de adolescente y, al hablar de dicho taller, comenta que los asistentes eran «caníbales adolescentes, hambrientos de literatura y carne humana». Y añade: «Cualquier recién llegado era pasible de convertirse en cena».
«La condición permanente del poeta es el hambre: hambre de decir algo que intuye con fuerza desmesurada pero no puede probar, hambre de llegar a saber qué es lo que quiere decir», afirma Muzzio. El hambre caníbal del escritor entrelaza con el capítulo donde escribe sobre el género del terror por parte de escritores argentinos, como le ocurrió a él con su libro de relatos Las esferas invisibles o a compatriotas suyos como Mariana Enriquez. Según Muzzio, el terror está presente incluso en las crónicas expedicionarias de españoles a Argentina, como la obra Viaje al río de La Plata, sobre una expedición de Pedro de Mendoza en 1534 en la que unos soldados españoles fueron condenados y ahorcados por comerse un caballo y más tarde otros españoles les arrancaron trozos de carne «para satisfacer el hambre». En casos de antropofagia como este es inevitable citar, como el autor hace, a Agustina Bazterrica o algún cuento de Manuel Mujica Laínez.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado a otros de la editorial que he leído recientemente como Intimidad de un oficio, de Liliana Heker, y Literatura o muerte, de Agustina Bazterrica. Las referencias que el autor hace sobre la literatura de terror argentina, y que menciono al final de la reseña, también me han recordado a Cómo desaparecer completamente, de Mariana Enriquez, no exactamente de terror, aunque sí tengo otros de ella que lo son, y a Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, leído hace apenas unas semanas.

