Tengo derecho a destruirme (Malas Tierras, 2021), de Kim Young-ha y traducido por Kim Hyeon-Kyun y Jung Hye-Ri.

William Shakespeare dijo una vez que es un pecado volar a la casa secreta de la muerte antes de que su desafío caiga sobre nosotros. El suicidio, el único problema serio para Albert Camus, es el tema central de Tengo derecho a destruirme (Malas Tierras, 2021, con traducción al castellano de Kim Hyeon-Kyun y Jung Hye-Ri). Su autor es Kim-Young ha (Corea del Sur, 1968), que trabajó como detective para la policía militar y que ganó con esta novela el premio Munhakdonge.

La obra, publicada originalmente en 1996, está dividida en cinco capítulos y localizada en el Seúl de los años 90. Se ha comparado con la narrativa de Haruki Murakami, pero sin duda esta es mucho más oscura. En ella, el narrador no tiene nombre y se mueve como un espectro por las calles de la capital surcoreana sugiriendo el suicidio como único consuelo a las personas que se cruza. Se encuentra con dos hermanos, C y K, que están enamorados de la misma mujer y luchan por encontrarse en el mundo frenético actual.

Así, entre personajes extraños, historias de desamor y fracaso y coches rápidos, el lector vive una historia de ensoñación y delirio con el trasfondo de la crisis económica y el desencanto de la juventud en Corea del Sur. Los personajes de esta novela irradian el tedio existencial y vital, la precariedad y el existencialismo de los jóvenes de la época, que se agarraban a emociones fuertes para sobrevivir. Una generación que combate la frivolidad del mundo con coches a toda velocidad y sexo desesperado para no morir en el intento.

La novela comienza hablando sobre el cuadro de La muerte de Marat, de Jacques-Louis David, y cómo el rostro del asesinado refleja paz pero tormento al mismo tiempo, que es lo que el narrador intenta infligir a los personajes. A partir de aquí, desarrolla una breve historia de la guillotina, Robespierre y la Revolución francesa. «Quienes alargan sin necesidad sus tristes vidas (…) desconocen la belleza de la simplificación, de desechar lo innecesario», asegura.

El narrador busca clientes con un anuncio en el periódico para invitarlos al suicidio y abreviar sus vidas, de eso se trata. Así, la gente le llama y le cuenta los problemas que tiene. En esos contactos no les incita al suicidio, pero sí despierta ideas ocultas en el subconsciente porque «todo el mundo, sea o no consciente de ello, ansía manifestar sus impulsos más secretos», dice. Es un ser oscuro y de identidad desconocida que siembra la ciudad de deseos de autodestrucción. Se considera un dios, y «el hombre que aspira a convertirse en un dios solo dispone de dos alternativas para lograrlo: la creación o el asesinato».

El siguiente capítulo presenta a Judith y a C, que están en un coche en mitad de una nevada histórica que amenaza con aislarles y dejarles sin gasolina. Narra quiénes son y cómo se conocieron y alterna su historia con la de K, hermano de C, que se encuentra trabajando de taxista, saltándose semáforos en rojo y parando en bares a jugar a las cartas mientras digiere la frustración que siente. C parece el hermano bueno, mientras que K es irresponsable —no asistió al funeral de su madre tras cinco años sin verla porque se encontraba haciendo el amor con Judith. Ella, por su parte, está entre dos tierras y dice que no suele acordarse del pasado porque hasta ahora no ha habido nada que valiera la pena recordar. Además, asegura que los preguntones suelen guardar muchos secretos porque así, haciendo preguntas, no los cuentan.

El narrador expone la rivalidad y tensión silenciadas entre los hermanos. A K le incomoda pensar en él por todas las cosas que le ha quitado porque, dice, es una persona nacida para ganar. Tiene miedo de que también le haya robado a Judith. Sin embargo, cuando K se descarrió en la adolescencia, C fue el único de la familia que le escuchaba y entendía. Por su parte, C se siente cada vez más inseguro dentro del coche y dice que la vida cansa. «De todas formas, ya estoy acostumbrado», añade.

Judith parece despreocupada y divide a las personas en dos categorías: las que son capaces de matar a alguien y las que no. Dice que C pertenece a este último grupo, que es el peor, porque dice que quien no es capaz de matar a alguien tampoco es capaz de amarlo. C reconoce que el amor «también es un don» y K es alguien que se mete en el coche y pisa el acelerador antes de pensar hacia dónde se dirige. No encuentran su lugar en el mundo y van de un lado a otro y conocen a gente variada, pero a la hora de la verdad sienten la soledad y la frustración.

Así, entre C, K y Judith, el narrador desarrolla historias de vida y de muerte. Reconoce que en primavera aumentan sus clientes porque la gente que se deprime en invierno en primavera ya no lo pueden soportar más. Igual que en el Polo Norte, en la vida, si se contempla la blancura durante demasiado tiempo, al final parece verse todo negro. Hacia el final de la historia, los hermanos se reencuentran y la novela acaba con la descripción de otro cuadro, en este caso La muerte de Sardanápalo, de Eugène Lacroix.

«La muerte se ha convertido en una especie de pornografía que se retransmite en directo por televisión», asegura el narrador. Hace una crítica al ser humano y dice que el hombre de hoy «sacrifica el presente en busca de la inmortalidad del recuerdo». Expone las vísceras de nuestra especie y el miedo que produce en cualquiera de nosotros los folios en blanco, las paredes en blanco, las cosas vacías y la necesidad que tenemos para llenarlo todo: horror vacui. Por eso, plantea la hipótesis de que el arte tuvo su origen en el miedo y que los extremos del ser humano van desde el suicidio hasta la creación artística.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): En esta novela hay coches a toda velocidad, de noche, por autovías de un país asiático, lo que me ha recordado inevitablemente a la película Akira (Katsuhiro Ōtomo, 1988).


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