Los justos (Alianza, 2018), de Albert Camus y traducido por Mauro Armiño.

Cada ser humano tiene un concepto de justicia adaptado a sus circunstancias vitales, sus objetivos y sus intereses. Por eso es difícil establecer qué es justo y qué no. Albert Camus (1913-1960) construye en Los justos (Alianza, 2018) una obra dramática, estrenada en 1949, donde cada individuo intenta imponer la justicia según lo considera adecuado.

Dividido en cinco actos, este drama histórico traducido por Mauro Armiño está situado en la Rusia zarista de principios del siglo XX. En este contexto se desarrollaba una opresión y una violencia bestiales entre los fieles del zar y aquellos que querían la revolución para derrocar a esa clase dirigente y caciquil.

No solo hay enfrentamientos entre ambos bandos, sino que también encontramos rencillas intergrupales. La obra está protagonizada por Annenkov y Dora, dirigentes de un grupo terrorista que pretende atentar contra el gran duque Sergio —en realidad, no quieren matarlo a él, sino a la represión gubernamental que representa—. Para ello, se servirán de dos camaradas: Stepan y Yanek Kaliayev, dos personajes contrapuestos en múltiples aspectos que, sin embargo, deben compenetrarse para conseguir el objetivo común de la Organización.

Stepan y Yanek protagonizarán un encontronazo al principio de la obra que anticipará futuros rifirrafes entre sus dos personalidades tan alejadas. El terrorismo sirve, sin embargo, como enlace cuando las ideas han de defenderse como un baluarte por el que morir.

La obra comienza presentándonos a todos los personajes principales gracias a una reunión que tiene lugar en la casa común desde donde tienen planeado atentar. Hasta ahí llega Stepan, un revolucionario que viene a sustituir a un camarada caído. Ha estado tres años en la cárcel y ahora que ha vuelto de Suiza, adonde huyó, se muestra inflexible y supremacista ante los planes: defiende la revolución a ultranza, aunque se lleve por delante a la mismísima especie humana.

Todos ellos son miembros de la Organización, socialistas convencidos y revolucionarios acérrimos en pro de darle tierras a los campesinos y liberarlos de la esclavitud a la que el gobierno zarista los tiene sometidos. Annenkov y Stepan tienen un tono bélico y decidido, son valientes y luchadores, mientras que otros personajes, como Dora, se mantienen más alejados de esa muestra de hombría mezclada con ideología. Sin embargo, será el personaje de Dora el que experimente mayor evolución a lo largo de la obra, llegando a un final en que ella será determinante al ser quien mostrará más coraje y arrojo.

Dora mantiene una complicidad especial con Yanek y Stepan, a quienes besa y alienta para proseguir, evitando enfrentamientos internos que abran grietas en el objetivo común. Bastantes enemigos tienen ya como para que, además, les crezcan dentro.

El problema es que Yanek y Stepan chocan en muchos aspectos. Yanek, por ejemplo, ama la vida, y llega a salvar la de otros a cambio de no cumplir el objetivo. Stepan, por su parte, es directo y ama la justicia sobre todas las cosas. Yanek, además, tiene un ideal utópico: quiere matar para que nadie vuelva a matar jamás. Matar al gran duque y matar al despotismo en un único acto que no será el último y que acarreará consecuencias para aquel que lo perpetre.

Sin embargo, si un hombre al enfrentarse a otro puede reconocerse a sí mismo en el cuerpo, rostro, gestos o sentimientos ajenos, ¿será capaz de perdonarle la vida o podrá su mente contra su corazón? El día que la revolución mate inocentes —por ejemplo, niños—, esta será odiada por todos. Esta es una de las cuestiones que se resuelve en el transcurso de una obra que se desarrolla principalmente en la casa de Annenkov y Dora. Los diálogos son dinámicos, breves y verosímiles, mientras que los personajes están construidos con cuidado y verosimilitud.

La cobardía es un acto infame que nadie quiere llevar a sus espaldas. Y el amor es un acto incondicional que se da sin esperar nada a cambio. Todos abogan por el amor, excepto Stepan, que opta por el odio: haber estado en prisión le ha agriado el carácter.

Entre la valentía, el odio y el amor, personajes como Yanek intentan resarcirse de sus dudas, de sus ideas enfrentadas, por eso que consideran el «bien común». Ni siquiera la religión —Yanek es creyente, pero no practicante— conseguirá al final disuadirle. En todo momento hay tensión en la obra por saber si finalmente llevarán a cabo el atentado y también por saber cómo acabará la relación entre los miembros de la Organización, sobre todo entre Stepan y Yanek.

La obra aborda un tema, el de la Rusia zarista, que interesaba a Camus, autor de la celebérrima novela El extranjero, de El mito de Sísifo —donde aborda otro tema fundamental para él: el suicidio— y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1957, tres años antes de fallecer en un accidente de tráfico.

En poco menos de 150 páginas, el autor francés construye un cuadro de fraternidad y lealtad muy completo pese a la brevedad de la obra. Al final, el lector se pregunta si todo ha valido la pena, cada acto llevado a cabo —y los que no se han hecho también— para llegar a las preguntas finales y más importantes: ¿existe la justicia?, ¿quiénes son, en realidad, los justos: nosotros o vosotros?, ¿quién determina eso?


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