La generación del silencio (Editorial Quaestio, 2022), de Ada Sillero.
Teresa, la protagonista de La generación del silencio (Editorial Quaestio, 2022), va al cementerio a hablar a la tumba de Rosalía. Allí, establecerá un soliloquio donde expondrá sus sentimientos, temores, preocupaciones y sueños desde que era una niña y se enamoró de Rosalía hasta ahora, cuando el corazón de esta se ha parado para siempre y ella añora la vida que nunca vivieron juntas.
Esta es la tercera novela de Ada Sillero (Granada, 1970), tras Regálame una sonrisa, publicada en la misma editorial, y Pentarofobia, autopublicada, ambas reseñadas en el blog. Esta va en sintonía con el último de sus libros, pues las personas mayores vuelven a ser protagonistas. En La generación del silencio, se tratan temas como el miedo, el silencio, el amor correspondido pero prohibido por la época y las circunstancias y la libertad inexistente o de boquilla.
El libro comienza con una dedicatoria que reza: «Ama a la gente que te ve cuando eres invisible para todos los demás». Muchas personas pasan por la vida creyendo que son invisibles por cómo los tratan, los ningunean o los ignoran, no sabe uno qué es peor. A esta cita le siguen capítulos brevísimos titulados con emociones o sustantivos relativos al duelo y la muerte.
Teresa y Rosalía nunca pudieron vivir su amor con libertad y según su voluntad. Ahora, Teresa, aunque hace algún reproche, quiere reconciliarse con su amada porque una relación entre dos mujeres en la época en la que crecieron no estaba bien vista y tuvieron que desarrollar sus vidas por separado. Se trata de una novela sobre lo que pudo ser y no fue, sobre la vida que nos toca vivir y sobre la que finalmente vivimos, más allá de nuestros sueños, ilusiones y proyectos.
Cuando somos jóvenes, tenemos una idea de cómo queremos ser en el futuro, cuánto queremos hacer, a veces incluso somos revolucionarios e innovadores. Sin embargo, conforme avanza la vida, las circunstancias y la sociedad determinan en gran parte nuestro camino a seguir. Cuando llegamos al final del trayecto y miramos atrás nos damos cuenta de que nada, o casi nada, ha sido como esperábamos.
Teresa reconoce que no le gusta la parafernalia de ir a visitar tumbas. Pero han pasado treinta años sin verse y ahora, al menos, puede ir, aunque sea al cementerio, sin que parezca raro, porque antes sí lo habría sido. Y dice que la quiere como el primer día que la vio, día que no ha podido olvidar. La protagonista se queja del miedo que tienen las personas a vivir realmente y no simplemente a sobrevivir. Asimismo, se lamenta de que nadie le haya dado el pésame, porque en el fondo ella ya no es nadie en la vida de Rosalía, y sin embargo la amaba quizás más que nadie y sufre su muerte igual que ha sufrido su ausencia en vida.
A la generación de nuestros padres, y sobre todo a la de nuestros abuelos, les tocó vivir con normas de tradición nacionalcatólica. Si se desviaban del camino a seguir establecido por la Iglesia, el ejército o el gobierno, eran condenados al ostracismo o algo peor, jugándose la vida. Por eso hay que agradecer a la generación que luchó por las libertades que hoy podemos disfrutar, libertades que no son perfectas y que necesitan ser refrendadas por sectores sociales y partidos políticos extremistas que las rechazan, pero libertades al fin y al cabo que valen oro. A cambio, ellos tuvieron que guardar silencio y aguantar la vida sin aquello que querían. La generación del silencio.
Teresa parece sugerir que el lesbianismo se veía o se transparentaba menos porque las mujeres en esa sociedad eran directamente invisibles y por ende se veía menos lo que hacían. Ella reconoce que está acostumbrada a ser invisible y pasar desapercibida. Por otro lado, asegura que el miedo, la soledad y el silencio han sido tres clásicos de su vida.
Además de su historia personal, Teresa también habla de episodios históricos, como la primera manifestación homosexual en España de 1977, y de personajes como Concha Carretero. Ella ensalza la necesidad e importancia de contar con referentes que sean como tú para no sentirte raro y rechazado y hundirte. Ese dolor del pasado, como dice la protagonista, no termina de irse, sino que se empaqueta, se guarda en una esquina de la memoria para seguir viviendo.
Le gustaría haber mantenido esa conversación en vida, pero no ha podido ser, y eso es mejor que nada. Cuántas veces nos quedamos con preguntas sin respuestas. Cuántas veces se nos hace, por nuestra elección o no, demasiado tarde. Mientras tanto, fuera la vida sigue. Al final, se incluye una carta y un capítulo final emotivo en el que la protagonista se va del cementerio y una vez en su casa recibe algo que cambia su perspectiva de las cosas y que desvela al lector otra versión con más verdad e información sobre la relación entre estos dos personajes.
Me parece una historia necesaria e interesante, además de bien escrita y con una estructura apta, porque primero presenta brevemente a las protagonistas y su historia de amor para luego desarrollar cómo se conocieron y cómo creció el amor entre ellas. Teresa recuerda momentos junto a Rosalía con datos y fechas concretas, lo que representa lo importante que fue esa persona y los momentos vividos con ella. «Cuanto más grande es la herida, más privado es el dolor», dice Teresa. Lo ha leído en alguna parte, no recuerda dónde, pero sí recuerda lo importante: el rostro de Rosalía y su amor hacia ella.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): La cita del inicio del libro sobre la invisibilidad me ha recordado a Invisible, libro de Eloy Moreno, a cuyo protagonista le ocurre algo que no voy a desvelar porque el autor así lo prefiere, pero que es muy doloroso y triste. Cuando Teresa dice que ha intentado olvidarla pero no ha olvidado nada y recuerda incluso el día que se conocieron me ha recordado a la canción Procuro olvidarte, interpretada por tantos artistas. Además, al tratarse de un soliloquio de un vivo con un muerto con amor de por medio me ha recordado a Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes.

