Madre Juana de los Ángeles (Báltica Editorial, 2025), de Jarosław Iwaszkiewicz y traducido por Xavier Farré.

Madre Juana de los Ángeles (Báltica Editorial, 2025, con traducción al castellano de Xavier Farré) es una novela del escritor y diplomático polaco Jarosław Iwaszkiewicz (1894-1980) llevada al cine en 1961 y que obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. En esa edición, la Palma de Oro fue para Viridiana, de Luis Buñuel. La historia está basada en los hechos de las endemoniadas de Loudun, un municipio francés, y localizada en un convento de monjas en un paraje remoto al este de Polonia en el siglo XVII. La abadesa, madre Juana de los Ángeles, y el resto de monjas, excepto una, dicen estar poseídas por demonios tras la ejecución de un sacerdote acusado de seducirlas. La Iglesia emprende una investigación a través de varios sacerdotes entre los que destaca el padre Suryn, que viaja y se encarga de exorcizar a la madre Juana. Sin embargo, Suryn se enfrentará a un conflicto entre la razón y la fe y reflexionará sobre la locura y el verdadero origen del mal y cómo este se manifiesta.

La novela comienza con el padre Suryn dirigiéndose en calesa hacia el monasterio, un viaje agotador, enfermizo y dificultoso. Es un párroco intuitivo y asfixiado por los miedos pero comprometido con la fe; de hecho, se pone melancólico cuando piensa en los pecados y se excita de alegría cuando lo envuelve la gracia divina. Su viaje, que es físico, también será interior cuando se adentre en el alma de la madre Juana para descubrir qué es el mal y cómo nos posee. En su camino, se detiene en una posada donde una extraña posadera a la que ya conoce le lee la buenaventura y donde conoce a un noble gandul que lo acompañará hasta el convento. Allí también, Suryn cogerá un hacha y sentirá que su brazo se funde con ella, como un recuerdo primitivo o un vaticinio. Durante el viaje, el narrador presenta al padre como un personaje complejo, abordado de recuerdos y lleno de matices por descubrir.

Suryn llega al pueblo donde se encuentra el convento de noche y tras un día de viaje, por lo que se aloja en un lugar cercano. Él ha ido hasta allí sin que las monjas lo supieran, pero estas se han enterado, lo que demuestra la red de información que hay detrás de ellas y que escapa a la Iglesia. Esa misma noche, Suryn tiene una visión del demonio como un monstruo con tentáculos. Cuando más adelante el mozo del párroco le pregunte a otro personaje cómo es el diablo, este le dirá que tiene el rostro de la madre superiora. Además, la llegada en mitad de la oscuridad y el toque siniestro de campanas del convento atemorizan a los personajes a la par que al lector. Para colmo, Suryn es un párroco muy humano con un pasado oculto y muchos miedos: «Nunca hasta ese momento había presentido de manera tan palpable la presencia del mal, terrible, atroz. Nunca hasta ese momento había tenido tanto miedo de este mundo y de lo que tenía que realizar en él».

«El bosque es terrible. ¡Ay! Uno avanza sin parar, y está todo negro y no se ve a nadie», dice el mozo del párroco como una representación del paso por la vida. Y más adelante añade: «Un hombre solo lo pasa terriblemente mal en el mundo, da igual si está en el bosque», en relación a la soledad del hombre cuando no tiene fe en Dios. El párroco del convento le dice al padre Suryn que hay dos posibles explicaciones para que Dios haya querido usar el mal y el demonio en esas mujeres de fe y bautizadas: una es que lo haya hecho con algún objetivo tan inescrutable como sus designios, y la otra es que en realidad no estén poseídas. Durante toda la historia sobrevuela la sospecha de si las monjas lo están realmente o si los demonios no existen, sino que es el mal, que aflora y tiene su origen en el ser humano. Suryn aprende que, para ayudar a alguien, este debe dejarse ayudar, y encontrará un obstáculo en la madre Juana, que tiene sus propios anhelos y rechaza «curarse» para ser una monja corriente.

Entre las monjas destaca la madre superiora, hija de un príncipe, de bajísima estatura, con ojos de vaca y jorobada. Todas están poseídas excepto una llamada Margarita, que en realidad es la única que rompe su clausura y sale del convento para chismorrear con otras mujeres del pueblo; por tanto, es la que más peca o la más «endiablada». La misión del padre Suryn es exorcizar a la madre Juana, pues de las otras se encargan otros párrocos. Tiene un primer encuentro con ella en el refectorio, donde da muestras de estar poseída. Poco después hay una procesión y una misa donde se celebra un exorcismo público y colectivo con agua bendita y palabras clave. Los sacerdotes consiguen despojar a la madre Juana de uno de los demonios que la poseen, y al día siguiente Suryn intenta alejar a otro con susurros y persuasión, pero aún le queda mucho trabajo y deberá emplear técnicas diferentes.

Suryn no es precisamente alguien incrédulo, pero acude a un judío sabio para que le aconseje sobre el exorcismo. En realidad, este le abre los ojos y le despierta: «Si el Señor ha creado el mundo, ¿por qué hay tanto mal en él? ¿Muerte, enfermedades, guerras?». El rabino en realidad es un reflejo de Suryn y le pone frente a sus temores. Hay una fuerte carga machista en los comentarios del judío: «Esas mujeres sufren tormentos. Pues que sufran. Ese es el destino de las mujeres, y las personas no pueden huir de su destino». «La mujer es siempre la fuente de todos los males […] Le doy mi palabra de caballero de que Adán no se habría comido la manzana si no hubiera sido por Eva. ¿Qué ganaba con eso? La manzana podía haber seguido estando allí colgando del árbol cien años más, y él no la habría tocado. Todo lo hizo Eva. En la mujer hay esa tendencia natural a la perdición», llega a afirmar otro personaje.

El padre Suryn reconoce no tener miedo a los demonios, sino a los párrocos, porque con ellos no funciona la cruz. Cuando se encierra en una habitación a solas con la madre Juana para exorcizarla, sale de allí completamente transformado, de forma negativa, y el autor lo aprovecha para jugar con el simbolismo. De este modo, el demonio pasa de ser una presencia que nos posee a representar los pecados, los deseos y los apetitos humanos. El propio rey acude a la iglesia donde se hacen los exorcismos públicos y colectivos, pero los observa con indiferencia e incluso aburrimiento, como un reflejo del desdén de la monarquía por ciertos asuntos que, sin embargo, despertaban gran expectación entre la población.

El padre Suryn está caracterizado como un religioso temeroso pero con una creencia férrea en seguir las normas. A lo largo de la novela, muestra sus recuerdos y su añoranza triste del pasado, quizás motivados por el abandono de su madre cuando ella misma decidió entrar en un convento. Ya de adulto, y ante tamaña misión, Suryn se introduce en los backrooms, como se dice ahora, y le sale caro, ya que se pierde por las habitaciones. «Ocurrían unas cosas terribles en el mundo, Satanás se divertía con las almas humanas, Dios las condenaba para la eternidad, el otoño lo mataba todo e incluso arrancaba las hojas verdes de los abedules, y después la primavera lo resucitaba todo, pero en un mismo infortunio», dice uno de los personajes.

Madre Juana de los Ángeles es una novela circular que comienza con un viaje con características determinadas que se repiten en el viaje de vuelta. Al principio, la historia contiene terror y suspense, pero luego mutan hacia la introspección. Igualmente, al inicio los demonios se presentan como una entidad física e incluso llegan a expresarse a través de la boca de los cuerpos que poseen, pero conforme avanza la novela, no se manifiestan de forma tan clara y se convierten en algo de lo que otros hablan. Solo hacia el final de la historia, Suryn mantiene un diálogo con Satanás. Por tanto, se pueden obtener múltiples interpretaciones del simbolismo, pero no expondré todas para no hacer spoilers.

Creo hallar una crítica burlesca ante el hecho de que la Iglesia denomine pecado a tantísimas acciones. Cuando el padre Suryn dice estar desesperado, otro le responde: «La desesperación es un pecado contra el Espíritu Santo», y Suryn le dice: «Así tengo un pecado más, otro punto en el juicio en contra de mi alma». Hay hipocresía en personajes eclesiásticos, sobre todo en las últimas tres líneas de la novela, así como una crítica a la nobleza y a su decadencia y depravación a través del personaje del noble, un hombre sucio y borracho al que le faltan dientes. En la novela, se menciona al párroco hechizado que fue ejecutado con el apellido Garniec, pero la hospedera lo llama en una ocasión Garnier, quizás como un errata. Sea como fuere, se asemeja al apellido del personaje real en el que está inspirado, el padre Urbain Grandier, además de que el nombre de la madre superiora, Juana, también coincide. En otra escena, el narrador dice que el mundo a un personaje «le pareció muy lúgubre, muy negro, lleno de muerte», y quizás tenga algo que ver que la novela fue escrita durante la Segunda Guerra Mundial.

Iwasziewicz fue polaco pero nació en el centro de la actual Ucrania, y como dice el traductor en el epílogo, interesante para conocer el contexto de la obra y del autor, la tematización del mal en la novela puede estar relacionada con que se escribiera durante la ocupación nazi de Polonia. En realidad, esta es una novela corta que fue incluida en un libro de relatos del autor. Este usa de forma equilibrada los pasajes de narración y los de diálogo a través de un lenguaje y descripciones sencillas. Sin embargo, he detectado erratas en la edición que, al menos a mí como corrector, me han impedido la lectura fluida. Asimismo, creo haber detectado una incoherencia cuando, en el viaje, el narrador dice: «El día otoñal había llegado a su fin antes de que llegaran al cruce de caminos y a la posada de la gitana. Así que tuvieron que pernoctar allí». Se dice que pernoctan en la posada, pero en realidad de ese párrafo transcrito se deduce que se ha hecho de noche antes de que pudieran llegar y encontrar el lugar, por lo que se entiende que pernoctan en algún lugar, pero no en la posada porque, repito, no han llegado a tiempo; es contradictorio bajo mi interpretación.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Salvando las distancias, y enfatizo esto, esta historia con monjas que ejecutan actividades al margen de las normas o de la Iglesia, aunque en este caso que voy a mencionar sea por su voluntad, me ha recordado a las monjas de Belorado. Por otro lado, la ama del párroco de Ludyn, no el padre Suryn, es una niña de unos cuatro años llamada Krysia, lo que me ha recordado al surimi de marca Krissia. La novela me ha recordado a otra, o quizás sea más bien un ensayo, titulado Los demonios de Loudun, de Aldous Huxley, que intenté leer hace unos años, sin éxito, y que ahora espero dar otra oportunidad.


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