Termush (Impedimenta, 2024), de Sven Holm y traducido por Daniel Sancosmed Masiá.

Termush (Impedimenta, 2024, con traducción al castellano de Daniel Sancosmed Masiá) es una novela del escritor danés Sven Holm (1940-2019) publicada originalmente en 1967. Destaco ese año porque se trata de una obra distópica y postapocalíptica que puede resultar visionaria. En ella encontramos un planeta arrasado por la radioactividad donde un grupo de multimillonarios supervivientes se refugia en un hotel. Allí viven aislados mientras el mundo exterior sigue asolado, pero donde aún permanecen otros supervivientes maltrechos por la radiación que no dudan en acercarse al hotel y amenazar su paz y su vida para salvar la propia. Se trata de una historia que habla de la grieta cada vez más amplia entre ricos y pobres, los primeros proyectando búnkeres y salvoconductos ante pestes, cataclismos o guerras que, en ocasiones, ellos mismos provocan o no evitan aun pudiendo, igual que hace años los acomodados compraban bulas o pagaban para evitar que sus hijos fueran al ejército.

La novela tiene apenas 140 páginas, está escrita en forma de diario del narrador y se divide en treinta capítulos breves que reflejan todos los días durante un mes. Comienza con el narrador anunciando que ha llegado al hotel y lo han alojado. Hasta entonces, los multimillonarios han estado a salvo en espacios subterráneos y ahora por fin los han acomodado en las habitaciones. El hotel está protegido por unos guardias y aparatos que miden la radioactividad. Entre ellos también está la Dirección, que se muestra abierta a contactar con otros supervivientes y envía una expedición a explorar el exterior. La Dirección se menciona así, con la inicial mayúscula, impersonal y omnipotente, que da órdenes y controla todo.

En el capítulo tres, el narrador cuenta que ya han tenido la oportunidad de salir del hotel. Sin embargo, el mundo que se han encontrado no es tan diferente del que dejaron. Con alguna excepción, los huéspedes se muestran exentos de sensibilidad y arrebato ante las circunstancias apocalípticas que han vivido. Parecen estar sedados o sonámbulos y haber perdido la capacidad innata del miedo o la incertidumbre que les permitía estar alerta y actuar ante los peligros, que ahora pueden pillarles desprevenidos. Para ese entonces, ya han encontrado cadáveres de personas que han intentado refugiarse en el hotel y han muerto a las puertas.

El hotel es una entidad que funciona como un seguro de asistencia para aquellos que lo contrataron, como el narrador, por si se producía el fin del mundo. Sin embargo, el narrador se niega a que la Dirección se convierta en un ente con capacidad de tutelaje u ocultación de información y se subleva contra ella porque «se ha arrogado un papel de autoridad al que no tiene derecho». La despersonalización llega incluso a los guardias del hotel, con los que el narrador sueña y a los que ve sin rostro ni facciones. Un día, un forastero aparece en el hotel y lo acogen. Este confiesa que allí fuera el hotel es conocido por ser uno de los últimos bastiones de supervivientes y los huéspedes entienden que no será el último en llegar.

Un grupo de ellos recoge firmas para mostrar su preocupación a la Dirección ante la posible llegada de más forasteros. También hay una votación que el narrador se niega a llamar democrática porque, según él, se vota limitar la libertad de los heridos y el libre acceso a auxilio de los forasteros. El narrador se opone a la insolidaridad de parte de los huéspedes frente a los forasteros, y a él se unen otros, como la mujer de la habitación de enfrente de la suya. En este punto, Termush se erige como una alegoría de la inmigración, la acogida y la democracia, donde hay que respetar los votos de la mayoría aunque esos votantes puedan estar mal informados o hayan sido víctimas de desinformación.

El narrador lleva un registro, a veces aséptico, de lo que ocurre en el hotel, por lo que el autor pone el foco en la narración y no tanto en los diálogos. Cada día parece suceder un evento diferente, como un paseo en yate que la Dirección ofrece a los huéspedes en teoría como una actividad voluntaria, pero en la práctica como una obligación. Tras su llegada del viaje en barco, se encuentran con que la Dirección ha acogido a veinte heridos a cambio de prometer que no acogerá a más. Otro suceso es la parcial destrucción de la cocina por parte de uno de los huéspedes o el ahorcamiento de otro. Para colmo, la expedición apenas transmite noticias y se le va perdiendo el rastro. Hasta que un día llegan grupos de forasteros armados que ponen en jaque a los guardias y a los huéspedes.

Esta novela es una excusa para reflexionar en torno a temas éticos como, en este caso, cuál es la cantidad máxima de heridos que se puede aceptar o ayudar, teniendo en cuenta que quienes ya están dentro han pagado previamente, así como hasta qué punto llegan la solidaridad o la tolerabilidad de la situación. Además, plantea otros dilemas éticos secundarios, como el de un huésped que padece cáncer terminal y va a morir: ha ocupado una plaza que podía tener otra persona sana porque engañó en el formulario de acceso. «Nuestro miedo ya no es el miedo a la muerte, sino al cambio y al deterioro», dice el narrador. La propuesta es interesante, pero a mi parecer incompleta. Incluso la relación entre el narrador y la mujer de la habitación de enfrente parece existir solo porque deba haber una relación hombre-mujer en la historia, ya que es un vínculo confuso y por momentos carente de sentido.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Desconozco si esta es la única novela postapocalíptica donde la causa del fin de la humanidad sea la radioactividad, pero me extraña. Me ha recordado a El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, porque en esta la causa era una tormenta tóxica y, en cierto modo, está relacionado.


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