Ofensiva de primavera (Periférica, 2025), de Herbert Clyde Lewis y traducido por Ángeles de los Santos.
Ofensiva de primavera (Periférica, 2025, con traducción al castellano de Ángeles de los Santos) es la segunda novela de Herbert Clyde Lewis (1909-1950), fallecido con cuarenta y un años asfixiado por las deudas y el alcohol y tras haber entrado en la lista negra de Hollywood. Esta novela, publicada originalmente en 1940, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, está protagonizada por Peter Winston, cuyo apellido coincide con el nombre del por entonces primer ministro de Reino Unido, uno de los países en conflicto. Winston es periodista, como el autor; es joven; está ilusionado, y tiene fe en su futuro prometedor. Sin embargo, todo se trunca de repente: pierde su trabajo, a su novia y a su mejor amigo, tres pilares de su vida. Debido a ello, sufre una crisis existencial, la angustia lo ahoga y se alista como voluntario en una brigada del Ejército británico para luchar contra los nazis. Su destino es el norte de Francia, cerca de Alsacia-Lorena y la línea Maginot. Allí no hay ataques y en mitad de su aburrimiento decide internarse en tierra de nadie a plantar semillas, como una ofensiva particular, pero mientras lo hace, se inicia el ataque y él queda en medio, desarmado y solo.
La novela comienza in media res con un capítulo circular, cuando el ataque alemán se ha iniciado y Winston está en tierra de nadie, en un día espléndido de abril. Él, en su propuesta de liberar al mundo, se convierte en prisionero de su propia ambición. Está allí desde principios de diciembre y sus ideas en relación a la guerra no coinciden con las de sus compañeros de batallón; de hecho, desde el principio desea que lo maten. No le gusta la inactividad, y no solo por aburrimiento, sino también por ideología, porque se opone a que los aliados no intervinieran en Polonia cuando debían hacerlo. Además, es el único estadounidense, y no es bien tratado por los británicos. Mientras un compañero suyo lucha porque cree en el imperio, Winston lo hace porque cree en la democracia. De hecho, la diferencia entre ambos se nota incluso en el nombre, ya que el del protagonista comienza por W y el de su compañero, por M, que parecen la misma letra pero al revés. Y mientras otros pasan el tiempo practicando deportes o con juegos de mesa o de cartas, él apuesta por leer, aunque se desilusiona ante la biblioteca del pueblo donde están.
Winston es un hombre en lucha ante su destino implacable pese a que este es una fuerza más poderosa que él. Ante la guerra, piensa en la placidez de su ciudad natal. De hecho, el narrador se obsesiona con el lugar de origen de Winston. Cuando acude a la biblioteca del pueblo francés, se dice que no es como la de Indianápolis; cuando se habla de las empalizadas, se dice que son como una chatarrería de Indiana, y cuando piensa en flores, se menciona el jardín que él solo plantó en su casa de Indianápolis. El hecho de que plantara flores y el ataque alemán lo arruinara simboliza que la guerra, con su crueldad, destroza las ilusiones de muchas personas, además de ser un absurdo que se representa con los soldados jugando a las cartas y apenas un momento después matando a otros soldados. El idealismo de Winston destaca cuando planta estas semillas e ignora que en realidad se encuentra en mitad de la guerra: «Puesto que era joven y estaba lleno de esperanza, se olvidó del riesgo de que un francotirador le disparara. Pensó que era imposible creer que los hombres pudieran enfrentarse unos a otros entre trampas de acero y dinamita en una mañana así. Por todas partes se respiraba un aire pacífico, en el cielo, en los árboles, en la límpida y nítida brisa, y Winston se preguntó por qué no había paz».
Cuando se inicia el ataque alemán, trata de huir, pero se tuerce un tobillo y es alcanzado por la metralla. Se arrastra hasta el cráter de un obús con la esperanza de sobrevivir, aunque su única arma es un cuchillo y no tiene agua. Allí, pierde la noción del tiempo y sabe que no estará para formar junto a los otros soldados, lo que supone una falta gravísima. Entonces, Winston es más consciente de que la guerra es deshonrosa y demente y llega a compararla con un parque de atracciones donde estas provocan un susto del que nunca se recupera y que no tiene sentido sufrir, una comparación de la que luego se arrepiente, pues la guerra no se puede comparar a ninguna otra cosa. Aquí, el abandono que sufre Winston se complementa con la pérdida de los valores antiguos que sí valían en la Primera Guerra Mundial, pero que en la Segunda Guerra Mundial, con las armas tan avanzadas, se han perdido. Esta es una época de cambio de valores y paradigmas donde se expone la capacidad de resistencia del ser humano. Además, la vida de muchos jóvenes como Winston no significa nada a la hora de su muerte.
Winston es joven, deportista y un estudiante exitoso con muchos premios y medallas, así como perseverancia y valores. Durante su adolescencia, pasó de ser un joven ajeno al mundo y a la realidad, debido a las comodidades de su infancia, a toparse de pronto con el desengaño y a darse cuenta de las injusticias. De todas esas medallas, trofeos y reconocimientos pasó al sentimiento de fracaso y al ostracismo, donde se fue hundiendo. «Pensó con amargura que él ya no podía soportar la vida. Tenía que marcharse. Tenía que alejarse de su hogar todo lo posible. Daba igual dónde, siempre y cuando estuviera a una gran distancia, un lugar donde pudiera olvidar los amargos recuerdos y las agotadoras frustraciones de los últimos meses. Tenía que emprender una nueva vida en algún lugar y tenía que hacerlo de inmediato», se dice. En realidad, Winston es el representante de muchos jóvenes desencantados como él, y sus motivos para acudir a la guerra son loables. Una vez alistado en el ejército, pensó en sus antepasados, que también debieron de participar en guerras, porque a fin de cuentas la historia de la humanidad es la historia de una guerra tras otra.
Toda la narración transcurre durante el conflicto mientras Winston vuelve atrás la mirada para rememorar episodios de su vida en Estados Unidos. Él adora su lugar de origen mientras critica a los ingleses, los franceses y los alemanes. Al principio, la idealización de su país solo parece tener una mancha, y es que los jóvenes no encuentran empleo tras graduarse. Su padre falleció cuando él era un niño y para colmo no encuentra el reconocimiento que cree merecer por parte de su madre. Poco antes de la guerra, le sucedió todo lo malo que podía ocurrirle: su jefe explotador lo despidió del periódico, su novia lo dejó, su mejor amigo se alejó de él… Sin embargo, ahora se da cuenta de que preferiría aquello a esta guerra. Los que conocen a Winston se preguntan si este se ha alistado para salvar al mundo de una dictadura o si en realidad hay otros motivos, como para salvarse él mismo. «Pensó que un hombre no podía querer seguir viviendo después de saber algo así. Por muy joven que fuera y por mucho vigor que tuviera; por muy fuertes que fueran sus músculos y robusto su corazón, simplemente no querría hacer el esfuerzo de seguir viviendo una vez comprendido que nadie se preocupaba por él», se dice.
Winston nació en 1917, en plena Primera Guerra Mundial, y participa en la segunda. Mientras se encuentra en ella, el narrador transmite con sencillez y compromiso la desolación a un lado y a otro del océano Atlántico, la de Winston y su madre. El idealismo del protagonista se percibe cuando pone en boca de su antiguo jefe aquellas palabras que le gustaría haber escuchado porque eran todo lo que él pensaba sobre la justicia social, los sueños de amor, los derechos humanos y el fin del odio de clases y el racismo: «El cielo es el límite para lo que puedes hacer». Sin embargo, su idealismo evoluciona: «Siempre habría guerras y […] estas nunca solucionarían nada […] Por más que creyeran tener motivos para luchar a favor o en contra de algo, en realidad no lo hacían por ninguno de dichos motivos: luchaban porque los habían enseñado y autorizado a odiarse unos a otros». Aunque es idealista, Winston sabe que acude a la guerra porque no encuentra su lugar, porque no tiene a nadie que le dé oportunidades en su país y porque siente que nadie le aprecia. El desencanto se une a una crítica mayor contra Estados Unidos, que ya no es la tierra próspera que prometía oportunidades y un porvenir: «Estados Unidos, la tierra de promisión, no había cumplido sus promesas. La dama de la Libertad, erguida en su isla, en el bullicioso puerto, había sostenido en alto un garrote para aplastar sus ambiciones, no una antorcha que iluminara su camino hacia la libertad». La peor consecuencia de ello es que la pérdida de fe y la desconfianza de los estadounidenses hacia su país se trasladan hacia sus vecinos, padres, hijos o amigos.
La crítica también se dirige a aquellas personas acomodadas que se dedican a hacer dinero y no a luchar en el barro por la libertad y la democracia, como hace Winston. El narrador denuncia la hipocresía y el egoísmo del capitalismo, así como que la guerra produzca una desindividualización de los soldados al tratarlos como una masa donde no importa cada uno de ellos. La novela tiene un punto de sorna, sobre todo en la crítica hacia las fútiles preocupaciones de las personas adineradas. «La guerra era el instrumento que el hombre utilizaba para expresar su propia insuficiencia», se dice. Y también: «Se glorificó la palabra odio; retorciendo la palabra odio, los hombres le dieron diferentes nombres: patriotismo, valentía, nacionalismo». Y contiene un mensaje pacifista: «La gente tenía que aprender a vivir sin hostilidades, de lo contrario algún día no quedaría nadie en la faz de la tierra». El discurso de Winston en las últimas páginas es lúcido, preciso y pertinente, así como la idea de que el verdadero patriotismo no consiste en ensalzar el propio país como la mejor de las naciones, sin un ápice de autocrítica, sino intentar que sea lo mejor posible, y para ello detectar los defectos. Tal y como escribe la traductora en el postfacio, Ofensiva de primavera habla de un ataque que en realidad no se produjo, y eso explica que fuera condenada al olvido, ya que los lectores querían leer el reflejo fiel de la guerra.
El personaje de Martha no me ha caído en gracia, aunque no es el único. Martha fue novia de Winston, pero lo abandonó porque él, por su trabajo, no podía prestarle atención. Así que ella se casó con un hombre de más de cuarenta años solo por la comodidad que le ofrecía: «Nadie esperaría que una chica pasara los mejores años de su vida amando a un hombre que apenas podía pagar un cuarto amueblado». En realidad no es feliz porque dice: «Si todo el mundo tuviera la mentalidad abierta, estaría bien que, de vez en cuando, una mujer tuviera un amante como Winston con el que acostarse, y un marido como Stephen que pagara los gastos». Martha posee una mentalidad de clase hipócrita y avara y no deja de pensar en Winston, sobre todo en cuanto a lo pasional y carnal, pero lo culpa a él de entrometerse en su mente: «Winston no tenía derecho a flirtear con la esposa de otro hombre […] Lo pasado pasado estaba, y era preciso que Winston comprendiera que nunca debía volver a meterse en la habitación de una respetable mujer casada que acababa de dar a luz […] Era indecente, eso es lo que era; era vil y cruel; casi se podría decir que era chantaje. Estaba furiosa con él, ¡lo odiaba!».
Hay otro personaje femenino que me genera rechazo por la visión de mujer complacida, conformista y sumisa que ofrece. Se trata de la esposa del señor Williamson, que hizo de padre de Winston en su infancia, de la que se dice: «Muchas veces pensaba que así eran los hombres: engañar a sus esposas les producía un placer infantil. Y, puesto que esa era la naturaleza de los maridos, ella no intentaría cambiar al suyo, pues era consciente de que él la quería. Él podía hacer lo que quisiera, excepto, naturalmente, tontear con esas chicas lujuriosas del centro, y era absolutamente imposible que su esposo estuviera haciendo algo semejante». Justo en la página anterior se dice que el esposo está pensando en ir a una de esas chicas.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): El hecho de que desde el principio Winston desea que lo maten en la guerra me ha recordado al sentimiento trágico de la existencia de don Álvaro en Don Álvaro o la fuerza del sino, de Duque de Rivas, que casualmente también se alista en un ejército. Por otro lado, Winston se parece a Ignatius J. Reilly, protagonista de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, por la amargura ante la vida y el deseo de huir, como le ocurre también al protagonista de La biblia de neón, del mismo autor. Hay un fragmento que Winston lee en un periódico antes de alistarse en el ejército y que cuenta «la historia de una bella joven norteamericana que, volviendo de Europa en un buque de mercancías, había pasado tres días y sus noches a la deriva en un bote salvavidas inundado de agua después de que un submarino alemán hubiera torpedeado su barco», lo que me ha recordado a la historia del músico Enrique Granados, narrada en Última escala, de Marta San Miguel.

