El infinito no cabe en un junco (Altamarea, 2022), de Carlos Clavería Laguarda.

El infinito en un junco, de Irene Vallejo, sirve para leerlo con disfrute desde diferentes perspectivas y aprender a la par que se deleita. Sin embargo, en El infinito no cabe en junco (Altamarea, 2022), Carlos Clavería Laguarda hace una lectura de esa obra desde otro punto de vista más crítico, enfrentándose a algunas de las premisas que Vallejo plantea y abordando temas como el del ensayo, la literatura o la escritura.

Clavería tiene una mirada crítica con el hombre, que al igual que crea el libro también puede ser su mayor destructor, sobre todo cuando los quema, los ignora, no los lee o  infrafinancia su fomento. El hombre es un lobo para el hombre, ya se sabe, y todo aquello que construye también lo puede destruir por sí mismo, como ocurre con los libros. El autor anima para un mayor y mejor futuro de los libros como objetos de disfrute y también como contenedores de pensamiento que fomenten la reflexión y la visión crítica de la ciudadanía.

El autor también habla sobre las bibliotecas, como la de Alejandría o la colombina, es decir, la del Imperio español entre los siglos XVI y XVII. Días antes de leer este libro, la Biblioteca de Alejandría salió en una conversación entre mi madre y yo, y ella no sabía de qué le estaba hablando. Mi madre hace alrededor de veinte años que no lee un libro. Sin embargo, me inculcó, junto a mi padre (por separado, porque están divorciados) el amor por la lectura. Aun así, desde que tengo uso de razón no he visto a ninguno de los dos leer. Pues bien, con esto vengo a decir que mi madre, aunque yo la considero una persona más inteligente que yo, desconocía por ejemplo la existencia de la Biblioteca de Alejandría.

Clavería se reconoce deudor del libro de Vallejo y por eso escribe este, que define como panfleto, y lo hace contra la idea de que se profesa un infinito amor a los libros porque el ser humano también se encarga de maltratarlos. Además, critica su libro desde el principio, cuando hace referencia a la creación de la Biblioteca de Alejandría por parte del rey Ptolomeo I de Egipto. Fundó la biblioteca, sí, pero a qué precio, se pregunta Clavería, porque encerró el conocimiento en su propio palacio, aunque la llamaba «pública», y adquirió algunos libros contra la voluntad de sus dueños, quitándoselos para siempre.

La Biblioteca de Alejandría sería solo para las élites o como símbolo de vanidad, no como la entendemos en la actualidad. El autor continúa diciendo que hay quien dice que la proporción de obras de literatura griega que se conocen y que se han perdido es del 1:40. Se trata, sin duda, de una pérdida sin perdón. Además, lo que no circula y se queda enclaustrado en un lugar, como era el caso, no se reproduce, y por tanto no se difunde, no se enseña, no deja huella ni rastro. En la antigüedad, además, en las bibliotecas no podían entrar las mujeres, los analfabetos o las personas de mala apariencia. Por tanto, no hay que ser sumiso a las palabras bellas, sino poner un punto de vista crítico.

Luego, el autor habla sobre la Biblioteca Nacional, formada en sus inicios con libros confiscados presuntamente de otras bibliotecas. No vale llenarse la boca con que se hace para el bien de las personas y de los propios libros cuando en realidad no es así. En nombre de la cultura se atenta contra ella. Desmiente a Vallejo cuando esta dice que la gente de tez curtida y manos amoratadas por la escarcha no podía consumir literatura, porque sí, y de hecho, según Clavería, de ciertos libros y los códices las clases populares eran sus sustentadores.

La Biblioteca de Alejandría fue incendiada entre el siglo V y el VII y mil años después se imprimió un índice sobre libros que debían ser prohibidos en latín en Madrid. Así que entre la quema (bien ordenada o bien producida por accidente) y el desinterés o la prohibición y censura, los libros se han visto maltratados a lo largo de la historia. El autor también escribe sobre la bibliofilia, que consiste en la acumulación excesiva de libros, así como de la supervivencia y conservación de libros, que como otras tantas cosas depende a veces de los cambios de humor y de las disensiones de aquellos que los poseen.

El infinito no cabe en un junco, pese a ser brevísimo, no es un libro fácil de leer, por toda la materia que quiere concentrar, así como la información. Lo he leído antes que El infinito en un junco, al que aún le queda unos años, porque no doy abasto y no está entre los prioritarios. Aunque narra episodios históricos interesantes, la narración es sinuosa y está tan cargada que me ha sido difícil de leer y no me ha gustado mucho. Pese a la perspectiva crítica que el autor imprime en este libro con respecto al de Vallejo y los temas que trata hay que reconocer que menos mal para el lector que este libro no es más largo.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado a Libro y libertad, de Luciano Canfora, porque ambos tratan temas en torno a la literatura y a la difusión libre de esta.


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