Para escribir hay que leer (Galaxia Gutenberg, 2021), de Vanni Santoni y traducido por Marilena de Chiara.

No se enseña a escribir. De hecho, no hay que buscar consejos ajenos en la escritura, todo nace de uno mismo. No hay reglas porque un texto puede escribirse de muchas formas. Vanni Santoni (Italia, 1978) compone en Para escribir hay que leer (Galaxia Gutenberg, 2021, con traducción al castellano de Marilena de Chiara) estas frases lapidarias seguidas de un compendio de consejos y recomendaciones sobre el arte de la escritura.

En la introducción, cuenta una anécdota sobre un grupo de escritores que formó una revista autoeditada del que solo uno era alumno de un curso de escritura creativa. Todos se convirtieron en escritores excepto uno… que se hizo profesor de escritura creativa: una parábola real. Además, este libro me lo recomendó, después de yo haberlo comprado pero antes de haberlo leído, mi exprofesor de escritura creativa. Es curioso.

Escritores como Mario Soldati se preguntan qué significa «enseñar a escribir» y afirman que es mejor que esa persona que desea escribir lea libros, y si aun así no aprende o no consigue hacerlo es porque no es lo suyo. También hay quien opina, como Giovanni Raboni, que las normas que se establecen en la literatura sirven para romperlas: así se aprende a escribir. Por su parte, Franco Cordelli dice que la literatura no debe enseñarse y debe conservar su esencia de no ser enseñada, porque no se trata de un oficio.

En definitiva, el autor viene a decir que un curso de escritura creativa puede servir como manual, pero que a escribir solo se aprende leyendo y escribiendo. Y que quizás no se pueda enseñar a escribir, como él pensó en su juventud, pero sí se puede enseñar a pensar. Recopila unas breves opiniones de escritores italianos, como él, y recomienda fehacientemente leer mucho y a autores concretos: Proust, Joyce, Bolaño, Cărtărescu, Foster Wallace… libros de no menos de setecientas páginas, que, dice, hace que sus alumnos lo miren como si estuviera hablando en broma cuando habla de ellos en clase.

Santoni prescribe una veintena de obras clásicas para leer, con mayoría de hombres y sin ningún italiano, aunque en todo caso añadiría a Curzio Malaparte. Dice que hay que cuidar la dieta y si se quiere escribir hay que leer lo mejor. De hecho, Leopardi ya decía hace doscientos años que había más lectores que escritores. ¡Y eso que escribir no estaba al alcance de todos! Hoy en día, con los índices ínfimos de analfabetismo y el acceso a la escritura manuscrita y a las tecnologías, que lo facilitan, no te digo na, Leopardi. Él también opinaba que cada día nacen uno, dos o tres escritores nuevos, y que los escritores escriben más de lo que leen porque solo piensan en sí mismos.

Santoni también incluye listas por géneros, como la fantasía, donde aparece por primera vez un autor español: Ana María Matute con su Olvidado rey gudú. Aun así, dice, hay que leer la primera lista, la de los libros de setecientas páginas, y luego pasar a las listas por géneros. Al ser italiano, también incluye una lista específica de autores italianos, pero el libro al estar en español añade una lista exclusiva de autores en español.

Además de la dieta, Santoni habla de otra premisa importantísima para ser escritor: la disciplina. Esta se basa en leer mucho, llevar siempre un libro encima y quitar tiempo de ocio y de vida privada para dedicarlo a leer y después a escribir. El autor asegura que se debe escribir todos los días, aunque solo sea una línea. Recomienda reservarse una franja horaria para escribir durante un tiempo amplio en el que sepas que vas a poder hacerlo, no un periodo corto de vacaciones, por ejemplo, y dejarle claro a la gente de tu alrededor que en esa franja no te molesten excepto por emergencias.

Por otro lado, confiesa que la inspiración existe, pero que funciona cuando se trabaja con sistema y disciplina, y que el síndrome de la página en blanco no la sufren los autores, pues estos lo que desearían es tener más tiempo porque tienen mucho por escribir, no que tengan miedo por que no saben qué escribir o cómo empezar.

Según Santoni, hay cuatro fases en la escritura de una obra. La primera de ellas es la ideación, que es lo que mi exprofesor de escritura creativa definiría como el mapa conceptual. Luego iría la incubación, seguida por la redacción y la revisión. Después de las fases, introduce consejos: escribir con el wifi desconectado y evitar los clichés, frases manidas al estilo de «ruido ensordecedor» u otras que molestan y afean un texto de tantas veces como se han leído.

El autor dice que hay tres defectos que pueden encontrarse en un libro: la ausencia de necesidad, la ausencia de especificidad y la ausencia de conflicto. Si un libro carece de al menos dos de ellas, entonces no puede ser un buen libro, dice. Aconseja que es mejor un libro simple que uno complejo; mejor una palabra fácil que una difícil o rebuscada, a no ser que esté seguro de que quiere decir aquello específico que se quiere poner. Y que es preferible sugerir a contar. Cuanto más sencillo, mejor.

Hay que revisar el texto tantas veces como el autor crea necesario, porque para eso, dice, tampoco hay norma. Recomienda releerlo de principio a fin y lo que se vaya escribiendo cada día, y cuando se termine de principio a fin, porque releer cansa y al final lo que se termina leyendo con más atención es el principio, que acaba pulido, y se suele ser más tolerante con el final, donde puede empeorar. Santoni corta por lo sano y aconseja: termina, aunque te parezca una porquería y llenar páginas por llenar, pero termina y no dejes nada a medias. Como dice la ley scout, por cierto.

El autor también habla sobre la publicación, autopublicación, tipos de editoriales y plataformas. Es más atractivo un novelista debutante para una editorial decente que uno que ya tenga varios libros publicados pero en editoriales de poca monta o autoeditados. Por eso es importante la labor de scouting de las editoriales (que no tiene que ver esta vez con los scouts) o con las colaboraciones en revistas con textos literarios o críticos, que pueden abrirte puertas (¿las reseñas de Mortal y rosa cuentan?).

En definitiva, se trata de un libro que, pese a su brevedad, es bastante completo, muy bien estructurado y con un lenguaje sencillo y sin ambages. Una buena oportunidad, no para aprender a escribir, porque no se puede, pero sí para acoger consejos y ponerse a ello. Y para coger ideas de futuras lecturas también.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado a La escritura transparente, de William Lyon, porque ambos tratan sobre consejos para una mejor escritura, solo que en el caso de Lyon es escritura periodística y en este caso es sobre narrativa.


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