Autor/a extranjero/a · Libro testimonial

Mamá, de Jorge Fernández Díaz

Mamá (Alfaguara, 2018), de Jorge Fernández Díaz.

Todos podemos ser a la vez héroes y canallas. No lo digo yo, lo dice este libro, aunque no lo entrecomille. Y yo, por supuesto, lo suscribo. Cuántas veces hemos escuchado eso de que no existe el blanco y el negro, sino una amplia gama de grises. O eso otro de que el bueno no es tan bueno y el malo no es tan malo. Son verdades como puños, tan antiguas como las piedras del camino. El camino de Carmen estuvo plagado de piedras, pero no tropezó jamás, nunca se cayó al suelo y siempre mantuvo la mirada vigilante y el ánimo suficiente para seguir avanzando.

Este libro es, como puede deducirse por el título y la portada, una oda que el autor, Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960), escribe a su madre, aunque por estas páginas también pasean otros personajes: su padre, sus abuelos, algún tío y el mismo escritor. De fácil confusión con el exministro español homónimo, Fernández Díaz dibuja aquí un retrato de una época y de una familia, con la emigración y la Guerra Civil de fondo.

La familia como enclave nacional y única bandera entre dos naciones: la España que se deja y la Argentina a la que se llega. Esta crónica de emigrante es la de Carmen, la madre del autor, que siendo una campesina quinceañera se marchó de su pueblo asturiano hacia Argentina por mala situación económica de la España de posguerra. Se fue creyendo que toda su familia la seguiría, como estaba planeado. Allí se casó, tendrá hijos y hará su vida, a la espera de los otros, que nunca irán.

Paradójicamente, años más tarde, más en la actualidad, serán los hijos y nietos de Carmen los que resuelvan ir a España por la mala situación económica que atravesaba Argentina. Círculos que se cierran y, en mitad, una familia que se prolonga a lo largo del radio circular, ocupándolo todo con unos recuerdos y una memoria que aquí refleja de manera espléndida el autor.

Narrado en primera persona, cada capítulo lleva el nombre de una persona de su familia. Este libro es una reconciliación tangible con la realidad, la vida y el mundo. Son extractos de la vida de diferentes familiares, sobre todo de su madre, recuperados y redactados a partir de las visitas de esta a su psiquiatra —que lloraba con las historias que Carmen le contaba—, de lo que le contaba a su hijo —el autor el libro—, de recuerdo de la infancia de este y de la tradición oral.

Entre exilios, embarazos no previstos, amores, fraternidad, miseria, deslealtad e infidelidad, el autor se mueve en un ambiente familiar con verbo parsimonioso. Pasea por los sótanos de la mente de su abuelo, José, que huyó varias veces y que tenía una actitud aborrecible y execrable por momentos. Fue a América prometiéndole a su mujer, María —madre de Carmen y abuela del autor— llevarla consigo después, a ella y a sus hijos. Pero fue y no hubo noticias de él. Había vuelto a huir.

Así, el autor nos dibuja la realidad de los emigrantes españoles que marcharon a Sudamérica, las penurias que allí pasaron y, muchas veces, la discriminación por su nacionalidad española, además de la dificultad de adaptación a un país completamente nuevo, y más si venías de un pequeño pueblo de Asturias y no de una gran ciudad de la época.

Casi hay que hacer un árbol genealógico para no liarse, como en Dicen, de Susana Sánchez Arins. Sin embargo, Fernández Díaz consigue entretejer un paisaje familiar con cierta nitidez si tenemos en cuenta la dificultad de caminar entre tantos personajes, cuyos nombres bailan en nuestra mente.

En Argentina, Carmen vivió con sus tíos, emigrantes también allí. Por eso, también hay episodios oscuros, como el acoso que sufrió por parte de su tío, tan correcto de puertas afuera. Ella siempre pensó en volver a su pueblo, en España. Hizo visitas, como aquella vez que viajó a Asturias junto a su hijo —el autor—. De aquella ocasión, el autor reconoce que sintió que encajaba dentro de su familia asturiana, incluso habiéndola conocido por primera vez en su vida y que, sin embargo, no encajaba entre los chicos de su edad en los distintos colegios en los que estuvo.

Así, la figura del autor como hijo de Carmen cobrará fuerza, comenzará a hablarnos de su amor por la literatura, de sus inicios en el periodismo. Quiero destacar aquí el cambio radical de dos generaciones: Carmen, una campesina y emigrante de un pequeño pueblo asturiano, tiene un hijo que se convertirá años más tarde en un escritor internacional y en académico de la Academia Argentina de las Letras. Sencillamente increíble y admirable.

La vida es, al fin y al cabo, derroteros que en este caso Fernández Díaz nos describe con una prosa atractiva y pausada. En esta oda a sus padres —como la que escribe Manuel Vilas en Ordesa, también de la editorial Alfaguara—, el autor nos cuenta esas vidas que se apagan, esos recuerdos que se desvanecen entre paredes desvencijadas y viejas. La vida humana, su principio y su final, a veces plagada de enfermedades crueles que acaban con nosotros física y psicológicamente, además de con lo más preciado que tenemos: los recuerdos.

Sin olvidar que, en el fondo de todos y todas, incluso de los que aparentan más maldad, se adivina una suerte de humanidad, de bondad, de altruismo. Este abanico de vidas y milagros nos muestra este autor que ha conseguido deleitarme gratamente con un libro nostálgico y enternecedor sobre las asperezas de la vida, el progreso y la importancia de la memoria.

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