Autor/a español/a · Libro testimonial

Seré un anciano hermoso en un gran país, de Manuel Astur

Seré un anciano hermoso en un gran país. Ensayo emocional (Sílex, 2015), de Manuel Astur.

«Echo de menos lo que nunca fue y lo que no será, y por eso estoy vivo. Echo de menos para poder agradecer». Manuel Astur (Grado, 1980), echa de menos esto y más, y así lo demuestra en el libro. Yo, tras haberlo leído, apenas echo de menos nada. Estoy desolado, menos que en otras ocasiones, pero otra vez un libro ha vuelto a dejarme por los suelos, a desmontarme los supuestos y a romper los esquemas.

El autor asturiano escribe en este «ensayo emocional» de título poético —de hecho, está basado en un poema que incluye en las últimas páginas— y de portada artística un viaje por su vida, desde la infancia hasta la actualidad. Aquí encontramos el reflejo de su vida y también de la España que él ha vivido, esa que va desde la Transición hasta hace unos años, cuando el libro fue publicado.

¿Se le puede acusar de pretencioso, como he visto en alguna crítica? A ver, en primer lugar, hay que poner las cartas sobre la mesa. El propio Manuel Astur —Astur no es su apellido, sino su segundo nombre, muy apropiado habiendo nacido en Asturias—, en las primeras páginas, pide perdón al lector por su vanidad. Dicen que aquel que se reconoce como loco precisamente es el más cuerdo, no sé si ocurrirá igual con la vanidad. Sea como fuere, también se tiene por alguien bastante culto y se dedica el libro a sí mismo. Sin embargo, no creo que esto sea concluyente. Hay que leerlo entero y no quedarse solo con estos detalles.

Manuel se siente solo. Y por eso, quizás, acude a un pueblo asturiano a narrarnos su vida y su manera de captar el mundo en esta preciosa edición en tapa dura dividido en tres partes con la que nos deleita la editorial Sílex.

Así, Manuel critica que su generación no se pare a escuchar. Se define como alguien al que le gusta escribir, le gusta la vida, se desnuda ante otros, pero también busca momentos de aislamiento en su aldea asturiana. La infancia, ese paraíso perdido como el de John Milton —me encanta decir esto cuando hablo de la infancia, lo siento—, también tiene su lugar en este libro. Es más, creo que la infancia es el principio y el centro de este libro.

España tiene un papel importantísimo en todo esto, y la relación entre España y el autor es carne de análisis generacional. La lucha contra Franco que muchos se jactaron de hacer, dice Manuel, en realidad no fue tal, si no el dictador no habría muerto en su cama de «puro viejo». Habla de Franco, pero también del 23-F, de su pueblo asturiano y del tonto del pueblo.

Él mismo reconoce que es bastante común en su generación que la palabra España produzca vergüenza, sin saber por qué. «Finlandia puede ser el país con mayor índice de suicidios, pero a veces creo que España es el país con más tendencia a suicidarse él», afirma con ingenio y veracidad. Intenta criticar a España, pero realmente percibe que muchas críticas de la juventud española hacia su bandera y su país en general son tonterías. El individualismo es la piedra roseta del mundo actual, y necesitamos mirar a nuestro alrededor para descifrar tal cosa.

Mientras Manuel pasea entre el pesimismo y el casi derrotismo, nos presenta un paisaje natural de España donde predominan las golondrinas, los vencejos y las campanas, esos elementos que, acostumbrados a su existencia, no percibimos su valor y su simbolismo. De hecho, pondría esos tres elementos en el escudo de España. De España habla bastante, por ejemplo, de la Inquisición, en cierto modo desmontando la leyenda negra, aunque sin ahondar.

También nos habla de la caída del muro de Berlín cuando él tenía nueve años antes de transcribirnos su diario de adolescencia, de 1994. Nos presenta a su ídolo, Kurt Cobain, y a su salvadora, la música. Creo que la música es la salvadora de muchísimos adolescentes —y no tan adolescentes— del mundo.

Su aspiración a ser guionista y sus inicios en el mundo de la producción artística no le impedirá hablarnos de la muerte, la religión y el ateísmo. A Madrid se marchó a estudiar lo que le gustaba. Lo que no le gustó tanto fue Madrid, sobre todo al principio, aunque luego se enamoró de la ciudad, según reconoce.

Lo que tampoco enamora —y que a mí me ha enervado especialmente— es la explotación que sufren los becarios en las empresas, siempre con la complicidad y/o el beneplácito de sus superiores. Cuenta, ya al final, las verdades de la industria discográfica en la que él trabajó y vio asuntos turbios, llegando a recibir incluso amenazas.

Por tanto, este es un libro cargado de introspección que invita a la reflexión al lector. Casi al final, él mismo se declara santo y casi mártir. Puede parecer pretencioso, puede serlo incluso. Pero me da igual. Me he identifico mucho y he disfrutado leyéndolo y subrayando mogollón de pasajes, así que paso por alto esa faceta para valorar la calidad literaria que yo sí veo en este libro y una vida, aunque breve por las circunstancias de su juventud, muy bien contada, de manera atractiva, cercana y con un lenguaje formal y, por momentos, coloquial. Creo que la crítica tan ácida que incluye y la realidad casi tangible que transcribe es muy importante y ha sido lo que más me ha gustado.

Quizás Manuel Astur es más conocido por su libro Quince días para acabar con el mundo o, sobre todo, San, el libro de los milagros. Sin embargo, este volumen me parece un buen modo de inmiscuirse en una vida ajena en la que uno está invitado a entrar y donde puede sentirse como en su caso. Me gusta la manera de escribir de este joven escritor y seguramente me lanzaré a por otras obras suyas. Mientras tanto, habrá que seguir remando. Porque la vida es un viaje. No lo digo yo, lo dice Manuel Astur, lo prometo.

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