Autor/a extranjero/a·Narrativa

El solterón, de Adalbert Stifter

El solterón (Impedimenta, 2009), de Adalbert Stifter y traducido por Carlos d’Ors Führer.

Adalbert Stifter (1805-1868) se caracterizó por llevar una vida muy desgraciada en el terreno sentimental. Quizás por su infelicidad amorosa decidió llamar así a este libro y tratar una historia como esta. Y quizás por ella también se suicidó con 61 años.

Esta novela, protagonizada por Víctor, un chico que asegura que nunca se casará, es una oda a la juventud. Con una fuerte presencia de la naturaleza y de sus elementos, esta historia narrada en tercera persona será, en las primeras páginas, un relato más para masticar que para morder, como se decía de la narrativa de Henry James.

Esas primeras páginas se volatilizarán rápidamente y las descripciones excesivas terminarán al mismo tiempo que el brumoso paisaje donde el lector se pierde, para dar paso a una narración más ágil donde se nos narra una escena fundamental en la vida del joven Víctor.

Sus padres murieron cuando él era pequeño, y él ahora vive junto a una anciana a la que llama «madre» sin que lo sea, y con Hanna, la hija de la anciana y de papel muy secundario al principio, pero que al final será fundamental para cerrar la historia. Su economía familiar no es muy buena, tampoco mala, pero sus amigos parecen vivir más cómodamente que él.

El paso de la adolescencia al mundo adulto, lleno de responsabilidades, es una transición difícil, y la debe afrontar Víctor en un contexto temporal como era el siglo XIX en una sociedad con costumbres arraigadas como era la rural.

Dividido en dos partes, la misión de Víctor en la novela es la de emprender un viaje de varios días para ir a parar a una recóndita mansión donde vive su tío, que le ha pedido que vaya hasta allí. Tras varios días a pie, teniendo que atravesar bosques y lagos, cuando llega, su tío resulta ser un cascarrabias. La historia tomará un cariz más laberíntico, sin coger rumbo fijo, y en las páginas finales tío y sobrino conversarán sobre temas como la vejez, el trabajo y el futuro, y le animará a casarse, que es el tema sobre el que gira la historia.

La historia iba muy bien y podría haber desarrollado una novela curiosa y algo más entretenida. Sin embargo, el autor pareció quedarse sin ideas. Pudiendo pasar todo, no pasa nada. Una pena que una historia que para le época tenga un desarrollo tan útil actualmente haya sido defenestrada con un final tan plano y por la tediosa rutina que ahogaba a los protagonistas de las novelas decimonónicas.

El autor parece deambular y deriva en una historia muy mejorable que por momentos enreda al lector, pero no para bien precisamente, aunque por suerte la espesura verbal desaparece al principio y tiene matices que dan frescura con respecto a otras novelas de la época que resultan más densas. Con un giro final que resulta imprevisible, pero no demasiado innovador ni sorprendente, la brevedad de la novela ayuda mucho a su correcta digestión para poder ir sorteando los laberintos sinuosos.

Salvando las distancias, me recuerda a El camino, de Miguel Delibes, en la faceta del paso de la niñez al mundo adulto. También es esta una oda a la vida marital que le da un cariz de novela pedagógica y tiene una enseñanza final: hay que casarse, para tener descendientes, para no caer en el olvido cuando mueras triste y solo, un pensamiento doloroso que podría asociarse con la personalidad doliente del autor.

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