Autor/a español/a·Narrativa

Primera memoria, de Ana María Matute

Primera memoria (Austral, 2018), de Ana María Matute.

Mi abuela tenía el pelo blanco, en una ola encrespada sobre la frente, que le daba cierto aire colérico. Llevaba casi siempre un bastoncillo de bambú con puño de oro, que no le hacía ninguna falta, porque era firme como un caballo. Repasando antiguas fotografías creo descubrir en aquella cara espesa, maciza y blanca, en aquellos ojos grises bordeados por un círculo ahumado, un resplandor de Borja y uno de mí. Supongo que Borja heredó su gallardía, su falta absoluta de piedad. Yo, tal vez, esta gran tristeza.

Primera memoria, de Ana María Matute

Primera memoria (Austral, 2018), de Ana María Matute, es un libro que creí las memorias de Matute. Pero digamos que no resultó ser así. Premio Nadal en 1959, esta novela se adentra en la vida de Matia, una adolescente, y su primo Borja, otro. Ambos viven en unas islas españolas, posiblemente las Baleares, en plena Guerra Civil española, en casa de la abuela que tienen en común. Mientras sortean obstáculos propios de la edad, se enfrentan a unas vidas complejas que se empiezan a dibujar con la llegada a la juventud.

Esta novela es, realmente, la primera parte de una trilogía de Matute en la que no me aventuraré, al menos por ahora, porque con esta novela me he quedado bien servido. En cuanto a la historia, la joven Matia se encuentra bien acompañada en casa. Sin embargo, sola interiormente. Su madre ha muerto y su padre está en la guerra, su primo Borja es un chico travieso que se las da de mayor y su abuela es irritante. Asimismo, el padre de Borja también está en la guerra, puesto que la novela tiene la Guerra Civil como telón de fondo en todo momento.

Narrada en primera persona, la novela se acerca al lector, intima con él y hace que empatice con la protagonista. A su vez, todo lo que vemos en la novela lo hacemos a través de los ojos infantiles de Matia, que es la que nos cuenta su versión de los hechos, que no son otros que su despedida de la infancia y la consolidación de la adolescencia. Para Matia, padre y madre son solo palabras, nada más, y mientras tanto intentan superar sus ausencias y esperar al fin de la guerra, a la que no le encuentran sentido.

La joven Matia nos describe los gestos y rasgos faciales de la abuela en un intento por descifrar sus arrugas, como si de jeroglíficos se tratara, para buscar en ellas la respuesta a sus vidas, a su infancia, a sus circunstancias, a sus sentimientos. Así, Matia irá aprendiendo a entender quién era ella y para eso se mirará en su abuela.

Mientras esto ocurre tendrán que lidiar con la figura magnánima y autoritaria de la abuela, a la que Borja llama «la bestia». Aquí la abuela es radicalmente diferente al papel que hace el abuelo en La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, que era un personaje benigno, bondadoso, además de ser protagonista. Por su parte, esta abuela es una presencia que provoca irritación a sus dos nietos, incluso al lector. ¿Hay algo más triste que ser consciente de que dejas atrás tu infancia para siempre? Pues eso también les ocurre a los dos protagonistas.

En esta novela, cómo Matute dibuja a los personajes, sus pensamientos, sus sentimientos y, sobre todo, las relaciones entre ellos es más importante que la historia en sí. Matute no da giros narrativos, no maneja registros aunque podría haberlo hecho con facilidad debido al amplio espectro de personajes que presenta la novela. Lo que sí hay es mucha simbología y una grandísima carga visual que, mezclada con el lirismo narrativo de Matute hace de esta novela una historia mágica, trágica, envolvente y cautivadora, donde cada detalle importa.

En la narración, Matute inserta continuamente frases entre paréntesis, como si la vida de la protagonista fuera un continuo ir y venir y tuviera que utilizarlos para aclararle al lector la historia. Con un estilo cuidado y mucha lucidez, Matute mide las palabras y sabe cómo utilizarlas para atraer al lector.

En cuanto a los personajes, como ya digo lo más importante, darían para hacer un análisis minucioso. Por un lado, quiero aclarar que en la casa viven Matia, Borja, la abuela, la tía Emilia (que es la madre de Borja), Antonia (que es la criada) y Lauro (que es el hijo de la criada). Pues bien, después de haber hablado de los tres primeros, he de decir la presencia de la tía Emilia es casi inexistente, es un fantasma que se pasea por la casa, ausente, mientras que la abuela llena de un ruido irritante toda la casa. Por eso, Matia y Borja parecen ser los dos únicos seres reales que se mueven por los escenarios de la novela.

Por otra parte, las figuras varoniles de esta novela quedan en un segundo plano, aparecen de manera difusa. Los varones aquí o son niños o son religiosos o están la guerra. Y mientras que de personajes femeninos podemos decir que Matia, la abuela y Emilia son protagonistas, de varones tan solo Borja podría ser considerado como tal, por la duración de su presencia (toda la novela, no como otro personaje masculino que sí termina teniendo importancia, pero que se incorpora a mitad).

Hay un pasaje que me provocó mucha irritación. En él, la abuela inicia un diálogo en el que se queja de la época de guerra y pobreza que les ha tocado vivir a los niños del país, concretamente a sus nietos. Imagino que no se referirá precisamente a los suyos, puesto que viven cinco personas en una casa e incluso se pueden permitir una criada.

En definitiva, con un retrato fiel de la sociedad española de la época enclaustrado en esta edición sencilla, recogida y barata, sin por ello dejar de ser una edición fina y elegante, Matute nos redirige a una época, a un lugar, a unas gentes, que solo siguen viviendo en estas páginas. Y por eso hay que leer más. Y por eso hay que leer a Matute.

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