Autor/a extranjero/a·Poesía

El libro de horas, de Rainer Maria Rilke

El libro de horas (Hiperión, 2014), de Rainer Maria Rilke y traducido por Federico Bermúdez-Cañete.

«Porque yo soy el rey del tiempo. / Mas para ti soy sólo el gris / cómplice de tu soledad. / Y soy el ojo con la ceja…». Prometí no reseñar poesía en este blog, tal y como digo en el apartado Qué es Mortal y rosa. Creo que la poesía es algo personal que solo merece la interpretación de cada cuál y a cada persona le transmite algo diferente, aunque haya algunos puntos consensuados comúnmente. Pero de eso han pasado casi tres años, y algún poemario tenía que caer, así que siento desdecirme, pero debía hablar de este libro de mi queridísimo Rilke.

Más que una reseña, quiero que esto que escribo sobre el poemario de Rainer Maria Rilke (1875-1926) sean unas apreciaciones generales de los poemas aquí recogidos. Más que eso, incluso: este texto es una declaración de amor de este joven inexperto en la vida que soy yo hacia Rilke y su poesía. Posiblemente, a estas alturas de mi vida no conocería —o no habría leído— a Rilke, pero la vida lo puso en mi camino cuando era un niño y desde entonces es uno de mis poetas favoritos, por su poesía y por el halo místico que gira en torno a su vida y a la mía.

Acostumbraba a pasar temporadas de mi infancia en un hotel de Ronda (Málaga), el mismo en que se alojó Rilke cuando visitó España y se declaró enamorado de Ronda, de esa «ciudad soñada». Desde pequeño me aprendí los recovecos de ese hotel y casi todos los días iba a la estatua de Rilke que gobierna uno de sus jardines. De hecho, tengo dos fotografías junto a su estatua que adjunto en un alarde de vanidad y desenfreno —es la primera vez que publico una fotografía mía en una entrada de este blog en casi tres años, me tomo esa licencia—.

En las fotos, yo podría tener ocho y tres años respectivamente. Quién me iba a decir a mi yo de ambas fotos que iba a terminar leyendo e idolatrando a Rilke gracias a esa presencia —piedra siempre ardiente por el impacto implacable y perenne del sol— que me pareció tan mística y que siempre me invitó a curiosear la vida y obra del poeta checo. «Siento como si ahora fuera a un tiempo / niño, muchacho y hombre, y mucho más. / Siento que sólo es rico el círculo / que vuelve a retornar».

Rilke, a lo largo de su vida, se relacionó con personalidades aristocráticas y con algunas mujeres. Entre todas, destaca una. Se enamoró de Lou Andreas-Salomé, que era quince años mayor que él. En su ámbito familiar, quiso escapar de su desequilibrada madre, de quien guardó siempre un recuerdo fatal, por ejemplo, por haberle vestido de niña cuando el poeta era pequeño.

Ayer leí en una entrevista que la escritora Delphine de Vigan decía: «La mayor herida posible de una infancia es no haber sido amado». Precisamente, creo que Rilke convivió toda su vida con una herida profunda que nunca cicatrizó. La costra solo se formaba sobre las cartas que le escribía a su madre o los poemas que escribía sobre él y sobre su vida, porque la relación entre ambos nunca fue de simpatía mutua, precisamente, tal y como se deduce de un texto de ABC de hace año y medio.

A Rilke la muerte le llegó demasiado pronto, con apenas cincuenta y un años, aunque se libró de contemplar otra guerra europea. Los lectores que lo admiramos perdimos la oportunidad de tener más poemas, más bellas obras maestras, de su puño y letra. Como con García Lorca. Siempre muertes demasiado prematuras.

Este volumen es una edición bilingüe de los tres grupos de poemas —Libro de la vida monástica, Libro de la peregrinación y Libro de la pobreza y la muerte, escritos entre 1899 y 1903—. Los tres volúmenes se publicaron originalmente en 1905 y ahora podemos disfrutarlos en español. Todos ellos son poemas con muchísima carga religiosa. Se dirige a Dios como «tú» y habla sobre él así: «Dios, el árbol, se hará estival, pregonero».

Otros poemas están dedicados «al hermano joven» o tratan sobre la pobreza, el bucolismo, la cristiandad y sus figuras religiosas —las catedrales o el Pantócrator—, ciudades asediadas —puede que él se sintiera asediado en muchos momentos de su vida—, la búsqueda, los ángeles, el ateísmo, el paganismo —que parece desdeñar—, la fecundidad y la maternidad —estos dos últimos en el tercero de los libros—, incluso un poema sobre San Francisco de Asís o la omnímoda presencia de la muerte en versos como estos: «Pues sólo somos la hoja y la corteza. / La gran muerte que todos llevan en sí, es el fruto / en torno al cual da vueltas todo».

Mantiene conversaciones con Dios e incluye en algunos de sus versos vocablos rusos, una fijación que tenía Rilke por el país euroasiático, ya que en otro momento también habla de Moscú —Lou Andreas-Salomé nació en los territorios del, por entonces, Imperio Ruso—.

Esta preciosa edición de Hiperión se suma a los libros suyos que conservo —tanto escritos por él como sobre él—. Ahí está su brevísima novela Ewald Tragy. Leí que Rilke era un maestro de la poesía, pero en la narrativa no era demasiado avezado. Sin embargo, esa novelita está entre mis libros favoritos por lo que me transmitió y los sentimientos que despertó en mí. O En Ronda, ese conjunto de cartas que el poeta escribió y recibió en su ‘ciudad soñada’.

Luego, también tengo Rainer Maria Rilke. El vidente y lo oculto, una biografía de Mauricio Wiesenthal; al igual que Rilke, de Eustaquio Barjau, o Perro: Vida de Rainer Maria Rilke, de Albert Roig —en la edición de Galaxia Gutenberg, en la cubierta sale una fotografía de Rilke vestido de niña, lo que decía antes—.

«Aunque todos se esfuerzan por salir de sí mismos / como de la prisión que les odia y encierra, / existe un gran milagro en este mundo: / yo lo siento: se vive toda la vida». En mi lista de libros que quiero comprarme hay alguna que otra biografía del genio checo u otras obras suyas, como las famosas Elegías del Duino. Que nunca se apague la voz de este poeta, quizá no demasiado conocido en España. Que siempre nos queden sus poemas engarzados en pedazos de vida, con su mirada solemne. Y que nunca, poeta, me sueltes la mano.

2 comentarios sobre “El libro de horas, de Rainer Maria Rilke

  1. Que hermoso escrito y dedicatoria. No sé de qué fecha sea la publicación, pero que padre fotos también. Una duda…. por qué los poemas no tienen títulos en el libro? Sabes? Soy fan del Libro de Horas, pero el compilado me confunde. Saludos

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola, Anais.
      Muchísimas gracias por tus palabras y por tu comentario, me alegro de que te haya gustado la publicación. Recuerdo que “El libro de horas” estaba dividido en partes, pero no sé por qué los poemas no tenían títulos. A veces con los títulos se intenta resumir la esencia de un poema y quizás Rilke no quisiera eso, sino que el lector descubriera el poema en su plenitud al leerlo y no se formara un prejuicio a partir del título. No sé, es una suposición mía, aunque quizás también haya razones estéticas.
      ¡Saludos! 🙂

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