Autor/a español/a·Narrativa

El camino, de Miguel Delibes

El camino (Destino, 1983), de Miguel Delibes.

Con frecuencia, Daniel, el Mochuelo, se detenía a contemplar las sinuosas callejas, la plaza llena de boñigas y guijarros, los penosos edificios, concebidos tan sólo bajo un sentido utilitario. Pero esto no le entristecía en absoluto. Las calles, la plaza y los edificios no hacían un pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo lo hacían sus hombres y su historia. Y Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir.

Miguel Delibes, El camino

El camino (Destino, 1983), de Miguel Delibes, es un libro que había sido de mi madre. De hecho, tiene la parte interior de la portada y de la contraportada llena de letras de canciones de la época que ella transcribía de su puño y letra. Dentro del libro he encontrado un mini calendario de 1986 y un papelito donde mi madre guardó el número de teléfono fijo de un familiar lejano. Con todo este contexto comencé a leer este libro que tantos recuerdos me trae aunque no me haya pertenecido a mí directamente.

Esta novela está protagonizada por Daniel, el Mochuelo, un chico que vive en un pueblo español y que, al cumplir los once años, se va por voluntad de su padre a la ciudad a estudiar el bachillerato. La novela comienza con Daniel acostado en su cama, en la que será la última noche que duerma en su pueblo. El resto de la novela es esa noche. Y el último capítulo ya es de día, cuando Daniel se ha dado cuenta de que ha pasado toda la noche pensando en toda su vida en el pueblo y que no ha dormido nada el mismo día que se va a la ciudad.

Con una fuerte presencia de la vida rural, como en  muchas obras de Delibes, Daniel va repasando su infancia en un pueblo que no fue ajeno a la Guerra Civil española, durante la cual se camuflaban en mitad del campo intentando eludir los bombardeos, se suceden las descripciones y la historia del pueblo y de sus habitantes, algunos con motes altisonantes como la Guindilla mayor, una cotilla de mucho cuidado que, al mismo tiempo, es la más devota cristiana del pueblo (Delibes para los motes también es un hacha, porque en Las ratas había un personaje parecido a la Guindilla mayor a la que llamó el Undécimo Mandamiento).

La novela se clausura con la entrada en la vida adulta del pequeño Daniel, que ha visto pasar por sus recuerdos aquellos días en que conoció a la Mica, una muchacha diez años mayor que él de la que se enamoró, o la Uca-uca, una chica de su edad que estaba loca por él y a la que despreció primero y apreció después, o a aquel vecino del pueblo que se marchó a trabajar a América y se hizo rico (el padre de la Mica), o el cura, que pierde ese sambenito de represión religiosa para encarnar la bondad humana (de hecho, el narrador siempre se refiere a él como «don José, que era un gran santo»). Aunque, todo hay que decirlo, la Guindilla mayor ejerce de embajadora de la moralidad religiosa imperante en la época y llega a preguntar al benévolo cura: «Padre, ¿es que se puede ser bueno sin creer en Dios?».

Casi al final de la novela, Daniel rememorará la muerte accidental de uno de sus mejores amigos, si no el mejor, y empezará a ser consciente de la existencia de la muerte, de que todos acabarán muriendo, incluso él, o la Mica, o la Uca-uca, cuyas muertes parecen tan lejanas e improbables. Y esta escena me recordó a un párrafo de una entrevista que leí hoy mismo (estoy escribiendo esta reseña a principios de 2019 aunque se publique a finales de año, así que la entrevista es de estas fechas también). Una entrevista a Luisgé Martín en La Razón, donde el autor de El amor del revés dice: «A partir de una determinada edad, que en general suele ser la de la adolescencia, la de la pubertad, la de los 12, 13 años, es cuando uno empieza a tener consciencia de que las cosas se pierden y no se consiguen. Es cuando se descubre el amor por un lado y la muerte por otro».

Me esperaba una novela del estilo de Las ratas, y en cierto sentido se le parece muchísimo, pero esta tiene un aura mágica que envuelve la historia e impregna enteramente esta historia a priori tan sencilla, pero tan espléndida. Toda la novela es el compendio de los recuerdos de Daniel, que dice adiós a su infancia en una noche inevitablemente emotiva para él. Delibes ha conseguido que se me coja un nudo en la garganta con esta oda a la infancia que también está tan llena de tristeza, de melancolía, de nostalgia. Desde luego, Delibes es de mis escritores favoritos desde que me deslumbró con Cinco horas con Mario. Y ahora ha vuelto a hacerlo, desde otro ángulo le ha marcado un gol olímpico a mis emociones. Gracias, don Miguel.

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