Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (Impedimenta, 2022), de Maryse Condé y traducido por Martha Asunción Alonso.

A finales del siglo XVII, se celebraron los juicios por brujería en Salem. Una de las acusadas fue Tituba, protagonista de Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (Impedimenta, con traducción al castellano de Martha Asunción Alonso). La madre de Tituba era esclava y fue violada por un marinero inglés en un barco negrero. De ahí nació Tituba, desde pequeña independiente, pero que terminó cayendo en las garras de la esclavitud por no saber prescindir de los hombres.

Esta novela de Maryse Condé (Guadalupe, 1937), eterna candidata al Nobel de Literatura, narra las desventuras de Tituba y de su orígenes y de su vida, condenada al olvido y al ostracismo. Entre estos avatares, el lector contempla la violación contra las mujeres, la esclavitud y el racismo, así como las represiones contra las mujeres, ya fueran blancas o negras, casadas muchas veces a la fuerza. Se trata, en definitiva, de vidas arrancadas y dedicadas a trabajos forzados.

El universo que rodeaba a Tituba era «tan triste como espléndido». Ella tenía ansias de libertad, era resuelta y buscavidas, y por eso vivió durante un tiempo sin rendir cuentas a nadie, cuando era apenas una niña. Sin embargo, se enamoró de John Indien, el esclavo de una mujer blanca, y para estar con él decidió ponerse también bajo su yugo, dejando una libertad que no volvería a recuperar.

Su madre la rechazaba porque, pese a ser negra, le recordaba al marinero que la había violado. Tras el trágico suceso, lo hirió y por ello fue ahorcada, por lo que Tituba creció sin la figura materna. Sí lo hizo con la de Man Yaya, una curandera que le transmitió conocimientos del mundo sobrenatural y que le auguró muchísimo sufrimiento. Tituba usaría esos poderes para ayudar a otras personas, incapaz de hacer el mal, pero algunos habitantes la acusarían de brujería y de hechizar a unas niñas, lo que le depararía un destino fatal.

Tras morir la curandera y pasar por una ama blanca, llega a manos de Samuel Parris, un estricto pastor, y acaba en Boston, y más tarde en el pueblo de Salem, en Massachusetts, que no debe confundirse con la ciudad, como avisa la propia Tituba. Parris pone trabas a todo y Tituba se compadece de sus hijas, sin ilusiones y muchas restricciones. La protagonista siente desesperanza, pero no se preocupa, porque ella solo sabe hacer el bien y no piensa que le vaya a perjudicar. No cree en la maldad, y no tiene malicia, porque con ella se nace, y ella no la tiene desde sus orígenes.

Tras Parris, un nuevo amo, judío, se hará cargo de Tituba. Él se ha visto obligado a emigrar, como lo llevan haciendo los judíos desde el principio de los tiempos y como ha hecho ella por su condición de esclava. Dos soledades, al fin y al cabo, que se encuentran y reconfortan y contra las que el mundo muestra hostilidad. Su vida cambiará, pero no por mucho tiempo, porque las sospechas y las acusaciones amenazarán su vida.

Tituba refleja el respeto que hay que rendirle a los muertos que siguen con nosotros. Piensa que los hombres no aman, sino que poseen y esclavizan, y que el daño del hombre blanco y por ende cristiano lo padecen su mujer, sus hijos y sus esclavos. Según ella, la vida es un río que nadie puede desviar, al menos no completamente. Las experiencias le permiten reflexionar y acercar el mundo real y el más allá para intentar comprender mejor cómo funciona el universo. John Indien le decía a Tituba que el deber del esclavo es sobrevivir, pero para ella no era suficiente.

Tituba tiene sueños con aparente significado y se hace muchas preguntas. Dice que América es «un páramo baldío y cruel, poblado únicamente por espíritus malignos» y que no tardarán en condenar, asesinar y hostigar a los negros con capuchas blancas, encerrarlos en guetos y negarles derechos. Critica la manera en que funciona el mundo, con esos ataques entre personas. Pero también por el duro trabajo y la esclavitud, que separa parejas y las deteriora, impidiendo que puedan vivir, solo sobrevivir, y que las condena a dejar de ser ellas mismas. Asimismo, critica la rumorología e invenciones y el daño que causan en gente inocente.

En esta novela también hay una crítica a la religión y a sus imposiciones, además, por supuesto, del racismo. Denuncia la hipocresía del mundo de los blancos, que dicen A y hacen B, así como la envidia, la falsedad de la gente y las máscaras y dobles caras. Los habitantes de Salem hablan del diablo cuando ellos desean el mal al prójimo. Critican la brujería pero acuden a ella porque quieren que un vecino sufra. Por ello, Tituba se refugia en los recuerdos, en el amor y en la exploración de sus orígenes.

Condé estudió en París y en la Sorbona, y sus novelas hablan sobre la cultura, la raza y la búsqueda de la identidad. Asimismo, intentan romper los estereotipos, igual que hizo en su tesis sobre los personajes negros en la literatura. Yo, Tituba… se publicó originalmente en 1986 y ganó el Grand Prix Littéraire de la Femme. Con ella, devuelve a la vida a una persona que existió realmente y que se vio sometida por su época y su condición de mujer negra a algunos hechos terribles que se narran en esta novela.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Esta novela me ha recordado, en primer lugar, a El hombre que se enamoró de la luna, de Tom Spanbauer, porque el protagonista de este, Cobertizo, vuelve a sus orígenes y quiere investigar sobre ellos y saber quiénes eran su madre y la familia de su madre, que eran indios. También me ha recordado a Little, de Edward Carey, porque Tituba, al igual que Madame Tussaud, protagonista de este último, va pasando, si no de esclava sí al menos de criada, por diferentes manos. Hay una escena donde se llevan a esclavos con sogas al cuello y pies atados mientras caminan, para transportarlos sin que se escapen, y me recordó a una escena de una película. No estoy seguro, pero creo que se trataba de La balada de Buster Scruggs (hermanos Coen, 2018). También me ha recordado a Eva Luna, de Isabel Allende, porque ambas novelas están narradas por mujeres que rememoran sus vidas completas en un entorno de miseria. La devoción religiosa de Samuel Parris, amo de Tituba, me ha recordado a la de los ortodoxos de Los pescadores, de Hans Kirk.


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