El Valle de las Flores (Sexto Piso, 2025), de Niviaq Korneliussen y traducido por Blanca Ortiz Ostalé.
El Valle de las Flores (Sexto Piso, 2025, con traducción al castellano de Blanca Ortiz Ostalé) es la segunda novela de Niviaq Korneliussen (Nuuk, Groenlandia, 1990), escritora y activista que escribe en danés y groenlandés, y también la primera novela groenlandesa que recibe el Premio del Consejo Nórdico, el mayor galardón literario de Escandinavia. La obra está narrada y protagonizada por una joven que vive en Nuuk, la capital de Groenlandia. Tiene una novia que la quiere, curiosidad por las cosas, una familia que la apoya y un futuro en la universidad, en la Dinamarca continental. Sin embargo, se siente fuera de lugar tanto en Groenlandia como en la universidad, entre sus compañeros. El suicidio de un familiar de su novia la devuelve a Groenlandia después de un breve paso por Dinamarca marcado por el choque de realidad, la inadaptación y la soledad. Allí, descubrirá la decepción y la pérdida de rumbo, que engarzan con el desarraigo, reflexiones existenciales, la muerte y el suicidio como tabú.
La novela se divide en tres partes: «Ellos», que termina con un viaje en avión de la narradora a la ciudad de su novia; «Tú», que termina con el viaje de vuelta después de estar varios días en casa de su novia, y «Yo». Asimismo, hay casi medio centenar de capítulos que están en orden inverso, es decir, comienza con el 45 y termina con el 1, como una cuenta atrás o una regresión. Algunos capítulos tienen como encabezamiento referencias a suicidios y mencionan el sexo, la edad y la forma de suicidio, donde hay variedad, aunque destacan los ahorcamientos y los disparos. La novela comienza con un diálogo entre la narradora y su madre, que no quiere que se marche a estudiar a Dinamarca. Tras esto, la narradora se sumerge en una bañera mientras aguanta la respiración y piensa: «Pronto, me digo aspirando hondo, pronto me marcho», con un doble sentido sobre marcharse a la universidad y la posibilidad de cometer suicidio. Además de su madre, habladora y nerviosa, en el primer capítulo también aparecen su padre, discreto y desapercibido, y su novia, Maliina; los tres forman su entorno más próximo.
La madre de la narradora celebra una comida de despedida de esta y, a la pregunta de una de sus tías sobre si está nerviosa por irse a la universidad, la narradora dice que no, pero en realidad lleva varios días con problemas de estómago, sudoración excesiva y temblores. En esa reunión familiar, la narradora demuestra que no encuentra su lugar y no parece decir las palabras que los demás esperan que diga, lo que se corresponde con su sensación de estar fuera de sitio. No se encuentra cómoda ni en su casa, ni entre sus familiares y ni siquiera en su propia tierra natal, lo que contrasta con su hermana, que se ha hecho un tatuaje inuit en la barbilla, expuesto a todo aquel que quiera verlo, orgullosa de sus raíces. La narradora está perdida en muchos ámbitos de su vida, incluso en el académico, porque realmente va a estudiar una carrera, antropología, que le salió en un test, pero que hasta entonces no sabía de qué trataba. Esa pérdida vital engarza con la pérdida física, ya que es algo despistada y se orienta mal.
La pérdida de la narradora puede estar influida por su condición de mujer si hacemos caso a su madre. Una vez, su abuela la defendió diciendo «Los niños desobedientes llegan lejos en la vida», pero su madre replicó «¡Pero no las niñas!». Cuando tenía diez años, la narradora se tiró desde la ventana de casa de su abuela, según dijo, para probar cómo era volar, aunque sabía que no podía hacerlo y lo que quería en realidad era comprobar cómo se sentía una caída libre. El suicidio revolotea en torno a la población groenlandesa y, por ende, a la narradora. Ella deja claro sus pensamientos suicidas en escenas como cuando conoció a su novia y pensó: «No podía soportar despertar un día más». O cuando su novia le dijo «Ya ha empezado un nuevo día» y la narradora respondió «Ese es el problema». La narradora reconoce que no le gusta Dinamarca, aunque debe estar allí cinco años, porque es una cultura que comparte momentos con familiares y conocidos, pero que en cuanto a sociedad es más bien aislada y por tanto se desenvuelve mejor en Facebook, como se ve en estas páginas. También parecen obsesionados con Los asesinatos de Midsomer, que no sé si es una serie, pero el padre y la novia de la narradora lo ven con frecuencia.
Pese a la comprensión de su familia, la narradora niega al principio que Maliina sea su novia y dice que solo es una amiga, aunque se conocen desde hace apenas un año y no sabe demasiado sobre ella. En su viaje a Dinamarca, conoce a una mujer que le demuestra que ella no es la más loca de los presentes y que, paradójicamente, dice algo acertado, al menos en mi opinión, y es que si la narradora creyera en Dios, en el karma, en que todo pasa por algo…, sería más feliz y le ayudaría a sobrellevar su existencia. La narradora piensa que la vida no es tan sencilla como afirmar que todo ocurre por un motivo, que hay que pensar en lo positivo de las cosas, que lo que no te mata te hace más fuerte o que aquello que te ocurre te ayuda de una manera u otra. No cree en nada de eso, entre otros motivos, porque siempre ha vivido al margen. Ya de adolescente, se refugiaba como una ermitaña en lugar de salir con otros jóvenes. Ahora, de adulta, aunque sabe hablar danés, desconoce expresiones y frases hechas o con doble sentido y por ello no capta el lenguaje de sus compañeros de clase y le cuesta comunicarse y encajar con ellos.
Entre la avalancha de suicidios que se mencionan en la novela, se encuentra la prima de Maliina, de diecisiete años. La narradora decide dejar sus estudios en Dinamarca para regresar a Groenlandia y acompañar a su novia en esos momentos tan difíciles, y, ya allí, se dirige por error al Valle de las Flores que da título a la novela, donde hay flores para los fallecidos pero de plástico y descoloridas. Precisamente su abuela no quería que le pusieran flores de plástico al fallecer al considerarlas lo más artificial que podría tener una tumba. La narradora siente un ambiente enrarecido en casa de su novia que contrasta con la buena acogida por parte de su suegra. Allí descubre que todos parecen guardar secretos y rumiar pensamientos no expresados, como algo tradicional del terruño. Entonces, la narradora halla a un anciano que asegura haber conocido a su abuela y ella tira del hilo para saber más de su pasado mientras, junto a Maliina, se propone descubrir por qué la prima de esta se suicidó y por qué lo intentó dos veces anteriores.
Entré en El Valle de las Flores con cero esperanza de que me gustara, influenciado por desgracia por su puntuación en Goodreads, y me ha sorprendido para bien, aunque sospecho que por motivos particulares. Pese a que la narración es en primera persona y podrían potenciarse las reflexiones de la narradora más de lo que ya se hace, la fuerza recae sobre los diálogos, que son abundantísimos. La autora dibuja los personajes de la narradora y de su madre, asfixiante, con gran realismo y sarcasmo. Además, pese a que la cultura groenlandesa está tan alejada de la española y tiene un lenguaje tan diferente (muy polisintético, como aprendí este curso en la asignatura Lingüística), la autora y la traductora consiguen que la historia fluya de forma natural y fluya al lector, lo cual es de agradecer. La narradora menciona numerosos espacios de Groenlandia y precisamente su rechazo hacia ellos genera en el lector, o al menos en mí, lejos de aburrimiento, interés, incluso los he buscado en internet para ver su apariencia. Hace muchos años, descubrí, creo que en una serie, una canción groenlandesa que recuerdo: Ingerlaliinnaleqaagut, del grupo Nanook.
En estas páginas, se aprecian ciertos prejuicios lanzados contra el suicidio, como que quien lo comete lo hace por llamar la atención o por cobardía. Por eso, la narradora emite una queja contra aquellas instituciones que no publican datos recientes sobre suicidio, que no le prestan atención o que muestran desdén o apatía, además del hecho de que, como se dice aquí, haya personas que no mueren en el acto del suicidio, sino que quedan en muerte cerebral, y eso es lo que se refleja en su parte de defunción. También hay una crítica al trato despersonalizado y nada empático de parte de los sanitarios y a la falta de comprensión o las largas listas de espera para atender a personas que cometen —o piensan en el— suicidio, lo que provoca que muchas veces no puedan esperar tanto ante una ayuda que nunca llega. Igualmente, se critica a los funcionarios que solo ofrecen ayuda a ciertos casos de suicidio, como los motivados por abusos sexuales, mientras envían de institución en institución al resto, sin llegar nunca a nada tangible ni eficaz.
Esta novela es una llamada de emergencia para que se le preste atención a los casos de suicidio, una queja sumarísima, impotente y rabiosa contra un sistema incapaz de abordar un problema tan importante y, por desgracia, común. «Lesotho tiene la tasa más elevada de todo el mundo con 39 suicidios por cada 100 000 habitantes. Seguro que en Groenlandia llegaría a 82 por cada 100 000», dice la narradora. Solo de su clase del colegio se suicidaron cuatro personas. Por eso un personaje le dice: «¿Sabes por qué hay tantos cuervos en Groenlandia? […] Presagio de muerte y desgracias […] Groenlandia está condenada a muerte y nosotras nos hemos marchado a tiempo, has sobrevivido, hemos sobrevivido. La naturaleza sigue su curso y para eso ha de exterminar a un pueblo que es incapaz de salir adelante en este planeta».
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro no me ha recordado a ningún otro, aunque el tema de suicidio es recurrente en mi biblioteca, pero no tratado de forma tan natural y frecuente como en estas páginas.

