Albert Speer, un día (La Huerta Grande, 2021), de Juan Rivera Arroyo.

Albert Speer, un día (La Huerta Grande, 2021), de Juan Rivera Arroyo (México, 1992), ganó el Premio de Novela Vargas Llosa 2020. Se trata de una novela que aborda los años en prisión de Albert Speer, arquitecto y ministro nazi, y está situada en diferentes escenarios y épocas: Europa (1954-1956), Asia (1957-1959), Rusia (1960-1962), Norteamérica (1963-1965), México (1966) y Londres (1981), y en cada una de ellas se incluyen breves historias de aspecto legendario y alegórico. Todo comienza en 1954, en la prisión berlinesa de Spandau, donde hay siete presos condenados en los juicios de Núremberg. Entre ellos, Albert Speer es el número cinco, condenado a veinte años. Para combatir la apatía y la derrota, decide caminar alrededor del patio de la cárcel imaginando que lo hace alrededor del mundo. Parte desde Berlín y viaja por tres continentes mientras el narrador reflexiona sobre su pasado y su futuro, su familia, el nazismo o la banalidad del mal.

La novela comienza el 18 de septiembre de 1954. Spandau es inexpugnable, sobre todo teniendo en cuenta que tiene cien celdas y su gestión se la alternan las cuatro naciones que se dividen Berlín. Hay multitud de personal e incluso sesenta soldados solo para siete presos. Durante los primeros años de encarcelamiento, el uniforme de estos fue el mismo que el de los campos de concentración nazis, según se dice. Speer intenta entretener la mente como puede para que el paso del tiempo y la falta de libertad no lo azoten, con ejercicio físico, esfuerzo o incluso el teatro. Se mantiene solo en la prisión, aunque los demás forman grupos, aprovecha su soledad para caminar en círculos. Ese movimiento en un contexto como el de prisión, que obliga al estatismo, surge como una rebeldía, una irreverencia o una búsqueda alternativa a lo impuesto.

Speer se mueve en una pista rectangular, pero con movimientos circulares, aunque le gusta imaginar que lo hace en línea recta. Lee mucho durante su estancia allí y también escribe unas memorias, aunque con miedo a que se las requisen, que saca con la complicidad de un guardia. Se nos presenta como un personaje quijotesco que no le cuenta esas caminatas a su esposa por si ella piensa que son solo un disparate, también porque cree en «la deliciosa suerte de quienes nacen y mueren en la misma cama. No importa qué han hecho en la vida, qué tan turbulento ha sido el viaje, llegan a casa después de todo. Un círculo perfecto. El primer paso al salir de casa es también el primero de regreso», igual que hace precisamente Don Quijote. Irónicamente, mientras Speer está en prisión, su hija lo está en Estados Unidos, acogida por una familia judía.

En 1956 liberan a tres de los siete presos: dos por sus estados de salud y uno por cumplir su condena. Speer queda más solo aún mientras el narrador introduce reflexiones y hechos que el lector no sabe si son realidad o no. Al haber sido arquitecto, también habla de la arquitectura de los lugares por donde pasa y de la del propio Tercer Reich, junto a la idea de que quizás Europa es un castillo en ruinas. Sin embargo, esos castillos en ruinas mantienen la esperanza en Speer, porque va buscando una belleza que presupone que existe. También piensa que tal vez la persona que más ha viajado del mundo nunca ha salido de su aldea porque lo ha hecho desde su propia imaginación, igual que él en el patio de la cárcel o igual que otra persona podría hacerlo a través de los libros.

Speer camina unos ocho kilómetros diarios, al menos al principio, y sus pensamientos permiten reflexionar al lector acerca de cómo la arquitectura define y habla de quien la creó. Los arquitectos no suelen sobrevivir a sus edificios, o lo que es lo mismo, los edificios suelen sobrevivir a sus arquitectos, pero Speer fue la excepción, porque presenció la destrucción de sus obras cuando Berlín fue arrasada y solo dos de ellas se mantuvieron en pie. Por eso Speer divide su obra arquitectónica en dos grupos: lo derrumbado y lo no construido. Los seres humanos corremos el riesgo de convertirnos en templos vacíos, como los de una de las historias legendarias: adornados y bellos por fuera pero iguales a otros y huecos por dentro. Ahora, desde la cárcel, Speer y sus compañeros deben lidiar con sus fantasmas y el recuerdo persistente de la guerra, pero se unen otros miedos anexos como el rumor de que aquellos presos que fallezcan en prisión serán enterrados en el jardín y no se les concederá la libertad ni siquiera muertos.

Según cuenta el narrador, Speer se adhirió al partido nazi en marzo de 1931. En 1933, Goebbels lo contrató para renovar las instalaciones de sus dependencias en Berlín. En 1942, fue nombrado ministro. El 7 de febrero de 1942, Speer visitó la Guarida del Lobo, un cuartel del ejército alemán en Prusia oriental, donde se encontró con el entonces ministro de armamento, Fritz Todd, que le contó que había discutido acaloradamente con el Führer. A la mañana siguiente, Speer tenía pensado regresar a Alemania en avión con Todd, pero el Führer lo citó de madrugada y no voló para aprovechar y descansar más. Cuando se despertó, se enteró de que el avión se había estrellado y, en consecuencia, Todd había muerto. Así que el Führer lo nombró ministro de armamento. Él, que era arquitecto y se dedicaba a construir, fue ministro de armamento y precisamente fabricó aquello destinado a destruir.

Durante su estancia en prisión, y sobre todo cuanto más se acerca el momento de su puesta en libertad, como arquitecto que es, Speer se construye a sí mismo como un hombre nuevo, por ejemplo, dejando de fumar. Sin embargo, él ya pareció diferenciarse del resto con sus actos. A principios de 1945, Hitler perdía territorios irremediablemente y la derrota alemana estaba servida, pero se negaba a emprender cualquier maniobra que evitara la debacle. Según se dice, Speer ideó un plan para atentar contra el Führer, pero se frustró siquiera antes de intentarse. Aparte, de los veintidós acusados de los juicios de Núremberg, Speer fue el único que aceptó la responsabilidad de su gestión y no se excusó con que obedecía órdenes, aunque negó conocer cualquier detalle del holocausto judío.

Hacia el final de su vida, una admiradora y lectora de sus diarios de prisión, con la mitad de edad que Speer, se convirtió en su amante, y fue precisamente con ella con quien estaba cuando falleció. Otro personaje destacado es Rudolf Wolters, un arquitecto que admiraba a Speer, al que consideraba su amigo, y que gestionó sus intereses mientras este permaneció en prisión, aunque luego no recibió por su parte el reconocimiento merecido. Speer construyó su imagen de arquitecto, tecnócrata apolítico o el oxímoron «nazi bueno»: no inocente, pero sí de desconocedor de los crímenes del holocausto. Sin embargo, en 2007 salió a la luz una carta que Speer escribió y donde confesó que estuvo en el discurso de Himmler en 1943 donde el ministro vaticinaba el exterminio judío, por lo que sí tuvo conocimiento y su pena de prisión debió ser mayor. Sorteó la muerte cuando decidió no viajar en avión con Todd en 1942, pero no pudo hacerlo en compañía de su amante en Londres en 1981.

Albert Speer, un día, es una novela que nos introduce de forma somera en la vida de este ministro nazi mientras engarza historias de arquitectura. En estas páginas, la arquitectura cobra forma de museo, ya sea implícito, como las obras arquitectónicas comunes de Speer, o explícitos, como el museo que construye el protagonista de una de las historias legendarias e intercaladas y en el que solo hay una puerta o el museo de trenes del protagonista de la última historia. Pienso que el autor no se esfuerza en poner en boca de los personajes un lenguaje más próximo al de estos, sino que utiliza palabras del español de América. Es cierto que cualquier variante del español será igual de impostado ante el lenguaje que estos personajes hablaran, en inglés o alemán, y, aunque no creo en la existencia del español neutro, sí pienso que podría haberse acercado más en lugar de usar términos como «plata» para referirse a dinero o «acá» en lugar de «aquí» en personajes como el guardia estadounidense o el propio Speer. En boca de su esposa pone «auto» para «coche» o «los extraño mucho».

Esta novela se me ha hecho un poco larga, no he encontrado lo que esperaba (quizás más Historia que ficción) y he encontrado algo que no esperaba y que me ha sobrado, como las historias o episodios legendarios. En la segunda mitad del libro, se aprecia una pérdida de interés y de presencia de los viajes circulares de Speer por el patio. Por romper una lanza a su favor, he de decir que lo he leído en un momento de mi vida bastante delicado, y esto influye inevitablemente. Sin embargo, estas historias resultan interesantes en tanto que hablan de la arquitectura en relación con la soledad, el poder, la ilusión, la ambición o lo inevitable que es a veces irse y lo importante que es también regresar.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): En la página 160, Albert Speer está leyendo la carta que le ha escrito uno de sus hijos, aunque él no sabe cuál, solo que no es el menor. En la carta, el hijo le narra un sueño donde aparecen él, es decir, Albert Speer, así como el hijo que le escribe la carta y sus otros hermanos. En ese sueño van en un coche y entonces uno de los hermanos grita y señala, según él, «el Berghof», la residencia de Hitler, que comparte nombre con el sanatorio de La montaña mágica de Thomas Mann, lo que me ha recordado a ese libro; además, leí el libro de Mann en junio de 2025 y este en julio de 2026. Aparte, en la historia legendaria correspondiente al capítulo de Norteamérica, cuando Albert Speer ya ha pasado diecinueve años en prisión y solo le queda uno, aparece un protagonista que regresa a un sitio después de veinte años precisamente. Se trata de un lugar donde no hay nadie y todo parece muerto excepto la casa del protagonista, y eso me ha recordado a Pedro Páramo de Juan Rulfo.


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