Lo que olvidamos (Anagrama, 2016), de Paloma Díaz-Mas.
A las personas que permanecemos lúcidas y a aquellas que comienzan a apagarse desde la memoria nos une lo que olvidamos. Sobre ello escribe Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) en Lo que olvidamos (Anagrama, 2016), una novela donde la narradora-protagonista escribe retazos de una vida, fragmentos breves de su historia y la su madre, enferma de alzhéimer e interna en una residencia, al mismo tiempo que retrata la España en la que creció.
La protagonista de esta novela recuerda, a través de apuntes numerados, su pasado y el de su país. Lo hace en primera persona, lo que ayuda a empatizar con ella y con el personaje de su madre. Son recuerdos que se diluyen como azucarillos en el agua de la memoria, piezas de puzle que se pierden y que a veces se llevan rostros ajenos que olvidamos porque, aunque fueron importantes en nuestra vida, un día salieron de ella para no volver. El dolor del alzhéimer se une a su doble personalidad: la persona que siempre fuiste y la nueva, despojada ya de recuerdos.
El deterioro de la mente de la madre se conjuga con los recuerdos vívidos que empiezan a aflorar en la de la hija. Concretamente, esos recuerdos que de niños censuraba la moral católica y los limitaba, aunque la exclusividad de acceder a ellos permitía saltarse esos preceptos: no desees el mal a nadie, no odies, no envidies y, por supuesto, no tengas pensamientos obscenos o sucios. Todo ello genera una culpabilidad impuesta por recuerdos falseados en la mente materna.
Elisa, así se llama la madre a la que acompaña a través de salas de espera y pruebas múltiples hasta que el alzhéimer entra en su vida con nombre y apellidos. Cuando los detalles de la memoria comienzan a perderse, queda la dolorosa decisión de llevarla a un lugar donde la atiendan como es debido y como, muchas veces, nos es imposible hacer a nosotros. Luego, además, están los objetos que nos recuerdan un pasado que, de otro modo, quedaría extinto y se volatilizaría para siempre. Esos objetos que pasan de unos a otros y que son recuerdos tangibles. Este volumen, por ejemplo, lo compré de segunda mano. Antes perteneció a uno o varios lectores y ahora llega a mí, después de pasar por tantas manos, quién sabe con qué historias detrás.
La narración de los pequeños fragmentos que narra la protagonista son cronológicos excepto al principio, cuando la autora decide hacer un comienzo más atractivo acercándolo más hacia el final de la historia que pretende narrar. En esta novela también se sucede la memoria de España: episodios de su historia, desde la guerra civil hasta el 23-F.
Esta obra está bien construida, con coherencia, aunque los saltos en el tiempo no convencen demasiado. Ese paso del presente a un pasado por el simple hecho de narrar recuerdos concretos quizás resulta confuso. Pero todo queda atrás. Era Heráclito quien decía que todo pasa, nada queda y nada permanece. Esto mismo le ocurre a Elisa, cuya mente dirige sus recuerdos, le dibuja una vida nueva que no es la real, la engaña y despersonaliza a un individuo que, sin recuerdos reales, se ve despojado de vida.
El olvido de una mujer y de un país al mismo tiempo se entretejen en esta historia que carece de tensión, ya que busca más la calma, la reflexión y despertar emociones. La memoria de una España en ciernes y de nuestra familia nos hace pensar que aquello que nunca supimos se convierte en una no-memoria.
Al igual que los objetos, las casas de nuestra infancia a las que no volvemos más constituyen un estandarte: en ellas dejamos gran parte de nuestro cuerpo al marcharnos. De hecho, la imagen de cubierta representa un cuadro que la protagonista ve en una casa familiar y que reconoce como su casa. Igualmente, esas escenas de vida que presenciamos con otra persona, a veces desconocidas, y que quedan en secreto entre ella y nosotros, y que morirán para siempre al mismo tiempo que esa persona y yo lo hagamos.
En esta novela no hay diálogos al tener una estructura similar a breves apuntes de diario. La estructura ágil no hace de esta novela una obra maestra, pero tampoco entiendo la poca valoración que tiene en Goodreads —cuando la leí tenía 2.95 sobre cinco puntos: yo la puntué con tres, pero podía haberle dado cuatro estrellas perfectamente—.
Una de las cosas que más temo es perder la memoria en mi vejez. Por eso, a veces recopilo recuerdos de infancia que me vienen a la mente como flashes. Los redacto juntos para, en el futuro, leerlos y saber que eso que ya no recuerdo fue verdad, porque lo escribí yo mismo. Antes prefiero morir joven y lúcido que mayor y enfermo de alzhéimer, tras haber olvidado incluso mi nombre.
Lo que olvidamos tiene en común con La memoria del árbol, de Tina Vallés, un tema espinoso como el alzhéimer. En 2020, Díaz-Mas publicó nuevo libro: El pan que comemos. Además, tiene obras como Lo que aprendemos de los gatos u otros libros sobre historia, pues es catedrática de esta disciplina.
En un momento en el que nuestro pasado —gráfico y textual— está en internet, la huella digital parece imborrable. Quizás parezca que permaneceremos perennemente en la red, para bien y para mal. Yo mismo escribo mi nombre y mis dos apellidos en Google y encuentro tres fotos y algunas webs donde aparezco. ¿Seguirán ahí, por ejemplo, en el año 2389, cuando lleve tres siglos o más muerto?
El tema del olvido, el alzhéimer y la conservación de la memoria —individual y colectiva— es algo que me atrae mucho. He encontrado en este libro una historia muy interesante donde seguir reflexionando sobre algo tan dramático, en mi opinión, como el paso del tiempo y el olvido que seremos, como dice el título del magnífico libro de Abad Faciolince.

