Un viejo que leía novelas de amor (Tusquets, 1989), de Luis Sepúlveda.

Hay que crecer evitando que los demás creen grandes expectativas sobre ti y sobre tu futuro. Luego, siempre puedes sorprenderles positivamente, pero con las expectativas altas el mínimo tropiezo será un fracaso y te apuntarán con el dedo. «Esperaba mejores cosas de ti», dirán, y todo lo anterior no habrá servido de nada. Un viejo que leía novela de amor (Tusquets, 1989) es un canto a los animales y a la naturaleza y a su defensa, y también el reflejo de un grupo de personas hundidas en el fango de la Historia y el fracaso.

Situada en un pueblo ficticio llamado El Idilio, esta novela de Luis Sepúlveda (1949-2020) está protagonizada por Antonio Bolívar, un hombre de setenta años sin recursos médicos a su alcance que vive en una choza de diez metros cuadrados en un pueblo aislado del Amazonas. Allí, se dedica a leer novelas de amor («del que duele») que le lleva un dentista. Curioso nombre, El Idilio, para un pueblo que no parece precisamente el paraíso ni abunda el amor. La rutina de Bolívar es aburrida, pero un día aparece en las inmediaciones de la selva una hembra de tigrillo que está asesinando a hombres después de que un cazador haya asesinado al macho. Al final, Bolívar deberá buscar a la bestia y enfrentarse a ella para evitar que se derrame más sangre.

Mientras ocurre esto, se nos narra la vida y el pasado del protagonista. «Los pobres lo perdonan todo, menos el fracaso», pensó Bolívar cuando su vida alcanzó la cota mas profunda del pozo, porque nunca lo tuvo fácil. Sin embargo, ha hecho de la espesura su escondite, donde ni los humanos ni los animales ni la tristeza puedan encontrarlo. Un barco con provisiones llega al pueblo dos veces al año junto a un dentista, que le lleva libros de amor, y un cartero. No necesita más.

No faltan los extranjeros que se olvidan de las normas de la naturaleza y hacen y deshacen a su antojo, con las correspondientes consecuencias para los habitantes de la selva (naturaleza mancillada y animales asesinados por unas manos con olor a pólvora y dinero). Bolívar tiene una gran sabiduría y templanza. Además, no presume de ninguna de las dos, lo que le da un plus. Y, aunque la narración tiene algún toque de ironía y humor para afrontar la vida, el pasado de Bolívar invita a las lágrimas por momentos.

Entre sus páginas se encuentran y chocan las autoridades y los indígenas, y el narrador introduce críticas constantes al gobierno y a la deforestación. Además, denuncia el ataque contra los pueblos indígenas bien para que abandonen su territorio y edificar allí o bien por el sencillo placer de matar a los que son diferentes.

Nos habla sobre cómo comenzó el amor de Bolívar por la literatura y cómo empezó a ser un lector asiduo. Desde su población en la selva y sin haber viajado más allá de una ciudad con calles empedradas y una sola escuela, el protagonista descubre todo un mundo lleno de nombres, ciudades y objetos que desconocía. Al final, Bolívar debe enfrentarse al peligro de ese animal salvaje y deseoso de venganza. Tiene miedo y es consciente de ello, pero piensa en el amor para olvidar todo lo demás. Porque también sabe que ese animal salvaje al que se enfrentará no es otro que la propia vida y su pasado.

Esta novela, llevada al cine por Jean-Jacques Annaud, trata temas como la soledad, la lectura, el poder de la literatura y la adaptación al entorno y al devenir de los acontecimientos. Me ha dado lo que me esperaba de ella, ni más ni menos. Da gusto leer la vida de personas alejadas de la civilización, del primer mundo y de sus comodidades. Además, con el lenguaje sencillo con que lo hace Sepúlveda, tejiendo una historia que puede palparse y que se siente bien dentro.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado a las novelas de Gabriel García Márquez. Parece que todas las obras localizadas en Latinoamérica o en lugares ficticios que son claramente el reflejo del sur del continente tienen las mismas características.


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