Pueblo Yo (Liberoamérica, 2020), de Aida González Rossi.
La vida es una cesta de moscas, las mismas que adornan la portadilla de este libro. Las moscas son lo primero que ve el lector cuando abre el libro y lo último cuando lo cierra. Si la vida, en efecto, es una cesta de moscas, también es lo primero que el ser humano ve cuando abre los ojos al mundo y lo último cuando expira. Pueblo yo (Liberoamérica, 2020) es una novela que combina el dolor y el deseo con un ritmo melódico, musical y lírico.
Su autora, Aida González Rossi (Santa Cruz de Tenerife, 1995), revuelve la escritura narrativa y la amolda para que se ajuste a la historia. Esta es la «mejor historia de amistad» que ha leído Andrea Abreu, autora de la célebre Panza de burro y autora del prólogo de este libro. González Rossi y Abreu nacieron el mismo año y en la misma comunidad autónoma.
Se trata de una historia de amistad y adolescencia en capítulos cortos, líricos, rotos, algunos incluso de solo tres líneas. La autora juega con la escritura y añade elementos originales. Por ejemplo, puntos suspensivos que hacen las frases más elásticas o la reiteración de la conjunción «y». La narradora estira esas frases pero no se rompen porque las palabras que escribe son ella misma. «Vivo dentro del árbol hueco», dice en una narración por momentos asfixiante.
La historia de Pueblo yo es como un poemario breve prosificado. En ella, se superponen frases no correlativas sin signos de puntuación que las separen. Un caos narrativo que sin embargo destila una comprensión limpia de la palabra. La novela de González Rossi habla de la infancia y la juventud como un lugar y un sentimiento. Sus palabras aceleradas y revoltosas configuran toda una vida como las piezas de un puzle desordenado que, sin embargo, esparcidas se entienden mejor.
Hay mucha lluvia, mucha agua, muchas lágrimas, mientras la narradora piensa en otras posibles realidades, otras posibles «yo» que no es y no será. Ramas, cielos, pestañas y sexos que lo impregnan todo. Controla la respiración del lector, la detiene y acelera a su gusto. Sale fuera de sí y piensa, y luego vuelve a meterse y narra todo lo que ha vivido: un grano de arena en la playa se convierte en el mar más extenso del mundo. Explora el cuerpo y emprende una huida hacia lo desconocido.
Esta novela desborda. El lector no puede achicar el agua por más que lo intenta. Pueblo yo es un ejercicio de introspección: un duro psicoanálisis y al mismo tiempo una meditación alejada del mundanal ruido. El mundo y el no-mundo nunca han estado tan cerca como en los pensamientos y emociones de la narradora de esta novela.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Esta novela me ha recordado inevitablemente a Panza de burro, de Andrea Abreu, porque comparten una historia de amistad adolescente y un lirismo desbordante que cautiva, además de la juventud y la musicalidad canaria en la narración. También me ha recordado a Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà, por la gran presencia de elementos de la naturaleza.

