La hierba roja (Tusquets, 2016), de Boris Vian y traducido por Jordi Martí.

El pasado nunca se va, la infelicidad es el camino que hemos de seguir. Si este camino es a través de una máquina del tiempo, la experiencia se vive más real, y también más dañina. Esta es la premisa inicial de La hierba roja (Tusquets, 2016, con traducción al español de Jordi Martí), un clásico donde los haya del autor de La espuma de los días y Escupiré sobre vuestra tumba. Boris Vian (1920-1959) compone aquí una novela oscura, un aspecto que se advierte en la narración y en los diálogos.

La novela está protagonizada por Wolf y Lazuli, ingeniero y mecánico respectivamente. Juntos construyen una máquina del tiempo para viajar a sus respectivas infancias y juventudes y subsanar los errores. Creen que con un pasado depurado podrán disfrutar de un presente pleno de felicidad y gozo. Sin embargo, la vuelta atrás nunca es fácil.

Aunque ambos personajes son importantes en la novela, el narrador centra el foco en Wolf, y vemos únicamente sus viajes al pasado. En ese mundo pasado al que vuelve la hierba crece roja en lugar de verde, de ahí el título. La historia puede advertirse vaporosa, pero lo realmente importante aquí es la evolución de Wolf con el paso de las páginas.

Wolf padece una sensación de persecución y su mente no cesa de trabajar, a veces, en contra de su propias supervivencia e integridad. Es un hombre que elige la lucidez antes que el vacío. ¿Serías capaz de olvidarlo todo y empezar de cero? ¿Por qué crees que querría alguien hacer tal cosa? Wolf lo intenta, pero su memoria siempre termina llevándolo al punto de partida.

Uno de los personajes de la novela dice: «Como siempre estoy contento, no siento curiosidad». Vian pone sobre la mesa asuntos importantes que invitan al lector a reflexionar: la ignorancia, la felicidad, la curiosidad. Los actos extraños del protagonista y de la narración se completan, por ejemplo, con una insólita inauguración de la máquina del tiempo y con un perro que habla.

La ilustración de la cubierta, ese reloj cuyo muelle sale disparado, que tiene los ojos bizqueando y una camisa de fuerza, atado con una correa a una silla, da clara muestra del aspecto bizarro de esta novela muy autobiográfica, insolente e intimista. Aunque se advierte que la historia no guarda gran misterio, sí se siente una tensión indescriptible.

Vian emplea mucho lirismo en la narración y juega con la sordidez en las descripciones. Además, los diálogos son abundantes y hay párrafos narrados de forma cinematográfica, por ejemplo, que muestran un plano cenital de lo que ocurre en esa escena. Aunque no es una novela donde abunden los personajes, todos ellos tienen deseos, incluso el perro que habla, que anhela tener un uapití. El ser humano, nos cuenta Vian a través del narrador, es una máquina de desear. Y también de recordar.

«Los recuerdos no existen», se dice en otra parte de la novela. Nuestras vidas están formadas por multitud de granos que forman un todo. Sin embargo, se necesita un aglomerante que los mantenga unidos, como los recuerdos. Todos los sucesos y detalles rocambolescos que ocurren en esta historia guardan un significado y una simbología, pero muchos de ellos son difíciles de descifrar, precisamente por la extravagancia de los mismos.

Sin duda, es una novela cuyo objetivo es invitar a la reflexión del lector y ponerlo en un aprieto. Aunque no sobresalte, también tiene una crítica feroz a la política, a la corrupción, a la espectacularización, al sistema educativo y a la religión y su liturgia. También emplea un tono paródico y frivoliza algunos temas.

En Wolf vemos reflejado al ser humano y al existencialismo. La soledad del héroe se manifiesta en él con fuerza, sobre todo en la preocupación por la opinión ajena sobre uno mismo y el pasado de cada persona. Hay episodios que parecen prescindibles porque no aportan nada sustancial a la historia, como la escena de los marineros, aunque el lector percibe en ellos el tormento que Vian imprime en cada página con su prosa.

Tiendo a pensar que esta novela tuvo un objetivo terapéutico para el autor. Quizás quiso construir una comedia bufa y, al mismo tiempo, un terrible tormento narrativo sobre los recuerdos. En él se advierte el desengaño de la vida adulta. Es un protagonista que viaja a su pasado con garra y aguanta el arrastre de su vida. La claridad de los recuerdos del pasado cuando viaja a ellos contrasta con el presente abstracto.

Sus viajes se dividen en categorías: familia, educación, religión, y en todos ellos se observan diferentes características. Por ejemplo, el recato en las mujeres, lo clásico en el profesor, lo paródico en el cura. Todos ellos son interrogadores que someten a Wolf a un difícil escrutinio sobre su vida. Sale a relucir la fragilidad del ser humano ante el amor, las relaciones entre hombres y mujeres e incluso se percibe algo de feminismo, cuando se critica a la sociedad «que desprecia a las mujeres».

De lo que no cabe duda es de que esta obra guarda muchos secretos que quizás solo su autor supiera descifrar. El apellido del protagonista, Wolf, lleva al lector hasta esa novela de Vian de título lobuno: El lobo-hombre. Quizás entre Wolf, esa novela y el propio Vian haya un triángulo que concentre todo lo autobiográfico que pueda encontrarse en la obra escrita del autor francés. No es una historia para llenar el tiempo libre, ya que requiere mucho esfuerzo por parte del lector. Cuando este la termina, sale totalmente desnudo a la realidad, y qué miedo.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): He leído muchas novelas extrañas, pero esta en concreto no me recuerda a ninguna, ya que no recuerdo ninguna que tuviera como tema principal una máquina del tiempo. Una novela difícil, no para todos los públicos. Y quien se interne en ella, que se prepare para salir vapuleado.


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