Autor/a extranjero/a · Ensayo

Soñando la guerra, de Gore Vidal

Soñando la guerra. Sangre por petróleo y la Junta Cheney-Bush (Anagrama, 2003), de Gore Vidal y traducido por Jaime Zulaika.

«El destino de Europa y Asia no ha sido confiado por Dios al arbitrio de Estados Unidos, y sólo el engaño, los delirios de grandeza, las fantasías vanas, el afán de poder o el deseo de eludir nuestros peligros y obligaciones podrían inducirnos a suponer que la Providencia nos ha designado como el pueblo elegido para pacificar la tierra», dice Charles Beard. El autor de este libro, Gore Vidal (1925-2012), lo cita para dar a entender que Estados Unidos no debe erigirse como amor y señor de la Tierra, y por ello reúne en este volumen un conjunto de ensayos en los que habla de su país y sus acciones en otros territorios de mundo. «La política en Estados Unidos es, en esencia, un asunto de familia, como la de casi todas las oligarquías», escribe.

Ganador del National Book Award, Gore Vidal ha escrito en multitud de ocasiones —por ejemplo, en su libro Perpetual War for Perpetual Peace— sobre Estados Unidos por la soberbia implícita que el país emplea en su justificación de las guerras que comienza. Dividido en tres partes, este volumen aborda las ansias estadounidenses de guerra y sus «beneficios económicos».

Vidal se muestra aquí crítico con al gobierno formado por el binomio CheneyBush, y sobre ellos giran la mayoría de los ensayos, al igual que sobre los ataques a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, llegando a plantear Vidal si el 11-S fue quizás provocado para tener un pretexto para atacar a una persona, grupo armado o país determinado para, consecuentemente, beneficiarse de sus recursos. ¿Por qué no se avisó a la población del previsible ataque terrorista que podía haber?

Este volumen invita a profundizar mucho más allá en asuntos como las elecciones estadounidenses y la justicia, además de valorar la importancia de la información que muchas veces se les oculta a los ciudadanos. El autor llega, incluso, a calificar a su país como una república bananera en la introducción del libro. Vidal dice que la actitud de Bush con respecto a los sucesos del 11-S fue sospechosa. Hay quien dice que hubo incompetencia por no haber frenado el ataque. Pero no hubo reprimendas, por lo que… ¿fue incompetencia realmente? «Bush hijo, al igual que Bush padre, en momentos de apuros económicos, ha dependido a menudo de la generosidad de las chilabas…».

Es indudablemente crítico con Estados Unidos, como el famoso escritor Noam Chomsky. De hecho, él mismo habla de las comparaciones que se hacen sobre ambos. «Chomsky y yo no odiamos a nuestro país, que, al fin y al cabo, somos también nosotros. O éramos. Tampoco somos excéntricos. Lo es la junta de Washington». Estados Unidos, dice, no es un sueño ni un paraíso. Cualquier persona con sentido común lo sabe de sobra. Aunque ya lo dice el autor: «Estamos por encima de la ley, lo cual no es infrecuente en un imperio; por desgracia, también estamos más allá del sentido común».

También habla acerca de la voluntad de su país por controlar Eurasia —formada por Rusia, Turquía…— y Asia Central, en concreto Afganistán. De China, por su parte, dice Vidal que está «haciendo señas». Creo que actualmente China está algo más allá de hacer señas. De hecho, si tenemos en cuenta la deuda insostenible de Estados Unidos y las posibles consecuencias que puede tener el covid-19 en el país —muy malas por el número de fallecidos y desempleados—, el país norteamericano puede ser adelantado por China como principal potencia mundial, si es que no lo es ya (esta reseña la escribo en mayo de 2020).

Igual que con Asia le ocurre a Estados Unidos con Latinoamérica. Por eso, Vidal habla sobre el papel de su país, por ejemplo, en Guatemala. Lo que parece seguro es la fijación de Estados Unidos por buscar enemigos de carne y hueso a los que demonizar y con los que justificar sus acciones: desde Bin Laden hasta Sadam Husein. «Desde 1947-1948, hemos realizado más de 250 ataques militares, sin mediar provocación, contra otros países». Vidal no quiere más ataques ni guerras: «La edad de oro norteamericana sólo duró cinco años: desde el fin de la guerra, en 1945, hasta 1950, cuando comenzó la de Corea», añade.

A través de numerosas citas a medios de comunicación, expertos y políticos, Vidal habla también del imperialismo, del que se muestra disidente en pro de la república. Por estas ideas hay quien lo critica y quien dice de él que es «un patriota disidente, un nostálgico de la república perdida». Él se defiende diciendo: «No somos la policía del mundo. Y ni siquiera controlamos Estados Unidos, salvo para robar dinero al pueblo y, en general, causar estragos. En muchas partes del país ven a la policía, y con razón muchas veces, como a un enemigo. Creo que es hora de desmantelar el imperio; no es bueno para nadie. Nos ha costado billones de dólares, lo que me hace pensar que se va a replegar sobre sí mismo porque no va a haber suficiente dinero para gobernarlo».

En otro de los textos incluidos aquí, Vidal ofrece posibles soluciones para un estado mejor. Quiere que se repartan las administraciones y se utilicen los estados al estilo de los cantones suizos.

Así, con un título sugerente y una portada simbólica, Vidal hace de este volumen un conjunto de ideas que expone sin tapujos para desnudar algunas verdades o sospechas de un país con muchas banderas con las que, sin embargo, no consigue tapar sus vergüenzas. Por ejemplo, escribe: «Nuestra tasa de violencia y asesinatos es única en el Primer Mundo. Puede que sea una singularidad negativa, pero es plenamente nuestra, y hay que preservarla: al menos somos el número uno en algo más que en deuda pública».

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