Autor/a extranjero/a · Narrativa

Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy

Los hermosos años del castigo (Tusquets, 2018), de Fleur Jaeggy y traducido por Juana Bignozzi.

«Habría podido escribir una novela de amor con sequedad de corazón, como una anciana que recordara», dice la narradora de esta novela. Lo podría haber hecho, sí, pero en lugar de eso hizo una novela de aprendizaje.

Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940) es una autora que no ha publicado demasiadas novelas y, sin embargo, ha sido muy traducida y es conocida en varios países. Célebre escritora de novelas lentas y dramáticas, Jaeggy dibuja en esta obra un internado femenino suizo con mucho recato. Tras él no hay misterio oscuro ni corrupción. Tan solo la vida de una joven muchacha que está allí recluida, aprendiendo a hacerse mujer.

De la familia de la narradora, cuyo nombre desconocemos, sabemos más bien poco. Su padre vive en Brasil, y antes de estar allí vivía con su abuela, quien se cansó de ella y alegando el mal comportamiento que estaba teniendo —mentira todo— consiguió que la internaran.

Entre el sonido de un piano y las cartas que llegan de Brasil, una adolescente inquieta guía al lector por una novela breve y coqueta. Aquí no hay maltrato físico ni acoso escolar, algo de lo que la autora podría haber tirado fácilmente, tratándose de un internado recóndito de una Suiza en plena Segunda Guerra Mundial. De hecho, se palpa el miedo de algunos a que aquella zona sea invadida por los alemanes de un momento a otro.

Un día, al internado llega una chica fina y callada que se llama Frédérique, y se armó el belén. Nuestra narradora, no sabe por qué, se enamora de esa chica. ¡Una niña enamorada de otra en una Suiza conservadora y en el conservador siglo XX! «Todavía hoy no logro expresa con palabras que me había enamorado de Frédérique; es una frase muy fácil de decir», reconoce la propia narradora-protagonista.

Nuestra narradora, que buscaba la soledad y apenas estudiaba, a través de frases telegráficas narradas en primera persona nos irá narrando su aprendizaje en el amor a partir de observar a esa tal Frédérique, de la que se hace amiga. «En la escuela […] era la mejor», la alaba. La narradora la admira por su capacidad de orden y por lo atractiva que resulta. La seguía con la mirada y no se iba de su pensamiento en ningún momento. Ay, Frédérique, si tú supieras.

En ese internado, el Bauler Institut, la narradora verá las clases sociales reflejadas en las monjas. Sin embargo, el lector lo ve todo más difuso, ya que parece que la narración va vagando de un lado a otro y cuesta empatizar con la protagonista, pese a que no hay otros personajes, además de Frédérique, que le hagan sombra, ni mucho menos. También surge en la novela el personaje de una chica de piel oscura que un día aterriza en el internado de la mano de su padre, un jefe de Estado africano. Aquella chica se convierte en la curiosidad del resto, la admiran y adoran desde la lejanía, pero la narradora no profundiza mucho en la construcción de ese personaje: prefiere centrarse en su adorada Frédérique.

Mientras la obediencia y la disciplina se abren paso en la narración sin mucho aspaviento, la autora deja caer algún detalle poético, trazas de lirismo que descongestionan las palabras que van y vienen, del presente al pasado y del pasado al presente. Y de fondo, pocos personajes y muy secundarios exceptuando a las dos muchachas.

Esta es una novela muy breve donde se palpan la soledad, el paso del tiempo y el olvido. Los sueños de la juventud se desvanecen al mismo tiempo que las palabras finales del libro, en un maremágnum de recuerdos difusos, entre la realidad y la invención. Lo que sí es real es que aquellos años en el Bauler Institut en compañía de Frédérique fueron, según la narradora, los años del castigo.

Sin embargo, se irá de ese colegio para ir a otro, donde le enseñarán a ser una buena ama de casa. Perderá de vista a Frédérique y estará el resto de su vida esperando una carta suya en esta novela que es, también, una oda a los «educadores».

Todo en esta novela tiene un aura de melancolía, y eso quizás me haya impulsado a ponerle tres estrellas en Goodreads en lugar de dos. Hay que admitir que Jaeggy construye una novela aceptable, aunque me esperaba mucho más. La introspección puede parecer abusiva, pero a mí me gusta cómo lo narra. Me ha recordado sobremanera a Las manos pequeñas, de Andrés Barba, aunque sin el elemento macabro que encontramos en la novela del autor español.

Hay dos cosas que me han llamado mucho la atención en esta novela: la primera es la obsesión que demuestra la autora por España, al nombrarla media docena de veces más o menos en boca de la narradora o de otros personajes. La segunda cosa es una escena, casi al final, cuando la narradora nos transmite la imagen de una joven que ríe y que parece feliz y a la que, sin embargo, al día siguiente encontrarán ahorcada. La vida, sus vaivenes y lo oculto, siempre presente.

Autora de otras novelas como El último de la estirpe o Proleterka, Jaeggy dibuja en esta novela sencilla el retrato de una mujer del siglo XX que recuerda, como podríamos hacer actualmente, y se diluye entre recuerdos y amores que no se consumaron, porque todo aquello que deseamos y no conseguimos se queda con un trozo de nosotros. Y así vamos muriendo, poco a poco.

«La infancia es vetusta», dice ella. Las caras de esas chicas con las que compartió internado se le quedarán grabadas para siempre —la infancia de nuevo— y la vida seguirá, cada una por su lado, y en un pequeño rincón de su mente estará el recuerdo de los hermosos años del castigo.

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