Autor/a extranjero/a · Narrativa

Amras, de Thomas Bernhard

Amras (Alianza, 2008), de Thomas Bernhard y traducido por Miguel Sáenz.

«La conciencia de que no eres más que fragmentos, de que las épocas cortas y bastante largas y larguísimas no son más que fragmentos… de que las duraciones de ciudades y países no son más que fragmentos… y la Tierra fragmento… de que toda la evolución es fragmento… la perfección no es nada… de que los fragmentos han surgido y surgen… no hay camino, sólo llegadas… de que el final es inconsciente… de que entonces no habrá nada sin ti y de que, por consiguiente, no habrá nada…».

Con una simple búsqueda en Google vemos que Amras es el nombre de un personaje de J. R. R. Tolkien. No sabemos si en él se inspiró Thomas Bernhard (1931-1989) para titular esta novela brevísima, pero de digestión lenta. Sea como fuere, aquí Amras es el nombre de un castillo donde el narrador-protagonista y su hermano Walter, dos jóvenes, han sido resguardados de miradas ajenas y de la sociedad en general.

Ambos han experimentado el suicidio de sus padres. Y, de hecho, según se nos dice, ellos también intentaron suicidarse al mismo tiempo, sin éxito. Como dato a destacar, el propio Bernhard sobrevivió a un suicidio colectivo, por lo que esta novela puede estar inspirada en aquel acontecimiento que debió marcarle profundamente. Además, ya escribió otro libro llamado Corrección con el suicidio de fondo.

Amras es un monólogo donde se pasean fantasmas no convencionales, la locura y la enfermedad. Los dos jóvenes están allí gracias a que su tío les guardó de las posibles habladurías que pudieran desarrollarse en su entorno a partir de lo que sus padres habían hecho. Hay que tener en cuenta que, en aquella época y en países de religiones a veces muy asentadas, el suicidio constituía un delito o, al menos, un pecado.

Así, el narrador-protagonista, cuyo nombre no se nos desvela en ningún momento, asegura vivir en «un mundo que sólo actúa y comprende siempre a partir del mal». Los hermanos tienen una relación bastante deficiente, sin llegar a ser mala, y este suceso les empuja a convivir por un tiempo y aguantarse mutuamente. Además, Walter, el hermano menor, sufre epilepsia, por lo que el narrador-protagonista tendrá que lidiar también con la enfermedad del hermano, después de haber sufrido la de su propia madre mientras ella vivió.

Así pues, nos narra el suicidio de sus padres y el intento que ellos llevaron a cabo y que no fructificó. Se lamenta de que aquel día fatídico nadie llamara a la puerta de su casa, ni siquiera para ver cómo estaban, porque con esa simple visita podrían haber evitado lo que ocurrió después. Amante de la ciencia y de la literatura respectivamente, el narrador-protagonista y Walter mantienen silencios profundos y una convivencia, aunque no tensa, al menos insípida.

El más insoportable de los dolores, dice el narrador-protagonista, es el recuerdo de sus padres, que estaban muy endeudados y han perdido todos los bienes ahora que ellos se han suicidado. Los dos hermanos aseguran escuchar las voces de sus padres en el silencio de la torre donde se encuentran.

Allí, el narrador-protagonista nos habla de su infancia perdida, de su época universitario de apenas unos meses, de su hermano, al que se refiere con el posesivo «Mi Walter» y con el que ha pasado de sentir desafecto a afecto. También se nos presentan las cartas que escribe con relativa frecuencia a un hombre llamado Hollhof, que fue amigo de su padre según sabrá el lector más adelante.

Aislados del mundo, echan de menos el contacto con el ser humano. Sin embargo, un hecho trágico ocurrirá casi al final de la novela. Podría decir que ese hecho «transforma» al narrador-protagonista, pero no es demasiado cierto. «En el rostro de Walter sólo había habido siempre tristezas», dice el narrador-protagonista sobre su hermano.

Hay pasajes que son un delirio del narrador, que al final se trasladará a otra ciudad y se encontrará con una soledad que le abruma y que solo parece suplir escribiendo cartas a su tío y reflexionando acerca de la muerte, el tema central de la novela.

La narración es, exceptuando los capítulos que lo distribuyen, un texto sin puntos y aparte que, por suerte, al ser una novela breve, se puede masticar. Tampoco hay puntos y seguido, sino puntos suspensivos que, de algún modo, intentan dar la sensación de amortiguación de frenada a cada frase.

Amras no es, ni mucho menos, la obra más conocida de este autor. Sin embargo, constituye un ejemplo claro de la que fue una de sus experiencias vitales transformada en novela, además de la susodicha Corrección. Hay otros libros con más repercusión entre los lectores como son El malogrado o Tala.

Esta edición de Amras es, como puede verse, muy sencilla y monocolor. El negro que transmite el dolor, la tristeza, la muerte, en definitiva. Creo que el título podría haber sido otro más poético y metafórico, porque son los que a mí me gustan, pero tampoco está mal.

Más allá de su contenido imaginario y los múltiples temas de los que habla —la fraternidad, el afecto, el suicidio, la soledad…—, la obra aborda una crítica social tremenda desde el momento en que ambos jóvenes son protegidos en la torre de la sociedad que les señala con el dedo. El ritmo penoso y apático de la narración también envuelve al lector en ese presumible ambiente opaco y en el estado de ánimo apocado y alicaído del narrador-protagonista durante toda la obra, porque el espacio temporal va progresando, pero su tristeza prosigue clavando sus garras en él.

En definitiva, una obra recomendable para los interesados en el tema e interesados en inmiscuirse en esta historia cuasi-gótica donde la tristeza lo anega todo, incluso el diseño de cubierta.

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