Autor/a extranjero/a·Narrativa

La comemadre, de Roque Larraquy

La comemadre (Turner, 2014), de Roque Larraquy.

Ruedan las cabezas…

La comemadre (Turner, 2014), de Roque Larraquy, es un libro cuya reseña leí en un blog literario del que soy asiduo lector y me atrajo bastante. Tanto que, como puede verse, pese a los 667 libros que actualmente hay en mi lista de «libros por comprar», le di prioridad y ya está incluso leído. P.D.: cuando escribí esta reseña hace ya unos meses, esos eran los libros que quería. Ahora la lista tiene 946 y sube de forma despiadada. ¡Socorro!

Larraquy es un autor argentino totalmente desconocido para mí que me ha asombrado en este libro, que se divide en dos partes: la primera en 1907 y la segunda en 2009. He de reconocer, y esto me parece importante resaltarlo, que la primera parte (la que se desarrolla en 1907) me ha parecido mil veces mejor narrada que la de 2009, además de mucho más interesante. De hecho, al principio parecía que estaba ante toda una heroicidad, un descubrimiento literario sin parangón, un libro que me encantaba y que sin duda se iba a meter en mi lista de libros favoritos. Sin embargo, la segunda parte decayó, al menos en mi opinión, tanto el transcurso de la historia como la calidad narrativa del autor, y por eso al final apenas me ha parecido un poco mejor que la media.

Este libro narra, durante la primera parte de 1907, la historia contada en primera persona por el doctor Quintana, un médico que trabaja en una clínica y que alterna su amor por una enfermera apellidada Menéndez (que también es pretendida por el mismísimo jefe) con la decapitación. Sí, sí, has leído bien. Pero Quintana no es un asesino, deja que te explique.

Los médicos de esta clínica absorben de manera relativamente fraudulenta y con estafa a varios enfermos terminales. Fingen darles un fármaco milagroso que es solo agua para luego confesarles que no tienen remedio, de manera que les persuaden para que se sometan al experimento que están llevando a cabo. Este consiste en que quieren comprobar qué hay más allá de la vida, qué siente una persona en el umbral entre la vida y la muerte. Por eso a todos los enfermos terminales les ofrecen sentarse en una silla y dejarse llevar (la silla ejecuta una cuchilla fina que corta la cabeza de los pacientes sin que estos lo perciban).

Una vez cortada la cabeza de una persona, esta tiene unos nueve segundos de conciencia antes de morir. Lo que los médicos quieren es que los pacientes les digan lo que ven, sienten o experimentan durante esos nueve segundos. Esta parte, como ya dije, me pareció bestial, extraordinaria.

La parte de 2009 es un poco más plana. Aquí ya no está, como es obvio, el doctor Quintana deshaciéndose de amor hacia Menéndez. Esta segunda parte es un poco más confusa, apenas tiene que ver con la primera pese a que supuestamente estén relacionadas, y quizás eso influyó mucho en que no me haya gustado nada. Solo con la primera parte quedaría un relato de lo más espléndido, en serio.

Seguramente te habrás preguntado qué significa la palabra del título. Comemadre es, según la inventiva de Larraquy, una planta cuya sabia produce unas larvas que resultan comerse cualquier ser vivo y hacerlo desaparecer. De hecho, para deshacerse de tantos cuerpos sin cabeza de pacientes sometidos a los experimentos utilizan estas larvas. Y donde había cuerpos sin cabeza, ya no hay nada.

Entre una historia y otra presiento que el autor quiere establecer, y lo consigue pero se podía mejorar mucho, un vínculo, una cita donde se sirva un banquete de cabezas parlantes que nos dicen tener sed o que dan las gracias durante esos nueve segundos tensos y repugnantes que los conducen a la muerte.

Es este un libro del que no puedo más que dividir mi opinión como ya he hecho a lo largo de la reseña. Me gustó muchísimo la primera parte y no me gustó nada la segunda. Ahora es usted quien debe comprobar cuál le gusta más de las dos o si tiene la suerte de que le guste la novela en su conjunto.

Adelante, sírvase una cabeza. A lo mejor tiene suerte de que le hable durante más de nueve segundos.

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