Autor/a extranjero/a·Narrativa

“El año del calipso”, de Abilio Estévez

Amor y sexo a ritmo de calipsos.

El año del calipso (Tusquets, 2012), de Abilio Estévez, es un libro cuya sinopsis me cautivó, aunque no recuerdo dónde la leí, como casi siempre. Me fue prácticamente imposible encontrarlo y tuve que comprarlo de segunda mano. Narrado en primera persona por el protagonista, este es un libro curioso, atípico, de esos que te llevan al lugar donde se desarrolla la historia en cuestión.

Y el lugar donde se desarrolla esta historia es un barrio de La Habana (Cuba) llamado Marianao, donde un joven de quince años llamado Jasón vivirá una serie de experiencias eróticas. El nombre del protagonista a primera vista puede que no nos llame la atención, y quizá no vaya con segundas, pero yo, que me fijo a veces en todo, creo encontrar cierta similitud entre el protagonista (Jasón) y aquel otro Jasón que buscaba el vellocino de oro en la mitología griega. Este Jasón cubano no busca concretamente un vellocino de oro, pero sí podríamos decir que busca algo, por sí solo y sin compañía, y que no necesita surcar los mares: conocerse a sí mismo y descubrir los placeres que le puede ofrecer su cuerpo.

El calor habanero se hace notar tras la hora de comer, cuando todos los vecinos del barrio de Jasón se meten en sus casas y en sus habitaciones a sobrellevarlo lo mejor posible. Sin embargo, Jasón hace lo contrario y sale de su casa y se tumba en el césped desde el que ve, a tan solo un par de metros, haciendo así de voyeur, al jardinero de una casa vecina que se pone a trabajar. Este jardinero tan musculoso y sin camiseta que se presenta ante Jasón empieza a hacerle sentir a este ciertos sentimientos, a desearle, a fijarse en sus más recónditos detalles como su sudor, sus axilas y sus pezones (a los que llama tetillas, imagino que en Cuba se llamarán así).

Por esta razón y por otras que podrán irse apreciando a lo largo de la novela, Jasón parece un joven que además de descubrir los placeres del sexo y de la masturbación, también descubre su homosexualidad. La atracción de este jardinero se va haciendo cada vez más latente, y Jasón recurre a la masturbación en numerosas ocasiones, ayudándose a veces con novelas eróticas que su padre guardaba en casa. El protagonista hace constantes flashbacks (porque cuando narra su historia lo hace desde la edad adulta ya, todo lo que cuenta es pasado) y habla sobre el tío Mirén, su tío, en quien apreció conductas extrañas y eróticas hacia él cuando era niño.

Jasón también describe qué pensó al leer por primera vez en esas novelas eróticas la posesión de un hombre sobre una mujer en la cama y los gritos de “hazme tuya” de esta. Además, sintió que él era los dos personajes de esa novela, el hombre y la mujer, y que a veces desearía poseer a otra persona y otras sentirse poseído. Luego, en otro momento de la historia, narra cómo espió a un conocido suyo y lo vio masturbarse, y podría decirse que él lo aprendió de él. Tras este episodio, encontramos otros de lo más extraños, como aquella vez que el cura español de su barrio le hizo confesarse y sacarse el miembro y enseñárselo, a lo que el cura respondió halagando su tamaño. Porque el tamaño también importa, dirá Jasón casi al final de la novela, pues un hombre con un miembro más grande tendrá más confianza en sí mismo.

En otro capítulo, un tal Héctor Galán tiene una cita con la hermana de Jasón, pero como el parecido entre Jasón y su hermana es tan grande, Jasón decide ponerse un vestido de su hermana y asistir a dicha cita deseando, precisamente, que Héctor le posea. Y eso ocurre, cuando Jasón hace su primera felación, y expone al lector sus mejores trucos para hacerla bien. Con Héctor perdió su infancia, asegura Jasón en la historia. El final de esta no parece salirse de los márgenes de lo “normal”. Como digo, la historia parece tener un final normal después de todo lo que recorre Jasón en su historia, después de descubrir y redescubrir su vellocino de oro. Sin embargo, el final tiene algo de trágico, algo de espectral, y me hace pensar que a Jasón le ocurrió algo que no voy a decir para no hacer spoilers.

La novela tiene algún que otro toque de humor, y cabría destacar que las experiencias que Jasón cuenta se remiten a la década de los años 50 en Marianao (que me recuerda en cierto modo a Comala o Macondo por esa capacidad de descripción y situación de lugares, imaginarios o no, de sus autores americanos), un barrio cubano, así que imagínese. Toda la narración de Jasón parece estar dirigida a alguien al que llama “Moby Dick” y que murió de sida. Igualmente, este libro me recordó, aunque solo levemente, a La maravillosa vida breve de Óscar Wao, novela de Junot Díaz.

Es un libro muy recomendable. Tiene un brillo especial, un halo de infancia y de descubrimiento de nuevos horizontes adultos que nos hace sentir como recién nacidos. Invito a que cualquiera zarpe en busca del vellocino de oro junto a este libro. No se arrepentirá.

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