Autor/a español/a·Ensayo

“Donde se guardan los libros”, de Jesús Marchamalo

Y tú, ¿dónde guardas los libros?

Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores (Siruela, 2011), de Jesús Marchamalo, es un libro que compré por mi amor a ellos, ni más ni menos. En él, Marchamalo, escritor del que ya hablé en otra reseña, nos mete en las casas y, concretamente, en las bibliotecas personales de varios escritores célebres de las letras españolas contemporáneas. Desde el primero hasta el último, Marchamalo  nos cuenta dónde guardan sus libros estos escritores y escritoras, así como alguna que otra curiosidad sobre sus bibliotecas, alguna anécdota y tres recomendaciones literarias por cada escritor o escritora.

El primero de los escritores que encontramos es Fernando Savater, filósofo al que admiro mucho, del que he leído poco y del que leeré pronto bastante. Me llamó la atención que Savater dijera haber conocido personalmente a E. M. Cioran (ese autor nacido en Rumanía pero considerado francés del que hablé en una reseña hace muy poco). Quien leyera ese libro llamado Del inconveniente de haber nacido de Cioran (o, en su defecto, la reseña) podrá entender, como yo lo hice al leer esa parte del libro, que Cioran tachaba a Savater de “optimista camuflado” (claro, para Cioran hasta el más pesimista del mundo es optimista, pues él es el culmen del pesimismo, es insuperable).

Tras Savater vienen otros Clara Sánchez, Arturo Pérez-Reverte o Antonio Gamoneda. El libro incluye muchísimas fotografías de detalles de las bibliotecas de estos escritores, que cuentan a veces que este o aquel libro se lo regalaron los Reyes Magos o en sus cumpleaños cuando eran niños y que impulsaron su amor a la lectura. Fotos de estanterías repletas de libros y de objetos de viajes o personales inundan estas páginas. Me maravilla ver esas estanterías que ocupan toda una pared, desde la izquierda hasta la derecha, desde arriba hasta abajo. Ojalá tener yo tan solo una de esas estanterías (con sus libros incluidos, claro), o ser uno de esos escritores.

Pérez-Reverte dice en una ocasión que tiene los libros repartidos por toda su casa, incluso en el sótano, donde tiene a los autores y libros “abandonados”. Entre estos autores del sótano está Georges Perec, y esto me pareció curioso porque, precisamente, yo una vez comencé a leer un libro de Perec que dejé a las pocas páginas porque me aburría sobremanera. Pronto le daré una segunda oportunidad y lo terminaré, cueste lo que cueste. Me sentí mal e inútil por no entender ni aguantar a un escritor tan famoso como él, pero ahora me siento más tranquilo porque veo que a Pérez-Reverte, por una razón u otra, tampoco le gusta demasiado leerle.

Marchamalo prosigue narrando las visitas a las casas de estos escritores, y lo va contando de forma tan poética que obnubila la mente del lector como yo, que solo se fija en las montañas de libros, en cómo Marchamalo describe las estanterías, las divisiones que los escritores hacen en ellas según la editorial, el orden alfabético del autor o el idioma en que estén escritos.

Aparece otro escritor del que espero leer algo pronto, Mario Vargas Llosa, que al parecer le confesó a Marchamalo que nunca se deshace de ningún libro (como yo), pese a que tiene varios repetidos. Yo también tengo algunos repetidos como El nombre de la rosa, La insoportable levedad del serEl perro del hortelano o Lazarillo de Tormes (este último lo tengo, además, de la misma edición de los años 70 u 80, no sé cómo ni por qué). Luego, otro escritor, Juan Manuel de Prada, cuenta que tiene aprensión a los libros viejos y que los coge, incluso, con guantes. A mí me gustan mucho, la verdad, y aunque soy un poco aprensivo, tampoco llego al extremo de cogerlos con guantes.

También aparecen otros escritores como Andrés Trapiello y Enrique Vila-Matas y sus montañas de libros que me recuerdan a las mías. Me ha parecido curioso que muchos de estos escritores (casi todos) nombraran, por diferentes razones, a Marguerite Duras (ya sea porque tengan algún libro suyo o porque la admiren, o por ambas). Me impresionó que tantos escritores coincidieran en nombrar a esta escritora, la verdad. Luego sale otro escritor, Gustavo Martín Garzo, del que reseñé un libro (La ofrenda) y del que reseñaré muy pronto otro (El jardín dorado), y al que le gusta, al parecer, leer en los viajes (a mí también).

La lista de escritores sigue con Clara Janés y Luis Alberto de Cuenca, a quien le encantan los cómics, entre muchos otros. A mí, sin embargo, no me gustan nada los cómics. Cuando era pequeño y mi afición por la lectura empezaba a florecer, apenas leí un cómic que yo recuerde. Quizá por eso no me gusten ahora. Alguna vez eché mano a uno, pero nunca me han terminado de atraer (cada cual tiene sus gustos).

En definitiva, ha sido muy gratificante leer este libro lleno de referencias bibliópatas. Me ha gustado mucho leerlo y recrearme con sus imágenes, imaginarme en las estanterías de estos escritores y escritoras de los que debemos estar orgullosos por escribir tan buenos libros. Lo recomiendo a todos y todas, sobre todo a aquellos que compartan la misma bibliomanía que yo, porque sé que van a gozar de lo lindo desde la primera página hasta la última.

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