Autor/a extranjero/a·Narrativa

El palacio del pavo real, de Wilson Harris

El palacio del pavo real (Ediciones del Bronce, 2003), de Wilson Harris y traducido por Delia Mateovic.

Una belleza exótica en forma de libro.

El palacio del pavo real (Ediciones del Bronce, 2003), de Wilson Harris y traducido por Delia Mateovic, es un libro atípico. Y digo esto porque me costó mucho encontrarlo, comprarlo y, también, leerlo. Es un libro que se resiste a caer en manos burdas o vulgares porque tiene aires de magnificencia como puede apreciarse cuando uno termina de leer el libro mientras levanta la vista y se pregunta por qué carajo no tiene más relevancia esa obra de arte que acaba de leer.

Esta novela está impregnada de principio a fin de un realismo mágico y de un halo místico impresionantes. En la historia nos encontramos con varios personajes, pero al principio se nos presenta al narrador en primera persona y al que parece ser su hermano, Donne. Antes, una escena tremenda en la que un supuesto jinete a lomos de su caballo es disparado y, haciendo una referencia al cielo como un ahorcado la haría a su verdugo, cayó al suelo muerto. Así lo cuenta Wilson Harris con una destreza grandilocuente.

La novela es un ir y venir de preguntas por parte del lector, porque se nos mezcla la realidad con la ficción, la vida con la muerte y los sueños con la realidad. Entonces, no sabemos si a lo largo de la novela los personajes están vivos (como parecen que están) o muertos (como alguno dice que está). Donne decide emprender un viaje por la Guyana del siglo XVI (ahí se sitúa la historia) con compañeros de diversas procedencias (por eso es considerada esta novela como una oda al multiculturalismo) para buscar mano de obra barata (los indios). Así, el lector viaja junto a ellos y se nos va desgranando a través de un lenguaje muy simbólico y poético, con múltiples referencias a la naturaleza, la vida de los personajes y los lazos afectivos que los unen sin que algunos de ellos lo sepan.

La tradición y la magia del bosque americano se unen para componer esta crítica exacerbada que hace Harris contra el imperialismo y contra el maltrato y el sometimiento de los nativos por parte de los colonos, por eso es considerada esta novela tan antigua como actual. Nos encontramos con una paisaje arduo y conflictivo en el que varios personajes tendrán sus rencillas entre ellos y en el que irán muriendo, uno detrás de otro, durante la travesía, que dura siete días. Uno por la tormenta que hace romperse el barco, otro por el oleaje del río, el caso es que mueren prácticamente todos hasta que llegamos a un farallón por el que escala Donne y donde se reencuentra consigo mismo y con los muertos que ha ido dejando por el camino en ese viaje más introspectivo que aventurero.

En el libro se dicen cosas muy interesantes a destacar como, por ejemplo, que estos “perseguidores” son, a su vez, “perseguidos” por la muerte y la naturaleza. Porque, tal y como dijo el narrador en páginas anteriores, “perseguidores y perseguidos son uno, son la misma persona”. Y estos perseguidores se dirigen hacia un lugar Mariella que, a su vez, es la mujer a la que Donne maltrata y tiene sometida en el sueño de nuestro narrador en primera persona. Sí, es un caos tremendo que se nos aclara al final con las notas de un tal Kenneth Ramchand.

Aun localizándola en el siglo XVI, la historia hace referencia varias veces al motor de su navío, y creo que en ese siglo los barcos no tenían motores, a no ser que se refieran a otro tipo de motor manual de la época, claro. Al final, como iba diciendo, Donne llega a un farallón y decide escalarlo. Allí empieza a reencontrarse, a lo largo del farallón, con seres animados, reconociendo a algunos de ellos como los fallecidos durante la aventura, y se nos nombra este farallón como el palacio del pavo real, de ahí el nombre del libro. Hay una escena preciosa en la que se dice, con una sutiliza extraordinaria por parte del narrador, que el difunto Carroll (uno de los miembros de la embarcación que muere y que resultó ser el hijo o el sobrino de otro de los navegantes) sujeta las escaleras que hacen que Donne sigua subiendo por el farallón. A mí, personalmente, me parece un simbolismo muy bonito.

Con tanto juego entre la vida y la muerte, Harris explaya su compleja forma de escribir y las notas finales sirven para explicar al lector el simbolismo de la obra y otros menesteres. Por ejemplo, en las notas se nos aclara que aquel jinete del principio del libro era Donne, que recibe el disparo mortal de Mariella (la frase «Lanza una mirada fría / a la Vida, a la muerte. / Jinete, sigue de largo», de W. B. Yeats precede a la escena). En las notas también se nos dice que Harris es el autor más adecuado para que lo lean aquellos que estén demasiado anclados en la cotidianeidad y que crean que la vida es aburrida y monótona.

Al final de la novela el lector se da cuenta de que, realmente, Donne, con su agresividad y su egoísmo (de los cuales se arrepiente mientras sube el farallón y contempla el principio y el fin de todo desde dentro del palacio del pavo real donde moran los muertos), somos todos. No sabemos si Donne está vivo o muerto cuando empieza la novela ni cuando termina, pero para nosotros nos vale la duda más que la respuesta, porque en este caso la duda se nos resuelve con el mismo planteamiento de esa pregunta, por curioso que pueda parecer.

Por último, redactaré el último párrafo de la novela, de una belleza excelente: «Ésa era la música y la voz interior del pavo real que de repente encontraba, recordaba y cantaba como nunca antes me había escuchado cantar. Sentí que los rostros que tenía delante comenzaban a desvanecerse y a alejarse de mí y de sí mismos, como si ahora estuviese satisfecha nuestra necesidad del otro y la distancia entre nosotros fuese la distancia de un sacramento, del sacramento y del abrazo que conocimos en una musa y en una alma inmortal. Ahora cada uno de nosotros sostenía finalmente en sus brazos lo que había estado buscando siempre, lo que había poseído eternamente».

De mis favoritas, sin duda. Me ha conmovido. Recomendadísima.

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