Autor/a extranjero/a·Narrativa

“El Satiricón”, de Petronio

¡Vivan los clásicos griegos y latinos!

El Satiricón (Cátedra, 1991), de Petronio y editado por Julio Picasso, es un libro que se convierte en el segundo de la época clásica griega y romana que leo. Es esa una época que siempre me ha interesado muchísimo, sobre todo por su mitología. Este libro tiene, como era de esperar, numerosas referencias a dioses y supersticiones, además de reflejar la vida del Imperio Romano de la época con humor, muchas parodias, por ejemplo, de pasajes de la Eneida de Virgilio, y también con sátira y, sobre todo, una carga fuerte de erotismo.

La historia es narrada por Encolpio, que vive una odisea total, pasando por un burdel al principio de la novela (recordemos que esta es considerada una de las primeras novelas entendidas como tal) hasta llegar a la cena de celebración que Trimalción ha preparado, viviendo allí mil aventuras diversas. Luego, nuestro protagonista y narrador se enfrentará a su amigo del alma por el amor de su joven amante, que se decantará por su rival y amigo. Encolpio, apenado, no tardará sin embargo en recuperarlo y escaparán con un nuevo ‘amigo’ poeta apedreado por todos por el hastío que supone escucharlo recitar. Así, en barco, hasta llegar a un lugar extraño al final de la novela, Encolpio irá de traba en traba sobreviviendo a una tempestad y al ataque de tres gansos salvajes (y al amor de la diosa Circe también).

El libro en sí gira en torno a la crítica que hace Petronio (que es el autor según muchos, pero no lo es según otros, y que algunos llaman de otra manera) del Imperio Romano de la época. Hace una sátira (de ahí el título, claro está) de las costumbres de la época, de cómo eran sus ciudadanos y sus supersticiones. Me parece un libro espléndido que se ha visto azotado por el paso de los años y lo que ello conlleva, empezando por el hecho de que no se sepa con seguridad si Petronio es su autor realmente hasta llegar a que se han perdido algunos fragmentos, o estos han sido interpretados de diferentes formas dependiendo del estudioso o de la estudiosa encargado de ellos.

Así, he considerado que le edición que he leído (de Julio Picasso) es una buena edición si la comparamos con otras. Me ha recordado, inexorablemente, a la Ilíada, que leí hace dos o tres años, solo que esta se me hizo más pesada por estar siempre en verso. En definitiva, considero que los clásicos griegos y romanos, aunque haya voces valientes que los relancen, no cuentan con un apoyo lector suficiente y quedan muchas veces relegados, ocultos tras los tochos de libros comerciales cuyos autores tienen nombres altisonantes y conocidos hasta por los que no han leído ni un solo libro en su vida. Así, me declaro acérrimo defensor de estos clásicos. A partir de ellos y de otros mucho anteriores se forjó la literatura, y les debemos todo. Por eso, ¡vivan los clásicos!

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