Recuerdos del Sur (Renacimiento, 2026), de John J. Healey y traducido por Soledad Maura.
Recuerdos del Sur (Renacimiento, 2026, con traducción al castellano de Soledad Maura) son las memorias españolas de John J. Healey (Nueva York, ¿1950?), hijo de un diputado demócrata en el Congreso de Estados Unidos. Healey viajó a Andalucía de joven, se enamoró y decidió vivir varios años en la Alpujarra o estudiar Medicina en Granada. También trabajó en el cine a las órdenes de Víctor Erice o Woody Allen, y en 1998 dirigió su propio largometraje, un documental sobre Federico García Lorca. Esta obra recoge por primera vez las experiencias de Healey en España, una España que ya no existe y que él retrata con gran observación, como los escritores románticos del siglo XIX. Contiene sesenta imágenes, de las cuales doce, es decir, una quinta parte, están en la primera mitad, y el resto en la segunda, y se divide en varios capítulos en función de los lugares que visitó o momentos importantes en su paso por el sur: Churriana, la Alpujarra, La Herradura, Granada, La Rioja, Nerja o Cartagena.
La obra comienza con la llegada de Healey al aeropuerto de Málaga en el que es su primer viaje a Europa. Es mayo de 1969, tiene diecinueve años y permanecerá en Churriana —un barrio de Málaga, entonces un municipio de la provincia— en casa de un conocido, hasta agosto de ese año. Allí descubre un mundo desconocido con una cultura en ciernes, bohemia e internacional y personalidades como Gerald Brenan. Su anfitrión, Freddy Wildman, le invitó a visitar su casa y, en concreto, su biblioteca para comprobar si los deseos de ser escritor de Healey estaban realmente justificados. El interior de esa casa era caótico, según escribe, igual que parecen serlo las relaciones entre las personas que conoce, que solían tener enfrentamientos o vínculos pasionales. En uno de esos rifirrafes, descubrió a un viejo mirón con gafas gruesas y fumando que parecía divertido ante la escena acalorada y que resultó ser el susodicho Gerald Brenan.
Brenan también lo invitó a visitar su biblioteca y a que leyera una primera edición del Ulises de James Joyce, algo que a Healey le llevó diez días. Mientras tanto, se rodeó de personalidades de diferentes nacionalidades, pero desconocía el español y por momentos se sentía fuera de lugar. Sin embargo, a través de las lecturas como las que Freddy le ofreció consiguió unirse a ellos. También visitó lugares señeros de la ciudad como el Mercado de Atarazanas, que sigue funcionando como tal y con demasiada afluencia de turistas, o la calle Larios. Habla de un café llamado La Buena Sombra con «grandes barriles de jerez y manzanilla […] donde los camareros llevaban la cuenta apuntándola con tiza encima de la barra de madera», lo que me ha recordado a la Antigua Casa de Guardia, que cumple con esas características, aunque en la época serían muchos los establecimientos de ese estilo.
El interés de Healey por España comenzó cuando tenía apenas ocho años, un día que acudió con su padre a un bar donde Gary Cooper y Ernest Hemingway dialogaban y este último le recomendó viajar cuando fuera mayor, incluyendo una larga parada en España. Ya en Churriana, se asombró con el descubrimiento de aquello que desconocía, como una droguería, o con una excursión de espeleología que emprendió junto a Cholo, alcalde de Churriana y también mecánico local. Esa excursión le hizo admirar el paisaje y la vida en la tierra: «En ese momento me parecía que toda la belleza de la vida empezaba y terminaba en la provincia de Málaga. ¿Para qué buscar más allá?». Así descubrió España, y en concreto Andalucía, una región de muchas capas distintas, una cultura en la que «sí» y «no» siempre significaban «tal vez» y una sociedad más dura que la norma estadounidense en algunos aspectos. Sin embargo, «a pesar de la saturación de catolicismo, [era] una cultura sorprendente y refrescante, libre de puritanismo, un lugar donde el trabajo era sobre todo un medio para alcanzar un fin, y el fin era una forma u otra de disfrutar de la vida».
Mientras se alojó en Churriana, viajó a Marbella y Ronda, y me ha descubierto un dato que desconocía de mi querida Ciudad del Tajo, donde pasé tantas temporadas en mi infancia, y es que las cenizas de Orson Welles están esparcidas allí. También me ha descubierto un episodio histórico, pues visitó la Catedral de Cádiz, donde dice que en 1947 se celebró el polémico funeral de Manuel de Falla. También pasó por Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules, Conil de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda o Antequera, de la que escribe: «Me encontraba en una ciudad andaluza apartado del mundo que yo conocía, pero me sentía en casa de una forma difícil de describir». Aunque dedica capítulos a La Herradura o Nerja, ya en el de Churriana menciona un viaje exprés a ambos lugares. En agosto de 1969, Healey se marchó de Churriana. Años más tarde, en 1974, viajó en barco desde Estados Unidos a Italia y de ahí en coche a Francia y a España. Llegó a la Alpujarra en septiembre de ese año y permaneció hasta mayo de 1978.
Para entonces, Gerald Brenan se había trasladado al interior, a Alhaurín de la Torre, y el propio Freddy buscó otro lugar más tranquilo y ajeno a la modernización imparable de la costa mediterránea de esa década. Ese lugar elegido fue la Alpujarra granadina. De hecho, Healey pensaba vivir en París, pero Freddy lo animó a visitar su casa allí. Es curioso, pero en su paso por Bubión desayunó en un bar llamado El Teide, precisamente el pico más alto de España, cuando se encontraba en la provincia con —y tenía vistas a— el pico más alto de la península, el Mulhacén. Pese a la belleza del lugar, descubrió que la burguesía granadina consideraba esa zona como Las Hurdes y prefería otros municipios donde asentar su segunda residencia: «La mayoría de los habitantes locales eran inmunes a la belleza del lugar. Habían nacido y crecido allí. Estaban en la lucha diaria, y era lo único que conocían. Que alguien que podía vivir donde quisiera hubiera elegido ese rincón del mundo para instalarse o comprar una casa les desconcertaba y se les escapaba».
En los pueblos de la Alpujarra reflexiona en torno a dos temas principales: la religión y la enfermedad. Sobre el primero, escribe: «Su religión, tan familiar para ellos y tan arraigada, se lleva con ligereza, a la manera mediterránea, reconociendo y permitiendo apetitos y debilidades, en gran medida libre de los conflictos interiores que caracterizan a los creyentes del norte de Europa». Y sobre el segundo: «Muchas mujeres de cierta edad proclamaban sus dolencias físicas con verdadera pasión. Había una especie de competición entre ellas para ver quién tenía la enfermedad más triste o mortificante». Además, estos municipios fomentaban la interacción social gracias a las reuniones de sus habitantes en comercios o iglesias o al lavar la ropa. Incluso para él, la vida en la Alpujarra después de un lustro resultaba primitiva y dura, por lo que decidió marcharse de allí, de nuevo a la costa.
Healey llegó a La Herradura en septiembre de 1978 y estuvo allí hasta 1980. Sin embargo, su estancia consistió en idas y venidas a Granada porque, tras la muerte de Francisco Franco, decidió estudiar Medicina en la Universidad de Granada, ya con más de veinticinco años, carrera que abandonó en 1983. Me gusta la definición desmitificada, desromantizada y certera, al menos en mi opinión, que hace de Granada como una ciudad «pequeña, resentida, hermosa y sofisticada donde gente asombrosamente retrógrada convivía mejilla con mejilla con otras personas más abiertas de mente que muchas de las que yo conocí en Nueva York». Healey considera Granada una ciudad de muchos héroes que fueron asesinados o huyeron de allí, por eso él también se marcha como un culo inquieto. Además, la Granada que él conoció ya no existe, por ejemplo, por esa autovía de muchos carriles que separa la ciudad de la vega. Ahora, «entrar en la ciudad no deja de ser motivo de tristeza».
Healey abandonó Granada y la carrera de Medicina para dedicarse al cine; ya había conocido al cineasta Víctor Erice a través de Freddy y tenía el gusanillo. Entre agosto de 1982 y enero de 1983 permaneció en La Rioja, a la que dedica un capítulo, aunque en realidad más de la mitad transcurre fuera de La Rioja. A partir de aquí, la narración gira más en torno al mundo del cine. Erice le ofreció un trabajo como segundo ayudante de dirección en la película El Sur, basada en la novela homónima de Adelaida García Morales y que engarza bien con el título del propio libro de Healey. En esas páginas, describe las tareas de algunos miembros del equipo, lo cual es de agradecer porque hay quienes, como yo, aunque podamos deducirlo, no conocemos todas las funciones de los trabajadores de un rodaje. También es curioso aquello que Healey comenta sobre Víctor Erice, Elías Querejeta o la propia película.
Tras La Rioja, Healey viajó a Nerja de nuevo, aunque no sitúa el capítulo en el tiempo como hace con todos los anteriores. Allí, habla sobre las familias García Lorca y De los Ríos y la casa que tenían. El objetivo de Healey era convertirse en director de cine algún día, aunque «en Estados Unidos uno tenía más posibilidades de ser contratado como director conduciendo un taxi con un buen guion bajo el brazo que trabajando en producción codo con codo con algunos de los grandes, como había hecho yo», escribe. Tras Nerja, trabajó en otra película, que se rodó en Cartagena, donde vivió otra época tampoco situada en el tiempo. Y después de Cartagena llegó, al fin, su primer largometraje propio, un documental sobre Federico García Lorca por el centenario de su nacimiento y rodado entre 1996 y 1998. Healey se propuso una tarea hercúlea por la dificultad para conseguir financiación y el interés de RTVE siendo extranjero.
Hasta entonces, aparte de documentales de naturaleza o regiones, no se conocían apenas otros que ensalzaran, por ejemplo, una personalidad, excepto El desencanto, de Jaime Chávarri, sobre la familia Panero que tengo mucho interés en ver por la curiosidad que tengo desde hace tiempo por Leopoldo María. A partir de su documental sobre el poeta granadino, Healey descubrió los tejemanejes del mundo del cine, así como las traiciones, los engaños, el orgullo y la envidia. Tanto que su documental sobre García Lorca se emitió en RTVE pero con una versión que no era la que él deseaba. Me gustaría realmente ver el documental con su idea original. Healey había dejado la medicina por el cine primero y el cine por la literatura después, para publicar novelas y estas memorias de España: «Vivir en España cambió mi vida. Ha sido el país en el que descubrí lo que quería de la vida, aunque no siempre se consigue lo que se quiere».
En Recuerdos del Sur, Healey demuestra una memoria memorable, valga la redundancia adrede, para describir no solo aquello que vio y experimentó, sino también las sensaciones que eso le generó. En esas observaciones y apreciaciones que hace hay también un toque de humor que enlaza con su sorpresa como turista procedente de una cultura tan diferente; por ejemplo, cuando menciona las servilletas de los bares españoles, que son «absolutamente inabsorbentes». Esa observación ya se deja notar cuando, mientras estudiaba en Granada y trabajaba en un hospital neoyorquino, ante el caso curioso de una paciente, además de prestar atención al trabajo, también lo hacía con el ambiente, las luces, el viento, la lluvia, los truenos… Aunque en sus viajes se empapó de la cultura española y pudo observar elementos desconocidos hasta entonces para él, reconoce que lo verdaderamente determinante de sus fue quedarse tanto tiempo en casa de Freddy, donde pudo asentarse en lo español. No viajó a España para luego regresar a Estados Unidos con recuerdos volubles y no volver jamás, sino que germinó un verdadero amor por lo andaluz en él. Y no todo lo que dice es positivo, ya que critica el instinto de rebaño y de hacer todos lo mismo extendido en España, así como las cualidades a veces repetitivas o excesivamente teatrales de los actores españoles de aquella época.
Healey reconoce que la España de los años sesenta y setenta no era un destino obvio para los estadounidenses, y los que viajaban hasta aquí lo hacían porque era barato, pero solían preferir otros países europeos. España entonces «era un lugar donde unos ex-nazis y otros fugados afines al régimen se sentían a salvo. El resto eran turistas del norte con pocos recursos que buscaban el sol y una resaca barata». Un turismo que, varias décadas después, engarza con otro que no es de calidad, sino que atrae diversión y ruido a costa de los que viven ahí. Desconozco en qué se ha basado Healey para incluir imágenes de determinados personajes y no de otros; quizás descarta las de aquellos que presupone más célebres como los ya mencionados Gary Cooper y Ernest Hemingway. Sí se incluyen las de otros como Jonathan Cecil, pero de nadie de entre sus más allegados en Churriana, solo del padre de Freddy. Al menos, habla de las relaciones amorosas y de interés que movían, unían y separaban a cada uno de esos personajes que aparecen en estas páginas.
Hay un par de elementos de la historia que me han chirriado, curiosamente uno al inicio y otro casi al final. Al principio, cuando Healey describe el aterrizaje de su avión en el aeropuerto de Málaga, escribe: «Bajando a la pista el aire estaba perfumado y fresco», en referencia al paisaje que ve desde la ventanilla del avión, pero no sé cómo pudo saber que estaba perfumado y fresco si iba dentro. Casi al final, cuando escribe sobre su documental en torno a García Lorca, y quizás se trate de una malinterpretación mía, Healey cuenta que viaja a Fuente Vaqueros y que «el pueblo de Álora y Jaén se alzaban al norte». Si se refiere al municipio malagueño de Álora, se encontraría al suroeste de Fuente Vaqueros en lugar de al norte. Por otro lado, Healey afirma que leyó mucho a Thomas Pynchon, y le encantó su literatura, «aunque ya no puedo leerlo», y me genera curiosidad saber por qué.
He leído parte de este libro en Churriana, en concreto en la zona de Los Rosales, y no he podido evitar pensar e imaginar. Cuando Healey menciona la calle Larios y sus paseos por ella, allá por 1969, me gusta imaginar que se cruzó con mi abuelo materno, que en 1969 tenía treinta y cinco años, vivía en Málaga y frecuentaba el centro. Cuando Healey menciona su etapa de estudiante en Granada, entre 1978 y 1983, me gusta imaginar que se cruzó con algún familiar mío de los muchos que vivieron y viven en Granada, incluso con mi madre, que pasaba temporadas en Granada. Sobre todo porque Healey vivió en la calle Pérez Galdós, perpendicular a la calle Arabial, donde gran parte de mi familia vivió (mi bisabuela y media docena de mis tíos abuelos vivieron en pisos diferentes de dos edificios de esa calle). Y sobre todo también porque Healey vivió un tiempo en el paseo de los Tristes, y mi bisabuela tenía una casa allí, que ahora pertenece a un tío abuelo, donde mi madre iba a menudo esos años.
Cuando Healey menciona que el profesor de su asignatura de Patología le invitaba a ayudar en el laboratorio analizando biopsias, me gusta imaginar que por sus manos pasó alguna biopsia que pudieran hacerle a mi tía abuela E., fallecida de cáncer de colon en 1985 en Granada. Cuando Healey menciona a Isabel García Lorca, hermana de Federico y superviviente de todos los acontecimientos de la familia en el siglo XX en el capítulo de Nerja, y dice de ella que se trasladó de Fuente Vaqueros a Valderrubio, me gusta imaginar que se cruzó con A., un tío abuelo político, natural de Valderrubio. Cuando Healey menciona el hotel Reina Victoria de Ronda y dice que escribió parte de su primera novela junto a la estatua de Rainer Maria Rilke, sita en dicho hotel, me gusta imaginar que coincidió con la etapa en que la mujer de mi padre era directora del hotel, pues lo fue durante muchos años. Ahora, el hotel, como dice el autor, se llama Catalonia Reina Victoria y ha sido reformado. Cuando dejé de ir con frecuencia, en torno a 2012, aún mantenía el encanto inglés, el crujido de los suelos y la habitación donde Rilke se alojó, ya que ahora sus pertenencias están tras una cristalera en la planta baja.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Al final del primer capítulo, el de Churriana, Healey describe un cambio físico que experimenta cuando se marcha de allí: «Inspirado en Paul McCartney, me había dejado barba y había dejado de hacerme la raya a un lado. En lugar de los mocasines de cuero con los que llegué, me fui con alpargatas de suela de esparto». Me ha recordado, y doy un salto a un mundo totalmente diferente, al cambio físico que experimentaron, también en Málaga, jugadores de fútbol como Adrián Niño, procedente del Atlético de Madrid, y creo que también Carlos Dotor, ambos determinantes en el ascenso de la temporada 2025/2026. Llegaron al equipo con un físico más modosito y han transformado su físico. Durante su estancia en Granada, habla del conocido popularmente como Hotel Reuma, que conozco por episodios e historias de misterio.

