Mala entraña (Editorial Alrevés, 2026), de Antonio Fontana.

Mala entraña (Editorial Alrevés, 2026) es una novela negra de Antonio Fontana (Málaga, 1964), tal y como su madre le pidió que escribiera por lo que se deduce de la dedicatoria. Aquí, la familia y sus secretos son el núcleo de la historia, pero mezcla ironía, surrealismo, magia, anhelos y venganzas. Entre los personajes destacan Herminia, una adivina; Graci, su criada; Max, un hombre taimado, arquetipo de galán y buscavidas, y Benigna y sus tres hijas, con un pasado trágico y brutal. Todos ellos se verán involucrados en asesinatos, sospechas o mentiras, pero sin perder el tono de humor y sorna propio del autor. La novela está dividida en tres partes: en la primera narran y participan más Herminia y Benigna, en la segunda Graci y Max y en la tercera las tres hijas de Benigna.

La historia comienza con Herminia, hija de la posguerra, que cuenta que la primera palabra que dijo de niña fue «nube» y que cuando se asomaba al balcón no era precisamente a las nubes ni al cielo ni al horizonte a donde apuntaba con los dedos, sino a la gente de la calle. Ella sabe que hay personas que viven con una nube sobre los hombros, con una carga pesada, con la culpa o con el miedo, como Atlas sosteniendo la bóveda celeste. Cada vez que alguien va a morir, ella detecta una nube sobre su rostro. Debido a la muerte de sus padres cuando era pequeña y a la necesidad económica de la posguerra, Herminia se dedicó desde muy joven a leer el futuro de las personas que pasaban por su consulta. En los rostros de sus clientes veía nubes que cambiaban de forma y de color, y algunas descargaban lluvia en forma de llanto. Igualmente, veía un tema común en ellos, el miedo a —o la incertidumbre ante— la muerte, así como la angustia del paso del tiempo, que ella también sufre porque se ve envejecida de repente.

Una clienta concreta no se le va de la cabeza. Se trata de Benigna, que fue a su consulta porque quería que encontrara a su hija Analía, que no sabe si existió. Cuando Benigna narra, todo es una composición tosca sin apenas puntos y aparte, reflejo de su angustia. Los recuerdos, pensamientos, remordimientos, preguntas e incertidumbres se superponen en su mente y la llevan al colapso. Benigna tuvo tres hijas, pero el médico le vaticinó cuatro, y él nunca se equivocaba. ¿Dónde está entonces la cuarta? ¿Dónde está Analía? Al verse sin salida, acude a Herminia, a la que ella misma llama «bruja». Graci, por su parte, tiene casi sesenta años en el presente y su vida cambia cuando conoce a un hombre llamado Max. Herminia, que guarda un tesoro, sospecha que él tiene otras intenciones.

Cuando Benigna llega a su consulta, sin cita, para preguntarle sobre la desaparición de su hija Analía, Graci está leyendo sobre la desaparición de Paul Getty III en una revista y en la calle alguien canta un villancico, porque es diciembre, sobre el Niño Dios perdido y la Virgen buscándolo, por lo que la desaparición central se ramifica en tres. Además, cada personaje parece vivir con el reconcome del recuerdo de otros. Por ejemplo, las tres hijas de Benigna viven con el recuerdo de Santos; Graci, con el del abandono de su padre, y Benigna, con el de esa cuarta hija, Analía. Otros personajes viven en contradicciones con sus semejantes: una de las hijas de Benigna, Amadora, odia que la llamen Dora, mientras que su hermana Amelia prefiere el diminutivo Meli por el feo significado de su nombre.

Las tres mencionan mucho la música y las canciones de su época, como una muestra de las mujeres que entonces se refugiaban en las radionovelas y en las coplas por su reclusión en el hogar. Las tres son gemelas y solo se diferencian porque una es más corpulenta que las otras dos. Funcionan como una mente colmena, como una sola figura, como un animal de tres cuerpos llamado Analía que ataca la mente con recuerdos y emociones. Una tiene la nariz torcida, otra una cicatriz en el mentón, y la tercera es estrábica, al modo de las tres Moiras o Gorgonas. Las tres también parecen compartir la mala sombra que su madre tuvo con los hombres, como con quien las engendró, y el personaje de Santos parece compartir algo del carácter de su padre.

Fontana consigue que el foco de la novela recaiga sobre el uso del lenguaje y las expresiones y cómo los personajes se construyen en torno a ellas. Asimismo, pone en boca de los personajes el habla coloquial y vulgar. Lo que ocurre no es secundario, pero también gira alrededor del lenguaje, y el final es tan abierto que deja con ganas de saber qué ocurrió después. Además, hay un cuidado para que los diálogos lleven la fuerza narrativa y para que sean concisos y directos. El autor sitúa la historia en una España azotada por la tragedia y llena de cunetas y heridas aún abiertas. Cuando Herminia menciona diferentes signos del zodiaco, como piscis, también cita a personajes célebres de ese signo; en piscis lo hace con José Gutiérrez Solana, popular durante el franquismo.

Herminia recuerda de su infancia copiar en las cartillas las enseñanzas de las monjas, que decían: «La mujer ya no tiene propiedad sobre su cuerpo, sino el marido», que la fidelidad conyugal es el oro de la mujer o que la maternidad es su misión principal. Otra religiosa, en este caso sor Niceta, decía que una mujer debe vivir por y para su marido y hacerlo feliz por encima de todo y de todos. Por tanto, el maltrato a la mujer no procedía solo del patriarcado y el machismo imperante de la época, sino también de los poderes del régimen, como era el catolicismo. Luzdivina, otra profesora de Herminia, decía que las mujeres son torpes cuando les falta la asistencia de Dios.

Mala entraña es una obra llena de humor. Los nombres de las vacas de las hijas de Benigna son una prueba de ello, pues la inventiva de Fontana parece no tener fin. Además, cuando se habla de la vida del pueblo de Graci, se dice que hay vecinos y vecinas hasta debajo de las piedras: «la CIA y el KGB serían felices aquí. Menudo vivero». El pueblo de Graci se llama Siete Revueltas, pero durante un breve periodo de tiempo Franco le cambió el nombre a Villanueva de Mulas, lo que engarza con la crítica al abandono sistemático del mundo rural a lo largo de los años y de los diferentes gobiernos. En estas páginas se menciona el pueblo donde Fontana localizó su anterior novela, Benapujarra, y también una zona real, las Buitreras, que parece ser un vertedero donde se esconden secretos y, quizás, cadáveres.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Las tres hijas de Benigna son gemelas y solo se diferencian porque una es más corpulenta que las otras dos. Funcionan como una mente colmena, como una sola figura, como un animal de tres cuerpos llamado Analía que ataca la mente con recuerdos y emociones. Todo esto me ha recordado a Claus y Lucas, de Agota Kristof. Por otro lado, a la consulta de Herminia acuden también personas que quieren encontrar a fusilados en la guerra civil española, sobre todo en las cunetas. Esta mención a la memoria traumática de España me ha recordado a pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz.


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