Feria (Círculo de Tiza, 2019), de Ana Iris Simón.

A la narradora de Feria (Círculo de Tiza, 2019) le da envidia la vida que tenían sus padres, aunque más humilde y a veces con dificultades económicas. Eso no quiere decir que nosotros, los jóvenes, no tengamos esas dificultades y además vivamos en una época que gira en torno a la modernidad, el individualismo y el capitalismo feroz, que nos dan una peor calidad de vida. Continúa diciendo que sus padres con su edad (la treintena) tenían hijos, hipoteca y pisos en propiedad «porque era lo que había que hacer, seguramente. Pero también porque podían hacerlo».

Esta es la idea principal de la obra de Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1991) prologada por Pablo und Destruktion. La gente de antaño tenía una idea muy clara de progreso y tiraban hacia adelante, mientras que a nosotros (los jóvenes, la autora, yo mismo) parece que nos cuesta, que hemos crecido con la crisis y que no podemos aspirar a lo que ellos, o que dedicamos dinero, tiempo, fuerza a otras cosas pero aun así nos faltan herramientas económicas para poder hacer lo mismo que ellos.

En esta obra, dividida en varias partes con capítulos y que incluye imágenes, Simón narra sus recuerdos de niñez a través del relato de memoria familiar de sus abuelos feriantes, que cada vez «tenían más trampas y menos perras», y de sus abuelos campesinos, que le legaron el apego y el amor a la tierra. Hace un esbozo de la evolución de su familia al mismo tiempo que la de España, haciendo constantes comparaciones entre generaciones.

Este es el retrato de una sociedad en una determinada época como fue esa España de finales de los 90. Esa España en la que el euro sustituyó a la peseta, en la que se podía fumar dentro de los sitios, en la que se asesinó a Miguel Ángel Blanco y en la que había supermercados con luces LED mientras que el mercado, como dice la narradora, olía a animales muertos y a lejía. El propio padre de la narradora detesta el Burger King y el Actimel y es más de ir al mercado a comprar. Es decir, estaba «siendo testigo del fin de España, del fin de la excepcionalidad».

Ser niños es guardar secretos, y nos hacemos adultos cuando pensamos que todo tiene que contarse, que todo merece la pena ser contado. Por eso, la narradora reflexiona sobre aquellos que fuimos en épocas pasadas, sobre aquellos que fueron a nuestro alrededor, cómo podría haber sido la vida de esas personas si hubieran tenido la oportunidad de estudiar. Porque si, como creía el tío Hilario, no existe Dios, lo único que nos queda para seguir vivos es la memoria. Cuando muere algún familiar, con él se va parte de los recuerdos de la patria que es la familia. Por tanto, sigamos contándonos las historias de nuestro entorno para no olvidar a aquellos que ya no están.

La narradora se llama Ana por su madre e Iris por la mensajera de los dioses de la Ilíada de Homero. Para más inri, es hija de dos trabajadores de Correos. Dice que su padre vivía en las historias que le contaba a ella y en las historias que se contaba a sí mismo; en definitiva, todos vivimos en las historias que nos contamos. Porque en esta vida, como dice una canción de El último de la fila, «no hay otros mundos, pero sí hay otros ojos». Se trata de mirar la vida con otros ojos, las diferentes perspectivas que el mundo nos ofrece.

La obra comienza en un parque acuático, con la infancia de la narradora, que no llama «mamá» a su madre, sino por su nombre de pila, es decir, Ana Mari, que tuvo un aborto antes de ella y otro después. Decidió llamar a su madre por su nombre porque no fue una madre al uso y además, como una vez la definió su padre, la Ana Mari, como el universo, se expande, y por ende va más allá de la palabra «mamá». Los padres de la narradora se divorciaron cuando ella tenía doce años. En su casa, su madre era creyente pero estaba en contra de la Iglesia y su padre era ateo monoteísta. La narradora empieza a sentir curiosidad por la religión y acude a ella sin haber hecho la comunión y sin estar bautizada, cosa que haría más tarde. Esto contrasta con la tradición comunista de su familia paterna. Sobre el amor a su hermano, la narradora dice que el amor consiste en la admiración, en ver en otro la verdad o la perfección del mundo y, sobre todo, en no llegar a entender lo que se siente ni explicarse el porqué. Ella siente pleno amor y devoción hacia su hermano Javi.

También desarrolla cómo fue la guerra civil entre sus familiares y la manera en que estos se ganaron la vida en la posguerra. Sus abuelos siempre fueron feriantes, un oficio que determinó el carácter de su familia materna y que le influyó a ella también. El abuelo Gregorio decía que la feria ya no es como antes porque la vida se va convirtiendo cada vez más en una feria (o en un circo, eso lo añado yo). La narradora reconoce que se avergonzaba de decir que sus abuelos eran feriantes por si los demás se creían que eran gitanos, algo que ella entendía como malo, y pensaba que podía ser rechazada. Con el tiempo, dejó de avergonzarse y se convirtió en motivo de orgullo, y también dejó de hacerlo que su madre escuchara flamenco, desde Los Chichos hasta Tijeritas, Remedios Amaya o Lole y Manuel.

Sus abuelos, figuras de peso en esta historia, también hablan sobre la juventud, por ejemplo, en referencia a la baja natalidad de sus nietos. La narradora reconoce que quiere tener hijos, pero no por ser madre, sino por darle descendencia a sus padres, a sus abuelos, a sus bisabuelos, y mostrar a sus hijos todo lo que ella aprendió: las mismas vivencias y las mismas costumbres familiares. Una vez, el abuelo de la narradora plantó un árbol y le dijo que cuando él faltara, podría decir señalándolo que ese lo había plantado su abuelo y que por tanto esa sombra era para ella; un detalle nostálgico y entrañable.

Con frecuencia en la obra, empuña el hacha de guerra y hace críticas repentinas y muy pero que muy directas y feroces a determinadas dinámicas, pensamientos y corrientes de la actualidad, como lo políticamente correcto. Con pensamiento de clase, la narradora critica las motos que nos venden sobre progreso que en realidad es propaganda barata y somnífera para callar a los obreros. O a los señoritos que le explican a los obreros quiénes son, un mansplaining de clases. Y es que en La Mancha y en el mundo entero quedan pocos quijotes, aunque nunca hubo muchos.

Esta obra trata temas como la familia, la memoria, la precariedad y otros más específicos como la providencia divina y cómo nos pone en la vida de determinadas personas y con el paso del tiempo nos va acercando o alejando de ellas al igual que lo hace con los recuerdos. En este texto hay impresa una nostalgia de los tiempos de antes, de su infancia, de cómo cambia y del cambio en las tradiciones, las costumbres y la ilusión de la gente por ciertas cosas, mientras otras van desapareciendo por el interés que se pierde. El tiempo, dice la narradora, es ir despidiendo a seres queridos y alcanzar la edad con la que nuestros padres nos tuvieron.

Feria es un canto a una España rural y a las generaciones que vivieron en ella, que la trabajaron y que se marchan, dejando su recuerdo en los que vienen detrás. Simón escribe sin tapujos ni pelos en la lengua y pone un espejo ante los ojos del lector para que nos demos cuenta de en qué consiste la modernidad y de lo que dejamos atrás con el desvanecimiento de la época anterior. También habla sobre la diferencia entre la vida en el pueblo y en la ciudad, el sentido de comunidad y el arropamiento de la familia.

La obra despierta en el lector un sentimiento de reencuentro más que de pérdida; de anhelo y de fe más que de desesperanza. Pese a las críticas que tuvo y el revuelo provocado, creo que estamos ante uno de los mejores libros en español de nuestra época. Como se dice en él, lo que realmente amas nunca te será arrebatado, porque es tu verdadera esencia, así como las historias, aquello que has vivido, los recuerdos de la familia y estar en torno a tus seres queridos con las tradiciones, el lenguaje y la historia compartida. La historia con hache minúscula y con hache mayúscula, porque los nombres propios de las personas que te rodearon conforman tu propio edificio, que se mantiene en pie gracias a la memoria.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Me ha recordado a Vozdevieja, de Elisa Victoria, en cuanto a la narración de la infancia de la narradora mujer en esa España que empieza despertar y que entra en el euro, que se asienta en la europeidad. Evidentemente, que se menciona una feria me ha recordado a la copla Soy una feria de Gracia Montes. Por otro lado, a la madre de la narradora le gusta José Bono y a la bisabuela Adolfo Suárez. Esto me recuerda que a mi bisabuela María le gustaba Felipe González y llevaba una foto suya en la cartera porque decía que le había dado una paga y que era muy guapo. Es curioso el apego de mujeres de más de cincuenta años en los años ochenta y noventa hacia los políticos varones de inicios de la democracia.


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