Agujero (Impedimenta, 2021), de Hiroko Oyamada y traducido por Tana Oshima.
Me dispongo a leer el libro. El diseño de la cubierta es muy bonito: sale una mujer joven de tez pálida junto a unas flores blancas. No puede haber nada tenebroso en esta novela. Sin embargo, el título me hace sospechar —cuando pienso en un agujero me imagino un hueco oscuro que alberga lo desconocido—, y la sinopsis termina de confirmar lo que creía: Agujero (Impedimenta, 2021, con traducción al castellano de Tana Oshima) no es una novela inofensiva.
Esta obra de Hiroko Oyamada (Hiroshima, 1983), galardonada con el Premio Akutagawa y dividida en tres partes, está protagonizada por Asahi, una joven que va a vivir cerca de sus suegros, en una aldea, porque a su marido le han ofrecido un puesto de trabajo en la zona. Su marido y sus suegros no están en casa durante el día, tan solo el abuelo de su marido, que se dedica a regar y está sordo, así que Asahi se desespera entre las paredes de su nuevo hogar. No trabaja, su casa está lejos de todo y carece de coche. Sin quehaceres, su aislamiento se agrava, y su agobio crece aún más por el calor sofocante que hace.
Un día, su suegra le encarga una tarea y Asahi sale de casa. Avista un animal extraño, no se parece a ninguno que ella conozca, así que decide seguirlo, pero de repente cae en un hoyo, del que sale con relativa facilidad. Sin embargo, a partir de su caída en el agujero Asahi comienza a tener experiencias extrañas. Por ejemplo, la actitud de algunos personajes como el abuelo, la vecina Sera u otros que aparecen con el paso de las páginas desconcierta a la protagonista y le dan un toque «creepy» a la historia.
Agujero es una novela que, pese a lo bizarra que pueda resultar, presenta una historia contemporánea y trata asuntos como la precariedad de los jóvenes (en concreto de la protagonista), la complejidad de la rutina, las relaciones personales, las emociones, la salud mental y la convivencia entre jóvenes parejas que deben lidiar con sus trabajos y sus sueldos mientras intentan tener hijos. Oyamada analiza el concepto de familia, qué lugar tenemos en el mundo y qué caminos elegimos para desarrollar una historia con toques de realismo mágico.
Hay cambios importantes entre la primera parte y las dos siguientes, sobre todo en cuanto a narradores y a la forma de introducir los diálogos. Además, la protagonista evoluciona con el paso de las páginas. Aunque las conversaciones que los personajes mantienen entre sí parecen banales, típicas del contexto o de las reuniones sociales, nunca sabes cuándo puede ocurrir algo. Asimismo, el lector percibe con nitidez la confusión y las alucinaciones de la protagonista ante algunos acontecimientos. Es una novela que está bien escrita, pero va de más a menos y pierde algo de interés conforme pasan las páginas. Al final, el lector advierte que el agujero en el que cayó la protagonista no es aquel que había en el suelo mientras seguía al animal, sino otro más profundo y oscuro, uno no físico que guarda dentro de sí.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado a otros libros y a alguna película. En general, me recordó a Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988). La primera parte me ha recordado a la película Déjame salir (Jordan Peele, 2017). He de aclarar que, en cuanto a argumento, no se parecen en nada, pero las comparo porque ambos me han hecho sentir la misma sensación de angustia y confusión, de que podría ocurrir algo en cualquier momento. La segunda parte me ha recordado a un capítulo de Black Mirror. No por la rareza de lo que ocurre, sino por la rareza de lo que no ocurre. Sé que suena raro, pero así es. Hay una parte al principio de la novela en la que la protagonista habla con una compañera de trabajo durante un descanso sobre la precariedad laboral que sufren al ser empleadas temporales y no fijas, y esto me ha recordado a las conversaciones que la protagonista de El Evangelio, de Elisa Victoria, mantenía con otra compañera de trabajo precisamente sobre los mismos temas. Vemos que la precariedad laboral que sufren los jóvenes, ya sea en España (en el caso de Elisa Victoria) o en Japón (en el caso de Hiroko Oyamada), es tema de conversación y de preocupación en la narrativa contemporánea.

