Los años oscuros (Editorial Dieciséis, 2020), de Eva Gallud.

El mundo actual es aterrador, aunque por suerte hay obras como Los años oscuros (Editorial Dieciséis, 2020) que te reconcilian con el mundo. La frase inicial la he sacado de la propia novela, que conste, que tan pesimista no soy, aunque un poco sí. Yo ya conocía a Eva Gallud (Madrid, 1973) por su faceta de traductora. La seguía —y sigo, creo— en redes sociales porque a veces habla sobre libros, claro. Y ahora me he lanzado a leer esta novela suya que, sospecho, tiene mucho de realidad.

En ella, la protagonista busca su identidad y camina entre cafés, como una flâneur, mientras contempla y padece la enfermedad de su padre. Ella y él, después de muchos años, se han reencontrado, parecen haber hecho las paces de forma tácita e implícita. Ahora, esa relación padre-hija se agudiza por la enfermedad de este. Ella le asiste y visita en el hospital, y a partir de este reencuentro ella viaja a sus recuerdos de niñez para reconstruir una historia que creía en ruinas y que, sin embargo, estaba esperando su momento en la memoria.

La protagonista analiza la ausencia durante años de su padre mientras pasea por las calles de Madrid y vive algunas situaciones que la llevan al pasado y, al mismo tiempo, la evaden de la pesada carga de los recuerdos. Así, a través de cuarenta y cuatro capítulos breves narrados en primera persona, la protagonista nos guía por su actual situación familiar.

Los años oscuros es una novela circular que no esconde nada, puesto que al comienzo cuenta lo que ocurre, y luego lo desarrolla deteniéndose en esos detalles que conforman las vidas de las personas. Aquello que se cree inexistente y olvidado vuelve para quedarse. Igual que la figura paterna regresa a la vida de la protagonista, y de qué manera. Por eso vuelve al pasado, para descubrir y comprender la situación actual de su padre, y la suya propia. Trae al presente los recuerdos y entiende que todo depende, como cantaba Jarabe de Palo.

Esa relación entre padre e hija se entrelaza en una historia incómoda, como todas las relaciones que no se alimentan y se van oxidando con el paso de los años. Solo queda pensar en crear o destruir los vínculos cuando su estructura ya lleva un tiempo derruida, casi en ruinas, sobre la grava y el olvido. La narradora también aprovecha para analizarse a sí misma y a la actitud y al comportamiento de su padre para con ella durante toda su vida, concretamente en la última etapa.

¿Quién quiere ser visto tal y como es?, se pregunta la narradora, y es que ella es una mujer que vive en un vaivén emocional y que ahora afronta la enfermedad de su padre con aplomo y toda la sabiduría que la experiencia vital le ha otorgado. A través de la introspección que hace en su soliloquio conocemos su historia familiar, así como esa etapa borrosa de su vida, la que va desde 1987 a 1995. Entre esos años, la narradora recuerda menos cosas, hay más vacíos, y por eso los llama «los años oscuros». Y de ahí el título.

A esto se une la sensación de llegar tarde a todo y de querer volver atrás para recuperar ese tiempo. Un tiempo de ausencia paterna que ha aprovechado, por cierto, para descubrir su identidad sexual y para aprender a saber quién es en realidad y a qué se quiere dedicar en la vida. No quiere perderse, y por eso se agarra a las treguas de calma y etapas de ajetreo. Y, de vez en cuando, se obliga a recordar.

Cada uno vive en su pequeña burbuja de prejuicios y ambiciones, ignorando quién se sienta a nuestro lado en el autobús o en el bar. Gallud, en esta novela, retrata al ser humano con lirismo y una fuerza narrativa que aporta mucha veracidad. La narradora relata su propia vida mientras su padre está ingresado en el hospital. Sus idas y venidas, sus rutinas, sus pensamientos y los sucesos que le surgen por generación espontánea suponen un empuje para la narración, aunque no hace demasiado hincapié en recuerdos de antaño, más bien sobre el presente.

Los recuerdos de la infancia son una ensoñación. Son gelatina que se rompe con facilidad. Por eso, la narradora intenta recomponer las piezas del puzle que ha sido y es su padre y destaca el valor de la compañía, la necesidad de cuidado durante la enfermedad, los vínculos y la reconstrucción de estos antes de la muerte, que todo lo iguala. Quién cuidará de mí cuando enferme, quién me abrirá la tapa del yogur, se pregunta la protagonista. A veces queda vivir sin más pretexto que el de seguir existiendo.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): Este libro me ha recordado un poco —muy poco, de hecho, pero algo sí— a Secretos, de Mara Mahía. Me atrevería a afirmar, sin temor a equivocarme, que esto se debe a que leía ambas novelas una detrás de la otra y a que ambas pertenecen a la misma editorial. Sin embargo, quería destacarlo. Además de a Secretos, Los años oscuros me ha recordado, sobre todo al principio, a Las cuentas pendientes, de Ana Matallana. No a nivel temático ni estructural, sino porque en ambas hay una mujer protagonista y un padre que ha muerto, además de un reencuentro entre ambos, que mantenían una relación, digamos, difícil.


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