Autor/a extranjero/a · Poesía

Larvalar, de Dolan Mor

Larvalar (Candaya, 2022), de Dolan Mor.

Un buen poema se escribe en cualquier sitio y lo importante es el camino, no la meta. Eso dice la protagonista de Larvalar (Candaya, 2022), un libro de difícil clasificación que engloba poemas, relatos, dibujos… en definitiva, un poemario experimental que trata temas como la enfermedad, la muerte, el suicidio, el amor, la realidad, la invención y lo surrealista. Al final, es el lector el que define por sí mismo qué clase de obra acaba de leer. O puede acabar tan impactado que no sea capaz ni de eso.

En 2011, la revista estadounidense Review dijo que Dolan Mor (Cuba, 1968), residente en España desde 1999, era una de las voces más representativas de la poesía cubana actual. En este poemario, que va más allá de lo tradicional, Mor explora lo que entendemos por realidad. Comienza con una introducción en primera persona donde ¿el autor?, ¿la narradora? —sí, la narradora, creo— se confiesa y dice que empezó a escribir el libro en el peor momento de su vida. Debido a la situación económica y al estado de su matrimonio y su hogar, tuvo deseos suicidas. Y luego el libro. Y bum.

La narradora, que dice llamarse Orlando Mora, un nombre que comparte bastante parecido con el del autor, escribe a partir de extrañas ensoñaciones que tuvo cuando cayó dormida una noche. Se dice: «la realidad es una cabeza con muchos cabellos y la literatura es un simple pelo sobre la cabeza», así que el lector asiste perplejo a la contemplación de uno de sus cabellos, una forma de ver concreta.

En estas páginas, se habla sobre escribir poesía comparado con ganar dinero en una ruleta o en un casino y se proporcionan consejos sobre escritura. Por ejemplo, que «todo escritor auténtico es amante de su soledad», que debe alejarse de la fama y que debe jugar o luchar contra aquellos que son más, no contra los que son menos.

La narradora dice de Leopoldo María Panero que «su gran error fue no acabar con su propia vida. Sus días fueron de una maravillosa locura, pero su muerte fue un desastre». Sobre el título de su libro —Larvalar—, reconoce que le gusta, porque además de «lar» significa «larva», es decir, metamorfosis, y también «valar», los personajes de los libros de J.R.R. Tolkien.

Aparecen correos electrónicos que Orlando escribe a una tal Alina Mora. También se incluyen relatos en verso donde la narradora relata el ingreso de su marido en un centro psiquiátrico, su vida matrimonial, su rutina y su lucha diaria. Reconoce que la poesía «en esencia era esto: poner las vísceras llenas de sangre encima de una hoja vacía». Y eso hace. Con mucho lirismo, pero mete las manos dentro de su cráneo y amasa su cerebro, extrayendo el jugo, exponiéndolo a la vista de todos para que ella misma también lo examine y sepa qué diablos hay ahí dentro.

Luego, incluye verso libre y espacios grandes entre palabras o vacíos subrayados para que el lector complete algunas frases. Larvalar, ya de por sí curioso, se convierte en un delirio donde los personajes cambian de sexo de la noche a la mañana y se metamorfosean —«larva», recordemos. Hay ilustraciones de piezas de puzle encabezando las partes de la obra, que habla de la literatura, del azar, de la búsqueda del sentido de la vida, del arte de escribir, del proceso creativo, de las flores, del sexo, del erotismo y del origen biológico de las cosas.

«Puede que al menos duerma escribiendo y que sueñe que el cielo es solo un vaso de leche por las noches y que vivir si es niño le resulta posible», dice Orlando, o Dolan, u otra persona, o todos a la vez. Padece la soledad, «lo maravillosa que resulta cuando la elegimos nosotros y no cuando la vida nos la impone». Entre Cuba, Zaragoza y Madrid, se mueve un catálogo de personajes desgraciados y atormentados que aspiran a más pero que apenas pueden sacar la cabeza a flote en situaciones trágicas que han ocurrido. Todo ello escrito en el año 2056 por Orlando Mora, o Alina Mora, o Dolan Mor.

Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): No suelo leer obras experimentales. Sí que jueguen con el lenguaje o la estructura, pero no que hagan un batiburrillo de cosas, como es el caso, por lo que apenas me ha recordado a otro libro igual de extraño, pero mucho más extenso y experimental: La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski.

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