Autor/a extranjero/a · Narrativa

Todos los perros son azules, de Rodrigo de Souza Leão

Todos los perros son azules (Sexto Piso, 2013), de Rodrigo de Souza Leão y traducido por Juan Pablo Villalobos.

Hubo una vez una serie de dibujos animados llamada Foofur en la que se contaban las experiencias diarias de un perro de color azul. De color azul también es el perro que da título a este libro tan triste.

El autor brasileño del libro murió joven en una clínica psiquiátrica tras publicar este libro. El narrador del libro también está en un centro psiquiátrico, y sobre ello versan estas páginas llenas de tristeza, de recuerdos, de nostalgia.

El narrador en primera persona nos relatará sus experiencias en el centro y sus problemas. En cierto modo se considera un prisionero de su propia mente desde que era pequeño. Él cree que está allí porque una vez, cuando era pequeño, se tragó un grillo y cree que lleva un chip en su interior desde entonces. Sin embargo, la causa parece ser otra, y es que el narrador y protagonista ha sido el causante de un gran destrozo en casa de sus padres, ha roto muebles y vajilla, y estos se han visto obligados a ingresarlo.

El hospital psiquiátrico está en Rio de Janeiro, y desde allí el narrador también hace alguna referencia a la realidad brasileña del momento. La gente de Brasil, dice, es «pobre, superpobre». «Todo se volvió Van Gogh», se titula el primer capítulo, y en él encontramos reminiscencias que nos trasladan hasta la vida del autor. «Estoy podrido. Puerco. Inmundo. Soy salvaje», se dice a sí mismo. Estas palabras y otros calificativos se echa a la espalda en la que es una gran autocrítica contra su propia persona y contra su obesidad.

De niño, el narrador tenía un perro azul. Ahora, según dice, eso es lo único que le queda, como su madre, cuya figura idolatra. Aunque en cierto modo el lector la ve lejana, el narrador la dibuja con adoración.

Quien lo internó allí fue su padre, pero dice que no le guarda rencor. No acepta las medicinas que allí le imponen, y critica el mal trato que recibe por parte de los médicos. La clínica, además no es ninguna maravilla. Sin embargo, «la mayoría de los médicos son buena onda», asegura. Esas medicinas le hacen delirar, y por momentos sueña despierto con Rimbaud y Baudelaire, a los que considera como sus únicos amigos. Rimbaud y el narrador pasan horas hablando.

Además de estos dos personajes imaginarios que se construye, el narrador nos hace un retrato de las personas que encuentra allí dentro, apodándolos a veces. Al final de la obra, el narrador dejará la medicación y saldrá de allí para volver a su casa, con su madre y con su perro azul. Dejará de ver a Rimbaud y Baudelaire. El último capítulo, por su parte, es un delirio del protagonista en el que él mismo se erige como mártir y salvador de los que piensan como él, y se convierte en una historia rocambolesca —como si lo anterior no lo hubiera sido— de la que el propio lector quiere salir para respirar aire fresco.

El protagonista no tiene nombre, aunque casi al final de la obra se le nombre Rodrigo, casualmente como el autor. No hay en este libro diálogos al uso, puesto que están incrustados en la narración. Lo que sí hay en alguna ocasión es un leve toque de humor que da luz entre tantas oscuridad. Este es un libro riquísimo en matices. Sin embargo, el traductor tomó la decisión de no introducir notas a pie de página, sino todas juntas al principio de la obra, para no romper la magia de la lectura y el ritmo. No es una historia rápida ni trepidante, pero conviene leerla de seguido.

Es un libro sin mucho orden, con saltos constantes que, sin embargo, dan coherencia al relato de un internado en un centro psiquiátrico. Toca muchos temas como el amor, la religión —es ateo— y la locura. Aquí, un elemento de gran importancia también es la vida y la realidad que hay detrás del propio autor.

El registro que se usa mayormente es entre formal y coloquial, aunque en ciertos momentos el narrador emplea vocablos o expresiones vulgares. Su título original, Todos os cachorros sao azuis, se ha traducido literalmente al español al ser considerado un elemento esencial para entender la quintaesencia del narrador y protagonista. Por otra parte, el diseño de cubierta —Self portrait, de Francis Bacon— es un reflejo de lo azul que se sentía por dentro el narrador. El azul significa frío, tristeza, y así es como él se siente.

Esta obra recuerda inevitablemente a otras de igual temática como La otra verdad, de Alda Merini, o Notas desde un manicomio, de Christine Lavant, con algunas diferencias. La obra de Souza Leão no es un muestrario más de una vida anónima, sino el complejo entramado mental de una persona que podríamos ser cualquiera de nosotros. Ahora veo su fotografía, tan joven, y me entristezco, me pongo azul.

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