Autor/a extranjero/a·Narrativa

A propósito de Abbott, de Chris Bachelder

A propósito de Abbott (Libros del Asteroide, 2012), de Chris Bachelder y traducido por Ismael Attrache.

En un capítulo del libro se dice que Charles Darwin aseguró una vez que, si se casaba, no podría disfrutar de los libros, los viajes, etcétera. Esto lo dijo antes de casarse, porque un año después lo hizo y reconoció que era lo mejor que le había pasado.

Abbott es profesor universitario. Compagina su actividad en el campus con el cuidado de su hija de dos años y de su mujer, embarazada y necesitada de descanso y silencio. Por tanto, tiene todos los ingredientes para convertirse en una historia que despierte sonrisas por la vida que lleva Abbott. Sin embargo, a mí me ha desencantado.

El autor es un escritor de cierta relevancia en Estados Unidos. A propósito de Abbott es, sin embargo, su única obra traducida al español, que cosecha buenas críticas entre sus lectores en su lengua de origen. Una historia que parece brillante sobre la paternidad se convierte en un difícil laberinto, y no porque resulte confusa, sino porque el lector siente que no llega a ninguna parte, que solo da vueltas y más vueltas en torno a un concepto.

Abbott es un padre agobiado que echa de menos tener tiempo libre. Si lo hubiera sabido, de hecho, no habría sido padre. «Si tuviera la ocasión, Abbott no cambiaría ni uno de los elementos fundamental de su vida, pero Abbott no soporta su vida», se dice. No tiene tiempo para tener amigos y alguna vez llega a dialogar con personajes imaginarios. Parece un libro adecuado para aquellos que son padres, primerizos o no, y que se han enfrentado o se enfrentarán pronto a la paternidad, pero realmente es un libro que cualquiera puede leer.

Cuando su mujer descansa del embarazo, Abbott sale a pasear con su hija. O planea juegos con ella. Un día, hace un pan de plátano en el horno, y otro arregla el pomo de una puerta, aunque con poco éxito. Es un marido y padre, en mi opinión, sacrificado que sin embargo no se encuentra cómodo y no ve recompensado, ni le agradecen, lo que hace. Parece estar ido en algunos momentos, es un personaje pintoresco.

Su mujer, por otra parte, parece no hacerle demasiado caso, está hostil con él la mayor parte del tiempo. A ambos les ha venido todo de golpe. No les viene grande el segundo hijo, pero sí les ha pillado, digamos, desprevenidos. El personaje de ella, que resulta bastante fría, es un digno objeto de estudio para el narrador, que la analiza y juzga implícitamente. El personaje de la mujer y la niña, sin embargo, son muy secundarios con el protagonismo que ejerce Abbott, como es propio de una novela que lleva su nombre en el título. La novela termina, finalmente, el día 31 de agosto, cuando nace la segunda hija.

La novela se divide en tres partes: una que se desarrolla en junio, otra en julio y otra en agosto. A partir de capítulos brevísimos que son una especie de diario, Bachelder nos presenta una obra que —por si tuviera poca espesura— no contiene ni un punto y aparte. La narración se lleva a cabo en el mismo párrafo, solo separada cuando se cambia de capítulo, lo cual, por suerte, ocurre con mucha frecuencia. Y los diálogos, que podrían resultar una gran oportunidad para desahogar una historia como esta, se incrustan en esta narración y forman parte del bizcocho en el que hay, por cierto, muchas frases telegráficas.

Aunque está narrada en tercera persona, la novela nos transmite el punto de vista del protagonista, aunque el narrador omnisciente nos desvela en exclusiva algo más de lo que ocurre alrededor de Abbott y que él parece no percibir. Con algún toque de humor, la narración pretende ser graciosa sin éxito, al menos en mi opinión, y queda una historia casi paternalista.

En esta novela encontramos la paternidad como tema principal, y todo lo que esta implica: paciencia, sacrificio, amor, cariño, dedicación, evolución y avance… Me recuerda, en cierto modo, a Cáscara de nuez, de Ian McEwan, porque las mujeres de ambas novelas están embarazadas y todo gira en cierto modo a los vástagos de los protagonistas, aunque las historias son bastante diferentes.

Con una coherencia temporal indiscutible, el título de la obra recuerda a esa forma de titular de aspecto personal como también lo es Tenemos que hablar de Kevin. El diseño de cubierta, por su parte, muestra una escena cotidiana de la vida de este protagonista, agobiado por las tareas del hogar y el cuidado de la hija.

Aunque la novela se aleja de arquetipos argumentales para construir una novela sobre la cotidianidad, quizás resulta insípida a ojos de un lector que espera algo más.

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