Autor/a español/a·Narrativa

"El príncipe destronado", de Miguel Delibes

El príncipe destronado (Austral, 2014), de Miguel Delibes.

Nuestra infancia es un paraíso perdido, como el de John Milton. Solo que aquella fue real, pasó y no volverá. Con una introducción extensa de Antonio Gómez Yebra, El príncipe destronado se abre como una flor, como uno de esos cuentos de antaño en los que resonaba el iniciático Érase una vez.

Esta novela se publicó durante el franquismo y el título, según nos cuenta Gómez Yebra, sonó mal porque parecía que se refería a Juan Carlos I, que era el heredero al trono para cuando falleciera Franco. Sin embargo, consiguió pasar esa censura y se publicó. Más que el título, hay reminiscencias pacifistas en su interior que suponen una mayor crítica a cualquier guerra o régimen dictatorial.

Protagonizada por un niño de tres años llamado Quico, esta novela transcurre durante doce horas de un día cualquiera en la vida de Quico y su entorno. Desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche, el lector será protagonista, al igual que el propio Quico, de multitud de anécdotas, experiencias, diálogos y sucesos.

Esta edición contiene algún que otro dibujo realizado por el hijo del escritor cuando tenía una edad aproximada a la del protagonista Quico. El príncipe destronado se titula así porque, un día, Quico es efectivamente destronado. Nace su hermana Cris y, como es de suponer, todas las atenciones son hacia ella y él pasa a un segundo plano, deja de ser el rey de la casa.

El personaje de Cris, al ser una bebé, apenas interviene si no es para expresar algún intento de palabra. La madre de Quico, sin embargo, es quizás el segundo personaje más potente tras el protagonista. Se nos define como una mujer agobiada, de carácter fuerte, sometida al mandato de su marido y relegada al cuidado de los hijos, que no son pocos precisamente. Merche, la madre, está cargada de paciencia porque Quico llega a resultar exasperante al lector y así lo refleja narrativamente el autor.

Las doce horas transcurren en la casa de Quico, excepto en dos ocasiones en las que salen de casa. La pasión del niño está en llamar la atención a la madre, y para ello Delibes realiza un examen minucioso de la infancia como ya lo había hecho en otras obras como Mi idolatrado hijo Sisí, El camino y Las ratas.

Quico, y los niños pequeños en general, en realidad, se da cuenta de muchas más cosas que, a veces, creemos que ignoran. Que sean pequeños no les exime de no saber de lo que los adultos hablan, lo que sienten e incluso lo que piensan, más bien al contrario, puesto que lo ven con su mirada límpida y desprejuiciada.

Aunque está situada temporalmente en los años 60, hay ecos de Guerra Civil, como no podía ser menos en una obra de Delibes. Por ejemplo, el padre de la familia —que está la mayoría del tiempo ausente y que quizás es infiel a su mujer— le cuenta a Quico que él luchó en el bando nacional y que mató alrededor de “cien malos”. El padre, aunque aparece poco, saca a relucir constantemente su carácter horrible, déspota y autoritario. Quizás por ello el lector empatiza con Merche y se pone de su lado en las rencillas matrimoniales de las que es testigo.

Llevada al cine con el título de La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), los personajes son coetáneos con la actualidad de la época. La novela sigue un orden cronológico, un ritmo rápido de ajetreo de las tareas del hogar y se definen los personajes a partir de la multitud de diálogos que encontramos en ella y que agilizan la narración.

La narración en tercera persona aporta una visión que de haber sido en primera quizás resultaría más limitada y angosta. Aun así, Quico dice palabras en sus diálogos que no le corresponden a un niño de tres años —al resultar demasiado formales o cultas—. Sin embargo, la verosimilitud de las conversaciones ayuda a empatizar con el pequeño y al final su presencia se hace casi física: podemos sentir a Quico a nuestro alrededor.

Delibes vuelve a cometer el tan temido laísmo en una obra brillante que, aunque no sea de sus novelas más famosas ni reconocidas, quizás por su sencillez merecería más méritos. Cabe destacar que no me ha resultado nada naíf, algo que podría haber ocurrido.

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