Autor/a español/a·Narrativa

"Fin", de David Monteagudo

Fin (Acantilado, 2009), de David Monteagudo.

Si uno se fija solo un poco en las reseñas de esta novela en la red social sobre libros más grande del mundo —estoy hablando indudablemente de Goodreads—, la sorpresa que se lleva es grande. Sobre este libro hay críticas duras, henchidas de dolor, lectores aparentemente dañados por haber leído este libro y haber sido decepcionados, casi golpeados, por él.

Yo ya leí hace un tiempo Brañaganda, del mismo autor. Lo comencé con pocas expectativas —tengo la mala costumbre, lo admito y pido perdón, de no confiar en las obras de autores poco conocidos o con malas críticas de la gente—, pero terminó convirtiéndose en uno de mis libros favoritos. Fin lo comencé con otra visión, pero con la decepción pisándome los talones por lo leído en la susodicha red social.

Ahora puedo decir que, en general, Fin ha sido una gratísima experiencia, un libro al que le ha faltado poco para convertirse en otro de mis libros favoritos —quien me lea poco creerá que doy títulos de Libro Favorito a diestro y siniestro y no es así, puesto que de más de 400 libros que he leído, mis favoritos son apenas 45—.

Fin es una novela —podríamos decir— postapocalíptica. Narrada en tercera persona, en ella nos encontramos con un grupo de amigos de la juventud que decide reunirse tras veinticinco años en un lugar donde, hace un cuarto de siglo, compartieron experiencias. Entre sus personajes están Hugo, Cova, María, Ginés, Nieves, Ibáñez, Amparo, Rafa, Maribel y un personaje al que apodan El Profeta y que le generará tensión y misterio al lector, que deseará verlo aparecer cuanto antes.

La reunión se vislumbra amistosa, pero sobre ella se cierne una anécdota, un cuarto de siglo atrás, en la que el grupo de amigos se unió contra El Profeta, ese hombre que siempre fue tan extraño y al que le sentó tan mal aquella broma que le hicieron. A partir de una serie de acontecimientos que se van sucediendo en la casa donde se reúnen —alejada de cualquier núcleo de población o, lo que es lo mismo, en el campo—, el grupo de amigos cree que todo aquello es un castigo que les impone El Profeta, de nombre Andrés, que no ha ido a la fiesta y que puede estar vengándose de ellos por aquello que le hicieron hace tanto tiempo.

Monteagudo define a los personajes con brillantez, teniendo en cuenta la dificultad para sobrellevar una novela postapocalíptica y tantos personajes al mismo tiempo. Dibuja, por tanto, un amplio elenco de protagonistas, piezas a las que el autor sabe colocar sobre el tablero, cada uno de ellos con su psicología, sus problemas personales y familiares, su opinión sobre el resto, sus ideologías…

Se generarán, así, conflictos parecidos a los de películas como A quién te llevarías a una isla desierta, donde lo que parece un juego terminan siendo disparos de sinceridades que provocan rencillas entre los personajes. El libro y la hermandad, de Iris Murdoch (Impedimenta), también tiene esa similitud en lo que se refiere a una reunión de amigos donde salen a relucir aspectos del pasado, algunos más deseables de ser contados que otros y que producirán discusiones, lágrimas o insultos.

En las primeras 50 páginas, uno de los coches que va camino del encuentro a la casa del campo choca con algo que parece un animal grande y desconocido, lo que recuerda inevitablemente a Brañaganda, una historia que giraba en torno a un hombre lobo. A partir de esta escena, el autor atemorizará al lector.

La luz se la casa se irá, el cielo pasará de estar nublado a totalmente despejado en apenas segundos. Los numerosos diálogos agilizan la historia y dan dinamismo a unos personajes que se muestran cautos, pero con la impresión de que algo no va bien y que se enfrentarán a los temores de la naturaleza. No funciona nada eléctrico, ni móviles, ni relojes, y los analógicos se han parado. Todos. No hay nadie en las casas ni urbanizaciones colindantes, y el resto de la novela consiste en la búsqueda de algún resto de civilización que les dé una explicación o que alivie sus peores presentimientos.
Conforme avanzan de camino a la población más grande que hay a su alrededor, los personajes irán desapareciendo paulatinamente y de la nada, como por arte de magia. Los supervivientes tendrán más miedo y desconfiarán aún más de encontrar una solución.

Monteagudo consigue, así, mantener la tensión, el suspense y el miedo. La historia te invita a ponerte en la piel de los personajes y a plantearte qué harías tú en una situación como esa. Con alguna referencia bíblica y la amenazante presencia de animales salvajes, el autor concluye la novela con un final muy abierto que molesta —y que es la causa del grueso de las críticas negativas, creo—, pero que tampoco es motivo como para desechar o denigrar una novela que, al menos para mí, es muy buena en general.

No quedará piedra sobre piedra, se dice en la Biblia. Y Monteagudo tampoco títere con cabeza a raíz de la crítica social que expone, sin demasiada mordacidad ni ensañamiento, cuando retrata a ese grupo de amigos desesperados por sobrevivir. Monteagudo es un autor de finales difíciles. Ya lo vimos en Brañaganda, donde dejó cabos sin atar sobre los que me gustaría poder preguntarle algún día.

Fin es una novela en la misma línea que Los últimos, de Juan Carlos Márquez, o Los huérfanos, de Jorge Carrión, donde no hay grupos de amigos, más bien de vecinos y desconocidos respectivamente, que sobreviven, o bien vagando o bien encerrados en un búnker, al apocalipsis. Solo que esta obra es, a mi parecer, mejor. Quizá no tanto por la forma de narrarla o el talento del autor, sino por cómo llega al lector, por su facilidad, por tensión absorbente. Por desgracia, el final tan abierto impidió que le diera las cinco estrellas en Goodreads a esta obra que, con otra conclusión, sería mi libro favorito número 46.

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