Autor/a extranjero/a·Narrativa

“El acoso”, de Alejo Carpentier

Apretando el paso, andaba el acosado de sombra de columna a sombra de columna, sabiéndose cerca del Mercado, donde crecían, a esta hora, montones de calabazas, plátanos verdes y mazorcas amarillas, cerca de las jaulas por cuyas rejillas pasaban los pavos sus cabezas de tulipán polvoriento. Más allá, en la acera de las casas de empeño, siempre iluminadas como para sarao, con sus sillas de mimbre colgadas de los cielorrasos, sobre un gran desorden de relojes de péndulos, consolas y aparadores, de donde emergía, extraviado, el mástil de algún contrabajo o un macetón policromado.

El acoso, de Alejo Carpentier

El acoso (Seix Barral, 1985), de Alejo Carpentier, es un libro que, claro está, no es la obra magna de Carpentier, sino una de sus tantas novelas, que por no serlo no genera menos interés y tampoco tiene menos calidad literaria.

En esta novela nos encontramos con un hombre cuya sombra se nos escapa de las manos en cada página y nunca terminamos de adivinar su silueta. En plena dictadura cubana, oculto en un teatro y perseguido por vasallos del régimen que lo acechan desde cerca, esta sombra se arrastra para salvar la vida. En un teatro de la capital cubana, la población pudiente contempla una sinfonía de Beethoven mientras fuera la lluvia y el petricor inundan el ambiente.

La sinfonía se desarrolla en un tono calmado con un cariz épico tal y como le corresponde a una sinfonía titulada Eroica, y el ritmo va subiendo progresivamente sin llegar al apoteosis. Puede decirse que la novela sigue el mismo compás.

Con un lenguaje asombrosamente poético y refinado, Carpentier maneja de manera extraordinaria el ritmo de la acción, dándole rapidez cuando el que narra es el acosado, que crea un soliloquio íntimo y muy tenso mientras se siente observado, aunque a veces más parece una actitud paranoica causada por el miedo.

Aunque la narración se desarrolla en un escenario cerrado, ya sea el teatro o una casa, cuando Carpentier alude a elementos de la naturaleza, animales o incluso a instintos básicos del hombre, pueden verse pinceladas de la narrativa mágica de Gabriel García Márquez o de Juan Rulfo.

Así, Carpentier nos dibuja un retrato fidedigno de la sociedad de la época en un país religioso y anclado a tradiciones y represiones amparadas en el simbolismo cristiano del que habla tanto el protagonista y al que se agarra. Él mismo habla de la muerte sin nombrarla como una oda a la vida y llega a describir una ejecución con una frialdad pasmosa y con una pluma inquebrantable que se mantiene firme en todo momento.

Este libro, a diferencia de otros sobre regímenes dictatoriales en Latinoamérica como El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos; La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, o Muertes de perro, de Francisco Ayala —que es, probablemente, con el que comparte más similitudes— no se fija en la figura del dictador y sus esbirros, sino en la víctima. Habla de las torturas con otra escena macabra y termina de manera circular con un tono que no cesa de ser oscuro y transmitir penumbra allá por donde pasa, dejando un halo pérfido que envuelve la novela en todo momento.

No es un libro brillante, pero sí agudo e inteligentemente escrito que quizás debiera leerse más.

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