Autor/a extranjero/a·Narrativa

La náusea, de Jean-Paul Sartre

La náusea (Alianza & Losada, 1981), de Jean-Paul Sartre y traducido por Aurora Bernárdez.

Algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo. Vino como una enfermedad, no como una certeza ordinaria, o una evidencia. Se instaló solapadamente, poco a poco; yo me sentí algo raro, algo molesto, nada más. Una vez en su sitio, aquello no se movió, permaneció tranquilo, y pude persuadirme de que no tenía nada, de que era una falsa alarma. Y ahora crece.

La náusea, de Jean-Paul Sartre

La náusea (Alianza & Losada, 1981), de Jean-Paul Sartre y traducido por Aurora Bernárdez, es un libro que deslumbra. Esta es una novela sobre el existencialismo escrita por Sartre, ya sabes, ese filósofo francés que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1964 y que se negó a ir a recogerlo. Sí, sí, el que también fue pareja de Simone de Beauvoir, autora del famoso libro El segundo sexo.

Esta es la primera novela de Sartre, y podría decirse también sin miedo a equivocarse que es la más célebre. Está protagonizada por Antoine Roquetin, un francés de mediana edad enfermo de no se sabe qué y que él denomina náusea. Roquetin pasea perennemente por el libro intentando comprender su vida, intentando verle algún sentido. Escrita en forma de diario, esta novela es un retrato personalísimo de Roquetin, que está soltero y que tiene miedo de ello, de la soledad, y esto inevitablemente me recuerda a otro personaje existencialista, esta vez de un cuento de terror de de Guy de Maupassant.

Ni siquiera le encuentra Roquetin sentido a su rostro, «esa cosa gris» que se ve en el espejo y que los demás reconocen como feo. La música parece ser lo único que le hace feliz y que le ayuda a olvidarse de su desazón anímica. Así, se pasea de noche por las calles de un pueblo al que llama Bouville, observa la gente mientras camina en soledad, siendo reflexivo en todo momento, recordando tiempos pasados y preocupándose por el futuro.

El gran Jorge Luis Borges dijo una vez en un poema que había cometido el peor error que un ser humano podía cometer, que es no ser feliz. Algo así le ocurre a Roquetin, que se entristece y se maldice por no haber vivido tantas aventuras como le habría gustado. Entre arrepentido y decepcionado, Sartre expone la historia con un estilo que, al igual que el protagonista, vagabundea, va y viene; erra sin rumbo fijo por los entresijos de su mente y, al mismo tiempo, por las calles de una Francia casi decimonónica.

La historia parece un cuadro como tantos aparecen por estas páginas, o quizás un tapiz que cubre en su totalidad la mente del autor, un pesimista que asegura que existir le horroriza. Alberga un pesimismo que, salvando las distancias, nada tiene que envidiarle al que manifiesta Luisgé Martín en El mundo feliz o, más en su línea temporal, a Cioran en su ultra-pesimista Del inconveniente de haber nacido. Pese a ello, repite la máxima cartesiana de «pienso, luego existo», aunque a su vez siente vértigo de sus pensamientos. Con una escritura descorazonadora, Roquetin se muestra tal como es y desvela su única razón de existir, que es volver a ver a Anny, la que un día fue su amada y cuya sombra se perdió en el pasado.

Con un ritmo pausado, Sartre trata con delicadeza a los personajes, los escenarios y los hechos que acontecen mientras dibuja con trazos sutiles a un protagonista afectado por el pesar de su existencia. Con un fragmento sobre este deprimido Roquetin termino la reseña de un libro que a priori me causaría solo bostezos y al que he otorgado cuatro estrellas de cinco posibles en Goodreads:

Su camisa de algodón azul se destaca gozosamente sobre una pared chocolate. También eso da la Náusea. O más bien es la Náusea. La Náusea está en mí; la siento allí en la pared, en los tirantes, en todas partes a mi alrededor. Es una sola cosa con el café, soy yo quien está en ella.

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