Autor/a español/a·Narrativa

“La sonrisa etrusca”, de José Luis Sampedro

La madera y el verdor, la raíz y la sangre, el viejo y el niño avanzan compañeros, como sobre un camino, por ese tiempo que les está uniendo. Ambos hombro con hombro, en extremos opuestos de la vida, mientras la luna se mueve acariciándoles, entre el remoto girar de las estrellas.

José Luis Sampedro, La sonrisa etrusca

La sonrisa etrusca (DeBolsillo, 2017), de José Luis Sampedro, es un libro que me regaló una amiga en mi pasado cumpleaños. Me pareció un buen regalo porque, además de ser un libro (que ya de por sí me parece estupendo), era un clásico de la literatura española del siglo XX. Si embargo, la¹ sinopsis no me atrajo nada y comencé a leerlo algo escéptico, y más aún viendo que tenía más de trescientas páginas.

Esta novela se desarrolla en Milán (Italia), a donde un anciano calabrés, antiguo partisano, llamado Salvatore viaja para alojarse en casa de su hijo, su recia nuera y su recién nacido y adorable nieto para curarse de su cáncer. Toda la historia estará rodeada de este aura mítica donde podemos ver reflejada en el principio, en el fin y en diversos episodios de la novela la sonrisa de una pareja etrusca encima de su sarcófago (de ahí el título).

En todo momento se palpa la dulzura y el amor del abuelo por su nieto mientras va descubriendo esa vida infantil que se abre ante él. Mientras esto ocurre, el viejo (sé que puede sonar despectiva esta palabra, pero así se refiere el narrador a Salvatore, así que me ciño a ello) lucha contra las modernidades de la urbe, rechazando todo lo moderno en favor de las cosas rurales que él dejó atrás.

Hay un conflicto imperante que dura toda la novela, y es el enfrentamiento entre Salvatore (como ya dije, un partisano) y un fascista que vive en su mismo pueblo. Salvatore, como buen partisano, desea morirse después del fascista para no darle el gusto de ir a su entierro. Por eso y, aún más, por Brunettino (su nietecito), lucha por sobrevivir a la Rusca, así es como él llama a la enfermedad que le reconcome por dentro.

El abuelo, desgraciadamente, pierde la cabeza y se cree que aún está en plena guerra. Por eso hace guardia todas las noches sobre la cuna de su nieto mientras rememora antiguas batallitas. Por eso trata a Brunettino como un nieto, un compañero, un camarada. Y no sabe el lector si Salvatore cuida a Brunettino o si, por el contrario, es más bien Brunettino quien indirectamente es el responsable de que su abuelo viva más de lo que el médico le haya dicho.

No dejo de preguntarme, aun a estas alturas, cómo una novela a priori tan sencilla sobre el amor de un abuelo y su nieto ha podido conmoverme tanto. Es una de las novelas más fáciles de leer que me he encontrado últimamente, es muy accesible, y sin embargo, creo que sigue estando infravalorada. A mí me ha sorprendido gratamente, porque no me esperaba una maravilla de este calibre tan aparentemente simple (quizás porque me recuerda a mis abuelos y no puedo evitar emocionarme).

Por eso quiero recomendarla encarecidamente. El amor salva vidas incluso sin ser consciente de ello. Y hace lo hace el pequeño Brunettino, al que es imposible no cogerle cariño mientras se lee la novela.

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