Autor/a extranjero/a·Narrativa

“Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima

Mishima se quita la máscara.

Confesiones de una máscara (Planeta, 1979), de Yukio Mishima y traducido por Andrés Bosch, es un libro que nos descubre al Mishima más íntimo. Este libro, aunque es una novela, es considerado por muchos como una autobiografía novelada de Yukio Mishima. Las personas más cercanas a Mishima (sus familiares y amigos) desmienten que, por ejemplo, Mishima fuera homosexual, pero los estudiosos de su obra sí lo creen así.

La novela versa precisamente sobre un protagonista del que se nos oculta el nombre (hay que tener en cuenta que “Yukio Mishima” era el seudónimo del, en realidad, escritor llamado Kimitake Hiraoka) e, incluso, el rostro metafóricamente hablando. En ella se nos narra la infancia, adolescencia y juventud de un hombre japonés, presumiblemente Mishima (yo creo, desde mi plena ignorancia sobre su vida pero uniéndome a los estudiosos de Mishima, que se trata, en efecto, de una autobiografía novelada).

El joven protagonista se ve atraído, desde que apenas tiene uso de razón, por el olor de excrementos y el sudor, los cuales une mentalmente con el hombre que transportaba dichas excrecencias en su barrio, un fornido joven. Además de estos, el protagonista también se ve atraído por otros “fetiches” como la sangre (parece que le excita sexualmente la sangre chorreando de los cuerpos) o las matas de pelo negro de los sobacos de los jóvenes efebos japoneses con los que se va encontrando a lo largo de su juventud, sobre todo de un compañero de su clase, varios años mayor que él, del que se reconoce perdidamente enamorado.

Mishima recurre a lo largo de esta novela a repetir una y otra vez (desde la voz del protagonista) que él no tenía la culpa de sentirse así, “invertido”, tal y como él dice, y que no le atrajeran las mujeres como al resto de sus compañeros. Mishima, según se dice en el prólogo de la novela, fue un niño prodigio afeminado e incomprendido, objeto de burlas por parte de sus compañeros de colegio y de desprecio por sus profesores, lo cual explica en parte la incomprensión que transmite a través de la novela, buscando un contacto con el lector, no tanto para que le consuele, pero al menos para que le perdone su condición de “invertido” (hay que tener en cuenta el momento histórico en el cual fue escrita la novela y cómo se trataba la homosexualidad en el Japón de aquella época).

El protagonista cuenta cómo se masturba (lo considera su “vicio”) leyendo cuentos de príncipes, de ladrones, o imaginando fantasías sexuales con hombres y con sangre, todo lo contrario a lo que imaginaban los chicos de su edad. Estaba solo entre su sociedad y el mundo de su época, y fue consciente desde tan pequeño que este aislamiento lo marcó definitivamente.

Una vez en su juventud, el protagonista de la novela cree enamorarse de la hermana de uno de sus compañeros de clase, e incluso llega a recibir la propuesta de matrimonio por parte de la familia de la chica, pero él la rechaza porque realmente no la ama. Siente un cariño y un afecto inmenso por ella, pero no la ama al nivel de casarse con ella y formar una familia, cosa que ella sí sentía por él. La novela se desarrolla en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y cuenta el protagonista cómo se libró de ir a la guerra gracias a su aspecto enfermizo y a sus recurrentes resfriados, los cuales confundieron con una tuberculosis (y que le sirvió, por suerte, para librarse).

Finalmente, la novela terminará con un final tan abierto como tranquilo. Toda la novela se ha desarrollado realmente sin altibajos ni grandes sorpresas, con mucha tranquilidad, propia de la escritura de la época, pues me ha recordado, aunque muy lejanamente al Demian de Hermann Hesse que busca la exquisitez en la forma más que en el fondo, y es admirable cómo lo hace Mishima en esta obra maestra clásica (me la compré y leí precisamente porque es una obra con gran repercusión). De hecho, a Mishima estuvieron a punto de darle el Premio Nobel de Literatura, pero se lo dieron a otro japonés, amigo suyo, que reconoció que debieron dárselo a Mishima en lugar de a él.

Mishima no daría una segunda oportunidad a la Academia Sueca, pues se suicidó (haciéndose el harakiri o también llamado seppuku) con tan solo cuarenta y cinco años. Tras conocer la historia del autor y de leer este libro, creo que hay que quitarse el sombrero ante tal obra maestra de la literatura. Sinceramente, la literatura asiática, quizás porque no se hace especial énfasis en ella desde Occidente, nunca me ha atraído. Pero, como ya he dicho, vi que esta obra era un clásico del siglo XX y me lo bebí con gran sed. Admiro la valentía de Mishima, porque si realmente fue homosexual, creo que tuvo mucho valor para escribir una novela como esta en su tiempo y en su país, cuando todavía eran las madres de los hombres las que escogían a las esposas de los mismos, entre otras insensateces.

Creo que es una obra que debería leerse mucho más y no olvidarse. Me ha recordado mucho, por momentos, a El amor del revés, de Luisgé Martín (este fue, por cierto, el primer libro que reseñé en este blog, allá por mayo de 2016). Muy recomendable y, por supuesto, muy de actualidad. Hay que darle voz a obras de este talante y tener en cuenta su contexto. Mishima, en la misma postura que el San Sebastián de Guido Reni, nos pide clemencia y perdón por ser más humano que nadie y por desnudarse en esta novela ocultándose tras una máscara.

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