Habitada (Anagrama, 2025), de Cristina Sánchez-Andrade.
Habitada (Anagrama, 2025) es una nueva novela de Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) ambientada en Galicia, en los años sesenta del siglo XX, en mitad de una sociedad de meigas y patriarcado. La historia está narrada y protagonizada por Manuela, una joven que sufre el llamado corpo aberto, es decir, que está poseída por el alma de un clérigo que murió en La Habana pocos años antes. Manuela adopta el acento cubano, el tono de voz masculina y los conocimientos dogmáticos, de latín y filosofía del clérigo. Así, se convierte en una atracción de feria a la que acuden peregrinos, médicos y teólogos para estudiarla, venerarla, curiosear y emitir diagnósticos. Sin embargo, Manuela también sigue dentro de sí misma y relata fragmentos de su vida mientras tiene visiones tan realistas como fantásticas y tan arquetípicas como excéntricas en las que se cruzan brujas, un abad o su familia. En estas páginas de realismo mágico, inspiradas en la leyenda gallega de la Espiritada o Iluminada de Moeche, el mundo rural, galaico y profundo se funde con la superstición y los tabúes.
Al inicio de la novela, Manuela tiene una visión: «un sueño difícil lleno de insectos». Ella está en el bosque y su cuerpo se transforma de modo kafkiano: «Emerge de mí misma un hombre como un enorme insecto con las patas dobladas». En realidad, está atada a una cama, poseída y alimentada solo por los recortes de hostias que le lleva Rafael, el abad, que representa al eclesiástico glotón y corrupto que huele la ropa de las mujeres a escondidas, que tiene deseos secretos y que se somete a la voluntad del marqués del pueblo. Manuela no tiene recuerdos de antes de sus quince años, pero sí a partir de ellos, de vivir con su padre y empezar a trabajar a esa edad para los señores marqueses, Diego e Inmaculada, en el pazo. Allí, se dedica a cuidar a la marquesa, enferma de los nervios y enloquecida por el duelo. Mientras trabaja en el pazo, percibe algo triste en su vida, un cansancio, una pérdida de rumbo, «una herida que despide su propia luz» o «el aleteo de un murciélago en el pecho».
A este cansancio se une la pérdida de identidad de Manuela debido al desprecio que sufre por parte de su padre y al ostracismo de su vida. Ante ello, se encomienda a una meiga borracha y adivinadora, pero acusada de engañar. Maimiña, que así se llama la meiga, es vilipendiada, ridiculizada y tratada como una criminal por los vecinos y las autoridades, pero es a quien todos acuden cuando hay una enfermedad que ningún remedio es capaz de curar. Empieza a acompañar a la meiga para aprender su labor mientras en casa su única compañía es un espantapájaros al que llama como su madre y al que viste y adorna. Llega a dormir con él, «abrazadas la una a la otra como se abraza la soledad al espanto. creo que compartimos parecido sufrimiento: a ella le atacan los pájaros y a mí los demonios». Una de las cosas que Manuela desearía ser es hombre, porque la tratarían diferente, pues las mujeres cargan con manchas y culpas, y estaría menos sola, aunque a su alrededor hay una cohorte de muertos y almas errantes.
Una noche celebran una reunión de mujeres y, cuando consiguen espantar al abad y hablar de lo que desean, salen a la palestra temas tabúes para la Iglesia. Una de las mujeres cuenta que un espíritu ha intentado poseer el cuerpo de otra porque busca dónde encarnarse, y ese será el que poseerá el cuerpo de Manuela. Estas reuniones de mujeres, en las que cuentan historias normalmente fantásticas, autóctonas y ancladas al terruño, son los momentos de asueto en los que ellas pueden disfrutar de verdad: «quiero estar siempre aquí. las historias y las canciones […] me arrancan del sitio. me sacan de este mundo que no entiendo y del que siempre tengo miedo sin saber por qué. en ese otro mundo, lo feo es bonito […]. no estaría mal vivir ahí. pero ya se ve que las personas no viven ni en los cuentos ni en las canciones». En esas reuniones, libres del abad, sobrevuela la renegación y el rechazo a lo religioso y sus representantes en favor de lo pagano y lo ancestral, además de culpar al abad de sus males y desgracias.
En el campo, a Manuela le gusta ver las abejas en las colmenas, a lo que Maimiña le dice que igual que esos animales trabajan y no hacen nada más, los humanos no sabemos por qué hacemos lo que hacemos y también tenemos un ser superior que nos observa. Una de las visiones de Manuela es la de un alacrán en el baño del pazo. Un día, lo atrapa, justo cuando el marqués le pide que vaya a su despacho, donde ocurre algo que no se explica pero se intuye. Manuela regresa a casa más tarde con el alacrán en un bote, al que alimenta cada día, como se alimentarán sus humillaciones, dolores y traumas. Entonces conoce a un hombre llamado Santiago con el que vive las primeras veces: la primera vez que alguien la atiende, que alguien se preocupa por ella o que alguien admira y reconoce su trabajo. Santiago incluso le hace preguntarse qué quiere hacer con su tiempo y la escinde de las abejas con las que la comparó Maimiña, pero más adelante todo se descubrirá cercano a la traición.
Uno de los doctores declara que el mal de Manuela es un problema del útero, llamado «útero indignado», que sufren aquellas mujeres que permanecen demasiado tiempo sin relaciones sexuales, lo que demuestra el atraso de la ciencia y el arraigo de las creencias populares. Otro médico lo desmiente y parece usar la razón hasta que argumenta que la proliferación de vello en el cuerpo de Manuela se debe a «que la madre de la muchacha mirase la imagen de algún santo cubierto de pieles peludas durante el coito». Y precisamente ambos médicos critican que el abad crea en el mal de ojo, como si ellos representaran la cumbre del progreso científico. El único que defiende el diagnóstico del corpo aberto es el abad. Al final, Manuela se alza como una mesías a la que acuden peregrinos que la adoran, a los que ella pide que tengan fe y confíen en ella. Además, permanece acompañada por el espantapájaros, una talla que representa sus delirios y al que dichos peregrinos adornan.
La primera parte de la novela está narrada por Manuela, con un estilo diferenciado (predominio de minúsculas, sangría solo para los diálogos y no para los párrafos de narración…), y la segunda, por el espíritu del clérigo, excepto en momentos de hipnosis donde los médicos consiguen que Manuela intervenga (con rayas de diálogo, mayúsculas cuando conviene…). Ambas partes están enfrentadas: por un lado, la naturaleza de Manuela, mujer llana, joven, sensible y sensitiva, desordenada y caótica, sola; y por el otro, el clérigo, ordenado, rodeado siempre de gente (ya sean doctores o peregrinos), aferrado al conocimiento e inclinado a la acción y la premeditación. Por tanto, la primera parte es más caótica y difícil de leer que la segunda, lo que no quiere decir que me haya gustado menos; más bien al contrario. Además, en la segunda parte, cuando el clérigo posee el cuerpo de Manuela y los personajes le cuentan cosas de la vida de la protagonista, el clérigo las desconoce, pero no el lector, que le lleva ventaja. Entre el final de la primera parte y el comienzo de la segunda hay un año de diferencia en el que Manuela ha estado atada a la cama y casada a la fuerza.
Habitada es una novela plagada de elementos sensitivos como sonidos, crujidos y visiones; un circo de variedades con descripciones de todo lo que Manuela ve, toca, siente, escucha y huele. Todo ello se transmite al detalle en una composición tan completa como mareante. La visión que Manuela tiene en la introducción de la novela puede repeler al lector y alejarlo de la historia porque este aún no está situado aquella hasta que empiece a tomar forma. Uno de los grandes temas es el de la culpa: «por culpa adoramos lo que nos aplasta». Manuela como personaje sirve para romper los tabúes sexuales, orientados sobre todo a la represión de los deseos y la homosexualidad, una ruptura que da lugar a orgías humanas. Para más inri, el clérigo que posee el cuerpo de ella no está contra las sagradas escrituras, pero sí plantea una visión rompedora de la religión.
Las comparaciones son odiosas o… si te gustó este te gustará aquel (siempre salvando las distancias): La narración en letras minúsculas me ha recordado a Panza de burro, de Andrea Abreu. Por otro lado, en más de una ocasión la narradora dice que no sabe para qué va al pazo realmente, pues ella allí no hace nada de utilidad, y esto me ha recordado al título Hace tiempo que vengo al taller y no sé a lo que vengo, de Jorge de Cascante. La única compañía de Manuela en su casa es el espantapájaros, que me ha recordado a la presencia de una figura igual en Invierno, de Elvira Valgañón. En una escena, un personaje le dice a Manuela, ya poseída por el clérigo, que la encontró un día en el monte con tierra en la boca porque «últimamente te alimentabas de tierra», y esto me ha recordado al personaje de Rebeca en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, que también se alimentaba de tierra. Al final hay un personaje ahorcado de un árbol que me ha recordado a La forastera, de Olga Merino.

